Mi abuelo paterno era fotógrafo. Tenía un estudio en Mieres y durante décadas colaboró con varios periódicos que solicitaban sus servicios para ilustrar las informaciones relativas a la cuenca minera del Caudal. Algunas veces, cuando por una cosa o por otra tengo que andar husmeando en hemerotecas, me encuentro con su firma bajo alguna foto y se me pone una sonrisa boba. Siguiendo una costumbre muy arraigada en la época (abrió su negocio hacia la mitad del siglo pasado), tomó como nombre artístico el acrónimo formado por la unión de las primeras sílabas de su nombre y apellido, de forma que todo el mundo se refería a él como Júbar (lo pronunciaban así, con el acento en la u, aunque él nunca se lo puso) y muy pocos —que yo recuerde, sólo mi abuela y los familiares más cercanos— le llamaban por su nombre de pila, Julio. Muchas tardes de mi infancia transcurrieron en su laboratorio, mirando cómo revelaba (eran otros tiempos) las instantáneas del día, y, al igual que todo buen abuelo, me hizo de confidente en la adolescencia y me explicó tres o cuatro cosas que yo no he leído nunca en ningún libro. Me llevaba a dar paseos memorables por lugares que no habría conocido de otro modo, y de él aprendí alguna que otra lección sobre el género humano que me ha sido de bastante utilidad a la hora de moverme por el mundo. No llegué a saber demasiado de su vida porque, siempre pasa, tuvimos que despedirnos antes de que yo fuese consciente de cuánto tenía que preguntarle. La noticia de su muerte me cogió en Salamanca, en vísperas del último examen de la carrera. Alguien me contó que el día anterior había preguntado por mí. No me dio tiempo a llegar a su entierro.
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Miguel Barrero (Oviedo, 1980) ha publicado las novelas Espejo (premio Asturias Joven; KRK Ediciones, 2005), La vuelta a casa (KRK Ediciones, 2007), Los últimos días de Michi Panero (premio Juan Pablo Forner; DVD Ediciones, 2008), La existencia de Dios (Trea, 2012), Camposanto en Collioure (Prix International de Littérature de la Fondation Antonio Machado; Trea, 2015) y El rinoceronte y el poeta (Alianza, 2017). También es autor de los ensayos Las tierras del fin del mundo (Trea, 2016) y La tinta del calamar (Trea, 2016; premio Rodolfo Walsh 2017). Codirigió el documental La estancia vacía (2007).