El abuelo y Víctor

Mi abuelo paterno era fotógrafo. Tenía un estudio en Mieres y durante décadas colaboró con varios periódicos que solicitaban sus servicios para ilustrar las informaciones relativas a la cuenca minera del Caudal. Algunas veces, cuando por una cosa o por otra tengo que andar husmeando en hemerotecas, me encuentro con su firma bajo alguna foto y se me pone una sonrisa boba. Siguiendo una costumbre muy arraigada en la época (abrió su negocio hacia la mitad del siglo pasado), tomó como nombre artístico el acrónimo formado por la unión de las primeras sílabas de su nombre y apellido, de forma que todo el mundo se refería a él como Júbar (lo pronunciaban así, con el acento en la u, aunque él nunca se lo puso) y muy pocos —que yo recuerde, sólo mi abuela y los familiares más cercanos— le llamaban por su nombre de pila, Julio. Muchas tardes de mi infancia transcurrieron en su laboratorio, mirando cómo revelaba (eran otros tiempos) las instantáneas del día, y, al igual que todo buen abuelo, me hizo de confidente en la adolescencia y me explicó tres o cuatro cosas que yo no he leído nunca en ningún libro. Me llevaba a dar paseos memorables por lugares que no habría conocido de otro modo, y de él aprendí alguna que otra lección sobre el género humano que me ha sido de bastante utilidad a la hora de moverme por el mundo. No llegué a saber demasiado de su vida porque, siempre pasa, tuvimos que despedirnos antes de que yo fuese consciente de cuánto tenía que preguntarle. La noticia de su muerte me cogió en Salamanca, en vísperas del último examen de la carrera. Alguien me contó que el día anterior había preguntado por mí. No me dio tiempo a llegar a su entierro.

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Torrente en el Novelty

Era el otoño de 1998 y yo, recién llegado a la ciudad, ni siquiera sospechaba que Gonzalo Torrente Ballester vivía en Salamanca porque uno, a esas alturas de la juventud, tiende a pensar que la gente que ha hecho fortuna, aunque sea en un ámbito tan raquítico como el literario, vive en Madrid o en Barcelona. Salamanca, pese a las apariencias y el boato, no dejaba de ser un espacio perdido en medio de ninguna parte: un lugar tan gris, tan engreído, y tan inane como cualquier otra capital de provincias. Aquel verano me había deslumbrado la lectura de La saga/fuga de JB, y por aquellas fechas comenzaba el primer tomo de Los gozos y las sombras. Yo no sabía que Gonzalo Torrente Ballester vivía en Salamanca, y por eso me inquietó un poco verle de refilón a través de los ventanales del Novelty, embutido en la penumbra que tejía el humo de todos los cigarrillos que había encendidos en el bar y con su perfil desdibujado por la grisácea luz de aquel octubre en el que anidaban los presagios de un invierno inclemente.

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Toda la verdad sobre Covadonga

Los asturianos somos los más ateos del mundo, pero no hay minero que no se encomiende a Santa Bárbara cuando intuye los truenos, ni gijonés que no baraje bautizar como Begoña a su primogénita, ni mierense que no confíe en las dotes purificadoras de San Juan Bautista, ni pescador que desvincule el éxito de su faena de la buena maña con que orienta San Pedro los aparejos desde el más allá. Podríamos seguir hasta cumplimentar un larguísimo etcétera, porque así ha ocurrido y ocurre a lo largo y ancho de nuestro bucólico terruño, desde la ría del Eo hasta la de Tinamayor y de la arisca costa cantábrica a la cima de las cumbres que nos cierran el paso hacia la Meseta. Dicho de otro modo: aquí no va a misa ni Dios, pero, por lo que pueda ocurrir, cada cual se busca las habichuelas devocionales en la olla litúrgica que más convenga según el gremio, la procedencia o la afinidad corporativa, con el fin de cumplimentar los deberes preceptivos en una jornada precisa del calendario y dedicar el resto del año a los asuntos propios, que son, a fin de cuentas, los que realmente salvan o condenan.

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Mientras sopla la Tramontana

De todas las fotografías que tengo junto a Sergio Gaspar, mi favorita es una en la que apenas se nos ve. Aparecemos de espaldas, alejándonos por los andenes de la Estación de Francia como si fuésemos dos personajes de una novela de Carmen Laforet, y he vuelto a observarla ahora que acaba de entrar en mi correo electrónico una invitación a la puesta de largo de la que será, de la que ya es, su primera novela. Hasta ahora, a Sergio los lectores españoles teníamos que agradecerle su trabajo a lo largo de catorce años en la tristemente desaparecida DVD Ediciones. No es una afirmación gratuita: hace unos meses, en Madrid, pasamos a la una de la madrugada por una librería que, para mi sorpresa, aún permanecía abierta y en cuyo escaparate relucían varios libros de esa editorial. «Nos hicimos con el fondo cuando la cerraron», me explicó la mujer que atendía el negocio, «y ahora se ha corrido la voz y hasta viene gente desde Sevilla preguntando por esos libros en concreto». A partir de ahora, los lectores tendremos que agradecerle, además, que se haya decidido a dar a la imprenta Viento de Tramontana (Edhasa), una novela tan deliciosa como iconoclasta que retrata y disecciona con crueldad y desparpajo a esos fantasmas del presente que tanto se parecen, ay, a los fantasmas del pasado.

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Memoria de Garfias

Mencionaban a Pedro Garfias ayer, en el Babelia, en medio de un largo artículo sobre el exilio español en México, y a uno, que siente tanta debilidad por las causas perdidas como por los auténticos malditos de la literatura, esos autores que creyeron en su obra y perseveraron en ella, a menudo en condiciones nada propicias para la creación y sus meandros, se me dibujó una sonrisa en los labios. No ha sido una excepción: en estos últimos años, casi siempre por casualidad, me he ido encontrando su nombre en textos de distinto pelaje, y he sentido siempre esa alegría tímida y superficial que nos ocupa cuando recibimos noticias de un primo lejano con el que llevamos demasiado tiempo sin tratarnos, pero del que nos alegra saber que las cosas le siguen yendo más bien que mal por dondequiera que ande. De Garfias supe hace mucho, siendo yo un adolescente, pero entonces era, aún más que ahora, una figura esquiva, desdibujada, medio oculta bajo el aluvión de la gloria literaria que relucía en las evocaciones de sus compañeros de generación. La suya era una más entre las innumerables notas al margen que jalonan los anaqueles de la bibliofilia. Un fantasma huidizo cuya huella rara vez perduraba en el presente más allá del primer fulgor, pálido y anecdótico.

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