El abuelo y Víctor

Mi abuelo paterno era fotógrafo. Tenía un estudio en Mieres y durante décadas colaboró con varios periódicos que solicitaban sus servicios para ilustrar las informaciones relativas a la cuenca minera del Caudal. Algunas veces, cuando por una cosa o por otra tengo que andar husmeando en hemerotecas, me encuentro con su firma bajo alguna foto y se me pone una sonrisa boba. Siguiendo una costumbre muy arraigada en la época (abrió su negocio hacia la mitad del siglo pasado), tomó como nombre artístico el acrónimo formado por la unión de las primeras sílabas de su nombre y apellido, de forma que todo el mundo se refería a él como Júbar (lo pronunciaban así, con el acento en la u, aunque él nunca se lo puso) y muy pocos —que yo recuerde, sólo mi abuela y los familiares más cercanos— le llamaban por su nombre de pila, Julio. Muchas tardes de mi infancia transcurrieron en su laboratorio, mirando cómo revelaba (eran otros tiempos) las instantáneas del día, y, al igual que todo buen abuelo, me hizo de confidente en la adolescencia y me explicó tres o cuatro cosas que yo no he leído nunca en ningún libro. Me llevaba a dar paseos memorables por lugares que no habría conocido de otro modo, y de él aprendí alguna que otra lección sobre el género humano que me ha sido de bastante utilidad a la hora de moverme por el mundo. No llegué a saber demasiado de su vida porque, siempre pasa, tuvimos que despedirnos antes de que yo fuese consciente de cuánto tenía que preguntarle. La noticia de su muerte me cogió en Salamanca, en vísperas del último examen de la carrera. Alguien me contó que el día anterior había preguntado por mí. No me dio tiempo a llegar a su entierro.

Yo admiraba mucho a mi abuelo por muchas cosas, pero lo admiraba sobre todo —la juventud es así— porque conocía a Víctor Manuel y le había hecho fotos en varias ocasiones: primero, cuando Víctor Manuel aún no era Víctor Manuel, sino un chaval de mi pueblo que se presentaba a aquellos concursos de canción moderna que se celebraban en el franquismo y que hoy nos parecen tan horteras; después, cuando Víctor Manuel ya se había hecho un nombre y una reputación y volvía por Mieres a dar conciertos o promocionar sus discos y protagonizaba larguísimas sesiones de firmas en Eusebio, la tienda donde compré mis primeros vinilos y que hace tiempo que se ha convertido ya en un recuerdo. En Mieres, y para la gente de mi quinta, Víctor Manuel era lo más parecido a un mito que teníamos. Lo escuchaban nuestros mayores, en algunos sitios se ponía como ejemplo de que también se podía salir de Mieres y llegar a ser algo en la vida, y cada una de sus visitas a la ciudad eran un pequeño hito que salía reflejado en los periódicos y sobre el que se hablaba después a lo largo de una o dos semanas, aunque si le acompañaba Ana Belén la cosa tranquilamente podía dar para un par de meses. A lo tonto, y no sé si a su pesar, Víctor Manuel había pasado a formar parte de las vidas de muchos, también de la mía: mis padres tenían la mayor parte de sus discos, me dormían de niño al son de «La sirena» y era muy normal que sus canciones —especialmente las del disco Ay, amor, que yo sigo asociando con los larguísimos desplazamientos veraniegos a Lastres— sonaran en la radio del viejo 127, aquel coche de tapicería áspera y eterno olor a humo en el que íbamos a todas partes y del que, con gran pena por mi parte, nos deshicimos al llegar la década de los noventa. Por eso, como casi todos, me moría de ganas de conocerle en persona, y aunque no era algo que resultase tan difícil y llegué a hacer alguna tentativa que con los años se me antoja ridícula hasta el bochorno —como la tarde en que me aposté delante del portal de su madre con mi amiga Eva y su hermano y, tras unos minutos de espera, llamamos al timbre para preguntar si sería tan amable de bajar a firmarnos un autógrafo—, yo no acababa de quedar del todo satisfecho. Un día de 1997, anunciaron que Víctor Manuel vendría a pasar unos días a Mieres: le iban a hacer una entrevista para el Canal Internacional de Televisión Española y aprovecharía para grabar junto a Pilar Miró lo que iba a ser el primer capítulo de una serie titulada AutorxAutor que creo que nunca llegó a emitirse. Era un sábado por la mañana cuando mi abuelo vino a buscarme a casa para dar uno de nuestros paseos, pero en aquella ocasión nos salimos del recorrido habitual para acercarnos a la plaza de Requejo. Allí encontramos instalado un estudio al aire libre de Televisión Española. En cuanto llegó, Víctor Manuel vio a mi abuelo y fue directamente hacia él. Le preguntó cómo andaba, qué tal le iba, si ya se había jubilado. Mi abuelo, con la cámara al hombro, le respondía con la tranquilidad con la que se charla con los viejos conocidos mientras yo, a su lado, sentía cómo se me apretujaba el estómago y me veía incapaz de pronunciar siquiera un mínimo susurro. «Éste es mi nieto», dijo mi abuelo poniéndome una mano en el hombro, «tenía muchas ganas de conocerte y, si nos dejas, me gustaría sacaros una foto juntos». Me vi de improviso en primer plano, hecho un manojo de nervios —tenía dieciséis años—, y todas las frases brillantes, todas las preguntas que tenía meditadas para la ocasión, se esfumaron en un suspiro eterno mientras mi abuelo enfocaba y apretaba el disparador. Pablo y Paula, que también andaban por allí, pueden dar fe de mis tribulaciones previas y posteriores. De todo lo dicho hasta ahora acerca de la ley que se le tiene a Víctor Manuel en su pueblo, que es también el mío, da fe el hecho de que mi madre, una vez revelado el carrete, mandó ampliar aquella foto, la enmarcó y la colgó en mi habitación. Allí estuvo hasta que yo me independicé y quise llevármela conmigo.

la foto

Quizá por todo eso, me acordé mucho de mi abuelo y de aquella vieja foto en la plaza de Requejo esta mañana, cuando el trabajo me condujo hasta la Biblioteca Ramón Pérez de Ayala para asistir a la apertura de una exposición sobre la trayectoria de Víctor Manuel. Él también apareció por allí y, antes de que comenzara el acto, pudimos hacer un pequeño aparte. He de decir que no era la primera vez que hablábamos desde aquel mes de enero o febrero de 1997. En los últimos diez años le he hecho a Víctor Manuel un par de entrevistas telefónicas y asistí también a una o dos ruedas de prensa que ofreció con motivo de algún concierto. Sin embargo, nunca habíamos vuelto a estar tan cerca. Le expliqué que era el nieto de Júbar y que había querido volver a saludarle después de tanto tiempo. Me preguntó con una cierta precaución —siempre es delicado plantear determinadas cuestiones— cómo andaba mi abuelo y yo le expliqué que se había muerto a primeros de 2003. Me brindó un pésame tardío y aproveché para contarle que había hecho el camino hasta allí acordándome de aquella mañana en la que él nos había presentado, y de la foto con que nos había inmortalizado a ambos en el centro de la plaza de Requejo.

—¿Y cuándo dices que fue eso? —preguntó Víctor. —Han pasado ya diecisiete años —respondí. —Pues hoy nos hacemos otra.

Y nos la hicimos. Y yo, en un inesperado arrebato sentimental y cursi, pensé que tal vez, en aquel preciso instante, mi abuelo nos miraba.

2014

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