Bloomsday en Pendueles

Hace dos días, en el primer turno de ponencias de los Encuentros de Verines, una de las intervinientes habló de lo extemporáneo que resulta hoy el viejo juego de enviar y recibir postales. En efecto, basta con preguntar en cualquier estanco, o en la primera tienda de recuerdos turísticos que uno encuentre a mano, para cerciorarse de que apenas se venden ya esas estampas prefabricadas cuya gracia principal radicaba en que el receptor sabía que se habían echado al buzón en el preciso punto geográfico que retrataban, lo que convertía el intercambio epistolar —normalmente breve y apresurado en esas circunstancias— en un juego por el que el emisor trataba de inducir en su destinatario la ficción de que también él, de algún modo, podía sentirse parte del lugar desde el que se le remitían esas pocas líneas. Ahora, las redes sociales, las aplicaciones de mensajería instantáneas y otras derivaciones tecnológicas de la nueva era han convertido las postales en un simpático vestigio del pasado que recuperamos de cuando en cuando, siempre que abrimos las viejas cajas de galletas donde suelen almacenarse esas cosas, para sonreír con algo de nostalgia al evocar cómo aquella fría e impersonal estampa de los Campos Elíseos pudo condensar un día toda la magia y toda la aventura de aquellos destinos lejanos, exóticos, que como mucho nos era dado entrever en las páginas de las enciclopedias.

De mi primera y única participación en los Encuentros de Verines, en septiembre de 2009, guardo una imaginaria postal de doble cara en cuyo envés se recoge la portentosa imagen de la casona que da nombre a las jornadas y que se yergue, con inconfundible gracejo indiano, al pie de la carretera que pasa junto al recoleto pueblo de Pendueles y se pierde después en dirección a tierras de Cantabria. El reverso lo protagoniza la playa de La Franca, un arenal bellísimo que se esconde entre los pliegues del último litoral asturiano y ante cuyo arenal se levanta el hotel que nos acogió a quienes aquel año nos habíamos desplazado hasta allí para debatir alrededor del periodismo cultural y sus meandros. El nexo de unión entre esos dos planos lo marcan las palabras de Jon Kortazar, que la misma noche de nuestra llegada, después de una cena que sirvió para hacer las presentaciones pertinentes y antes de retirarnos a dormir, nos reunió a todos en el pequeño salón de fumadores y nos colocó a su alrededor para adoptar el papel de patriarca —no era una mera licencia artística: llevaba asistiendo a dos o tres encuentros consecutivos y eso le convertía en un conocedor privilegiado del terreno— y relatarnos la historia del espacio que a partir del día siguiente escucharía nuestras opiniones y juzgaría los consiguientes veredictos. No he encontrado muchas referencias escritas a la historia de la casona de Verines y sólo sé, con más o menos certeza, lo que Kortazar nos relató aquella noche, y que nosotros escuchamos mecidos por el humo del tabaco y la acogedora penumbra de las lámparas. No he sabido retener el nombre del promotor del edificio, pero sí que fue adquirido, en las primeras décadas del siglo pasado, por el Colegio de Nobles Irlandeses, una institución salmantina que instaló allí a una congregación religiosa. Con el paso del tiempo, y merced a una herencia, la casona —que muchos vecinos de Pendueles conocen como «de los irlandeses» a causa de esa genealogía— acabó en manos de la Universidad de Salamanca, que durante años la usó como sede de cursos de verano y residencia estival de sus profesores hasta que, en 1985, Víctor García de la Concha resolvió poner en marcha los Encuentros. A mí siempre me ha resultado muy sugerente esa presencia de los irlandeses en la costa asturiana —algunos oriundos del pueblo aún recuerdan cómo improvisaban partidos de fútbol en los prados y arenales próximos—, y más aún a raíz de un detalle que no recuerdo si contó el mismo Jon Kortazar en aquella noche inaugural o si me fue relatada por Xuan Bello algunos días después. Parece ser que, cuando los frailes irlandeses abandonaron Verines, alguien de la Universidad de Salamanca fue a la casona para comprobar el alcance exacto de la propiedad que habían heredado y descubrió, en una de sus estancias, un ejemplar de la primera edición del Ulysses que los religiosos habían dejado allí al emprender su diáspora. Como es lógico, no hay forma de verificar esta historia, pero las fechas cuadran —el Ulysses vio la luz en 1922, y el Colegio de Nobles se hizo con la casona en torno a 1917— y a mí me gusta imaginar que una vez, con los albores del siglo, la posmodernidad literaria penetró en la península, con furia atlántica, por los ventanales  de una tierra que siempre ha estado parapetada tras los montes y generosamente abierta al horizonte. La postal de un libro olvidado en medio de una habitación vacía siempre es una sugerente invitación a la aventura.

Verines

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