Canción triste de Toulouse

Llegamos a Toulouse en pleno verano, pero del cielo se desprende esa luz cenicienta que caracteriza las postrimerías del otoño. Las aguas del Garona descienden grisáceas en su periplo hacia las tierras de Burdeos, y en esa combinación de tonalidades somnolientas y crepusculares la ciudad rosa presenta matices más bien ocres, como si nos encontráramos paseando por los interiores de una vieja fotografía revelada en sepia. Toulouse es bella en su decadente languidez, sobre todo si al llegar arrecia la tormenta y los viajeros se ven obligados a caminar refugiándose en los soportales de las casas, a aguardar en cada esquina una tregua de las nubes antes de proseguir su ruta hacia ningún lugar, a sortear con rapidez los puestos de las vendedoras ambulantes y las prisas de los transeúntes que van o vuelven de sus destinos con la celeridad y el desapasionamiento que impone la rutina.

Encontramos un inesperado asidero en la imponente iglesia de Saint-Sernin, que, aún abierta a estas horas, acoge bajo sus altísimas bóvedas románicas a quienes, como nosotros, se han visto importunados por el aguacero y comparten pasos perdidos por las naves interminables con aquellos que han acudido a ellas para recogerse y orar. Enfrente, la Rue de Taur, coqueta y sencilla, conduce en línea recta al Capitolio y luce, en uno de sus portales, una placa que recuerda que allí se organizaron los socialistas españoles tras la guerra civil. Toulouse acogió la sede del gobierno republicano una vez hubo acabado la contienda, y acaso encontremos algo de ese aire de derrota en la atmósfera que impregna esta tarde desabrigada. Las casas, aquí, se estructuran en torno a inmensos patios de manzana a los que se llega por unos portalones que parecen vestigios de otro tiempo. Nos adentramos a curiosear en uno de ellos y al final del pasadizo nos es dado asistir a la escenificación de un  juego infantil tan entrañable como reconocible. En el centro de un corro formado por siete u ocho niños que apenas deben de haber llegado a los diez años, una niña da vueltas con los ojos vendados mientras sus compañeros cantan una vieja nana francesa:

Au clair de la lune,
mon ami Pierrot,
prête-moi ta plume
pour écrire un mot.

Reconozco la canción. Tuve que aprenderla de memoria cuando estudié francés y sé que es una canción triste porque habla de la necesidad de hablar con alguien y no saber cómo hacerlo ni con quién, de velas que se apagan en noches frías y de puertas que se cierran a nuestro paso, de muñecas que se mueren y de ese miedo que siempre atenaza a los niños cuando se encuentran solos. La pieza se me queda en la cabeza y me acompaña, la tarareo a medida que avanzamos y canturreo su estribillo mientras contemplo, en la Plaza del Capitolio, los frescos con los que artistas contemporáneos han decorado los artesonados de un techo bajo el que se alinean las terrazas de algunas cafeterías de postín. En uno de ellos, un artista anónimo –lo es para mí en este momento, al menos– ha querido superponer un detalle del Guernica a la famosa fotografía con la que Robert Capa logró el contradictorio milagro de inmortalizar la muerte. El temporal remite y nos acercamos a conocer la catedral, fea e irregular como un rompecabezas inacabado, antes de volver sobre nuestros pasos para cenar algo y llegar al hotel donde pasaremos esta noche que no es más que un mero trámite transitorio, un paréntesis necesario entre el antes del que venimos y el después al que pretendemos encaramarnos. Abandonaremos Toulouse a la mañana siguiente, con las fuerzas restablecidas y concluyendo que hay ciudades que son como esas canciones tristes cuyo eco empieza a resonar cuando uno las creía ya olvidadas para mecerle entre los brazos de su melodía lenta y confortable. Ciudades en las que uno encuentra, sin pretenderlo, una extensión liviana e inconcreta de su patria.

la foto (30)

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