Torrente en el Novelty

Era el otoño de 1998 y yo, recién llegado a la ciudad, ni siquiera sospechaba que Gonzalo Torrente Ballester vivía en Salamanca porque uno, a esas alturas de la juventud, tiende a pensar que la gente que ha hecho fortuna, aunque sea en un ámbito tan raquítico como el literario, vive en Madrid o en Barcelona. Salamanca, pese a las apariencias y el boato, no dejaba de ser un espacio perdido en medio de ninguna parte: un lugar tan gris, tan engreído, y tan inane como cualquier otra capital de provincias. Aquel verano me había deslumbrado la lectura de La saga/fuga de JB, y por aquellas fechas comenzaba el primer tomo de Los gozos y las sombras. Yo no sabía que Gonzalo Torrente Ballester vivía en Salamanca, y por eso me inquietó un poco verle de refilón a través de los ventanales del Novelty, embutido en la penumbra que tejía el humo de todos los cigarrillos que había encendidos en el bar y con su perfil desdibujado por la grisácea luz de aquel octubre en el que anidaban los presagios de un invierno inclemente.

El Novelty era la cafetería más antigua de la ciudad, también una de las más prohibitivas para mi economía de estudiante, y cada vez que pasaba cerca me divertía mirar hacia el interior y escrutar las pomposas gesticulaciones de aquellos presuntos notables que apuraban las copas en la barra o discutían diseminados por las mesas. Frené en seco aquel día —era domingo, rondaba el mediodía y yo cruzaba la Plaza Mayor a toda prisa porque había quedado para comer con unos amigos y ya iba fuera de hora— en cuanto distinguí en uno de los veladores, merced a una mirada distraída y accidental, la silueta sentada del escritor venerable. Durante unos segundos barajé la posibilidad de entrar y decirle algo, cualquier cosa, pero me vencieron mis dudas y, sobre todo, mi timidez y mi miedo a hacer el ridículo, si es que se puede considerar que ambas cosas no sean una sola. «Si no es él, voy a pasar un mal rato; y si resulta que es él porque ha venido de visita o tiene algún compromiso, tampoco le hará gracia que aparezca yo para incordiarle», me dije para justificar mi propia cobardía. Unos meses más tarde —debió de ser por enero o febrero, estábamos a punto de comenzar los primeros exámenes de la carrera—, los periódicos nos despertaron con la noticia de su muerte y el desayuno adquirió ese sabor acre que tienen las ocasiones perdidas. Un compañero de clase se me acercó en un descanso. «Qué cosas, ¿tú sabías que Torrente Ballester vivía aquí?», me lanzó. «No tenía ni la más mínima idea», contesté. «Qué pena no habérnoslo encontrado, ¿eh?», prosiguió con ese entusiasmo inquisitivo que caracteriza a todos los aprendices de periodista, «la de cosas interesantes que nos podría haber contado», prosiguió. «Pues sí, qué pena», respondí.

Gonzalo-Torrente-Ballester

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