Toda la verdad sobre Covadonga

Los asturianos somos los más ateos del mundo, pero no hay minero que no se encomiende a Santa Bárbara cuando intuye los truenos, ni gijonés que no baraje bautizar como Begoña a su primogénita, ni mierense que no confíe en las dotes purificadoras de San Juan Bautista, ni pescador que desvincule el éxito de su faena de la buena maña con que orienta San Pedro los aparejos desde el más allá. Podríamos seguir hasta cumplimentar un larguísimo etcétera, porque así ha ocurrido y ocurre a lo largo y ancho de nuestro bucólico terruño, desde la ría del Eo hasta la de Tinamayor y de la arisca costa cantábrica a la cima de las cumbres que nos cierran el paso hacia la Meseta. Dicho de otro modo: aquí no va a misa ni Dios, pero, por lo que pueda ocurrir, cada cual se busca las habichuelas devocionales en la olla litúrgica que más convenga según el gremio, la procedencia o la afinidad corporativa, con el fin de cumplimentar los deberes preceptivos en una jornada precisa del calendario y dedicar el resto del año a los asuntos propios, que son, a fin de cuentas, los que realmente salvan o condenan.

Por eso hay que reconocer el buen trabajo de la Virgen de Covadonga al conciliar a su alrededor las querencias espirituales de un territorio cuyos habitantes pasan la mayor parte del tiempo mirándose de reojo unos a otros. No podía ser de otra manera tratándose de una deidad que basa su propia razón de ser en una característica tan asturiana y tan reconocible como es el grandonismo. Las más rancias crónicas nacionalcatólicas, herederas de aquellas enfáticas canciones de gesta que conservan el encanto de la cuaderna vía o el romance, pero poco más, la presentan como artífice en la sombra de ese monumental remake del mito de David y Goliat que constituyó el triunfo de unas pocas decenas de cristianos contra las multitudinarias hordas islámicas, allá en los albores de la Reconquista. Poco importa que cada vez haya más pruebas de que, en realidad, aquello no fue más que una refriega entre treinta indígenas agrestes y quince o veinte guerreros imberbes —como si, en mitad de un viaje de estudios a Nueva York, los pardillos del instituto se perdiesen en un tugurio de mala muerte del Bronx, a esas horas de la noche en que se congrega allí la flor y nata del barrio—, a los que dieron la del pulpo no porque hubiese ganas de reconquistar nada, sino porque el baranda de los locales, el a raíz de aquello famosísimo Pelayo, andaba mosca después de que le contaran que el gobernador moro de la región estaba, al parecer, cepillándose a su hermana. Como quedaba feo recoger esto así, tal cual, en los escritos medievales, mucho más si había que aplicarse en la siempre difícil tarea de fundamentar teóricamente todo un Reino, se inflaron números, se camuflaron las verdaderas razones y se puso en medio a una virgen para que todo quedara más aparente y pudiera llevarse a cabo esa práctica ancestral tan conocida entre los jugadores de parchís que consiste en comer una y contar veinte. Fue la Virgen de Covadonga, pues, quien instauró esa tradición tan arraigada entre mis paisanos que consiste en convertir los pormenores de sus vidas en auténticas hazañas y las pequeñas historias de sus aldeas en epopeyas homéricas en las que no faltan penélopes ni perros capaces de vivir durante veinte años. Hasta el propio himno de Asturias, como bien señaló hace tiempo Paco Ignacio Taibo, da fe de esa vocación innata por hacer las cosas a lo grande, o al menos por contar que así se hicieron. Si se presta atención a la segunda estrofa, se verá que su arranque hace presagiar una sencilla escena de amor cortés extrapolado al ámbito rural («Tengo de subir al árbol, / tengo de coger la flor / y dársela a mi morena / que la ponga en el balcón»), pero después la cosa sigue con un extraño desprecio a quien creímos destinataria de la copla («que la ponga en el balcón, / que la deje de poner») para concluir con una declaración de intenciones («tengo de subir al árbol / y la flor he de coger») que encierra una evidencia incontestable: en el fondo, la morena y el balcón son lo de menos; lo que importa es subir al árbol, coger la flor y fardar después en el bar delante de los amigos. Algo similar a lo que finalmente hicieron Pelayo y sus muchachos con aquellos pobres musulmanes a los que dejaron hechos unos zorros. Puede que en esa empatía radique el secreto de la buena acogida que entre el respetable tiene esta Virgen cuya imagen tampoco es nada del otro mundo. No hay asturiano que no haya ido de niño —bien con la familia, bien con el colegio— hasta la gruta abierta en la escarpadísima pared del Auseva desde la que se consumó la presunta hazaña reconquistadora, ni conductor vintage que no luzca en las lunas de su automóvil la graciosa pegatina que, con el lema «Yo conduzco, ella me guía», demuestra que aquí nos fiamos de la Santina hasta para, en caso de incidencia, escurrir el bulto ante los gerifaltes de la Dirección General de Tráfico. Incluso el joven Víctor Manuel consignaba en una canción cómo la Santina era la única que realmente velaba por la salud y el futuro de los mineros de su tierra, y no han sido pocos quienes, desde todos los extremos del arco ideológico, de Jesús Evaristo Casariego a Alfonso Camín, han invertido al menos un segundo de sus vidas en prestar su verbo a la defensa de Covadonga como emblema de unas determinadas señas de identidad, convirtiendo aquello en un verdadero lugar de consenso.

A mí me cae bien la Virgen de Covadonga. Para empezar, vive a las puertas de los Picos de Europa, en los que tan fácil resulta dejarse abstraer por el paisaje y olvidarse durante unas horas de las humanas miserias. Además, sufrió los improperios del ínclito Camilo José Cela, que le dedicó una de las ventosidades verbales que solía expulsar entre página y página para aliviar sus pésimas digestiones literarias. Por último, me hace tilín su peculiar perfil heterodoxo, consignado en tiempo y forma por la nunca bien ponderada sabiduría popular y del que ha sobrevivido un ejemplo encantador. En plena guerra civil, el Consejo Soberano de Asturias y León ordenó al profesor Eleuterio Quintanilla —un anarquista viejo y sabio que daba clases en Gijón, ciudad que aún perpetúa su memoria en una de sus calles— que trasladara la imagen de la Santina a París a fin de protegerla de los rigores del conflicto. Cuando el buen hombre cumplió su tarea, los asturianos entendieron que aquello no era tanto un secuestro como la consecuencia de una deriva ideológica dictada por la fe, e improvisaron una pequeña variación sobre la letrilla tradicional que todavía recuerdan muchos por estos pagos y que (nunca mejor dicho) rezaba así:

La Virgen de Covadonga
ye pequeñina y galana,
y marchó con Quintanilla
porque ye republicana.

Como se ve, no falta de nada. Y a mí todo esto me lleva a concluir que el gran mérito de la Virgen de Covadonga no fue el de vencer a los musulmanes y reinstaurar las esencias de la cristiandad en una península condenada a someterse al dominio mahometano. Su triunfo más rotundo, su verdadero milagro, consistió en conseguir que todos los asturianos (un millón aproximado, según las últimas estadísticas) nos hayamos puesto de acuerdo en algo.

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