Mientras sopla la Tramontana

De todas las fotografías que tengo junto a Sergio Gaspar, mi favorita es una en la que apenas se nos ve. Aparecemos de espaldas, alejándonos por los andenes de la Estación de Francia como si fuésemos dos personajes de una novela de Carmen Laforet, y he vuelto a observarla ahora que acaba de entrar en mi correo electrónico una invitación a la puesta de largo de la que será, de la que ya es, su primera novela. Hasta ahora, a Sergio los lectores españoles teníamos que agradecerle su trabajo a lo largo de catorce años en la tristemente desaparecida DVD Ediciones. No es una afirmación gratuita: hace unos meses, en Madrid, pasamos a la una de la madrugada por una librería que, para mi sorpresa, aún permanecía abierta y en cuyo escaparate relucían varios libros de esa editorial. «Nos hicimos con el fondo cuando la cerraron», me explicó la mujer que atendía el negocio, «y ahora se ha corrido la voz y hasta viene gente desde Sevilla preguntando por esos libros en concreto». A partir de ahora, los lectores tendremos que agradecerle, además, que se haya decidido a dar a la imprenta Viento de Tramontana (Edhasa), una novela tan deliciosa como iconoclasta que retrata y disecciona con crueldad y desparpajo a esos fantasmas del presente que tanto se parecen, ay, a los fantasmas del pasado.

Le tengo cariño a esta novela porque el propio Sergio me ha venido remitiendo capítulos sueltos que yo he ido leyendo religiosamente, con delectación y entrega. En la portada de Viento de Tramontana, Josep Pla y Miguel de Cervantes montan el mismo asno, supongo que por las amplias llanuras ampurdanesas, y la ilustración encarna bien el espíritu de un libro que es a la vez gamberro y tierno, cáustico y exacto, caótico en apariencia pero excelentemente trabado en sus cuestiones más profundas. Viento de Tramontana es un improbable Gironella tomando café en la Barcelona de 2013, y un no menos distópico Francisco Franco Bahamonde (el de ayer, el de hoy, el de siempre) dándose un garbeo por una Diagonal irreconocible para su mirada de Generalísimo; es el autor de El quadern gris oficiando de diablo cojuelo por los irregulares tejados de la hermosísima Pals para sacar a la luz las virtudes y vergüenzas de la burguesía catalana, y un aquelarre clandestino en el que toman parte los históricos presidentes de la Generalitat, incluido un todavía honorable Jordi Pujol cuyo jovial grito de guerra («Viva jo!») resuena majestuoso entre los muros del palacio de Sant Jaume. Hace aproximadamente un mes, en un restaurante de Calella de Palafrugell donde paramos para comer un pescado delicioso después de solazarnos en las relajadas playas de Begur, la camarera del restaurante nos habló de la Tramontana: «Es un viento inconfundible; yo, en cuanto empieza a soplar, ya noto cómo me afecta a la cabeza». El pasado febrero, cenando en el bar del Ensanche en el que solemos vernos cada vez que paso por la ciudad, Sergio y yo terminamos hablando de lo que siempre se termina hablando en la Cataluña de estos tiempos y llegamos a una conclusión muy parecida: es muy posible que nos estemos volviendo locos. Puede que lo que viene soplando en estas últimas décadas entre los catalanes y el resto de tribus peninsulares no sea, en el fondo, más que una soberbia Tramontana de rachas huracanadas que nublan entendimientos y modifican voluntades. No soy partidario de usar el adjetivo «necesario» a la ligera, porque hay pocas cosas en la vida que lo sean realmente, pero sí diré que Viento de Tramontana es un libro valiente. Tan valiente que se presentará en sociedad el próximo 9 de septiembre, en el corazón de Barcelona, a tan sólo dos días de la Diada y cuando faltarán un par de meses para que irrumpa en el calendario la fecha propuesta para el famoso referéndum. Participará en el acto Ignacio Martínez de Pisón, otro de esos tipos que dignifican nuestra literatura, y si algo lamento es no poder darles un abrazo a ambos allí mismo y alejarnos después charlando tranquilamente por un andén cualquiera, sorteando el ojo del huracán, mientras afuera el temporal arrecia y sopla, cada vez con más fuerza, la temida Tramontana.

estacionfrancia

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