Hay palabras cuyo significado nunca consultamos porque tendemos a darlo perfectamente por sabido. Me entero ahora de que la Real Academia Española de la Lengua define por primera vez el franquismo, en su reciente diccionario, como una «dictadura de carácter totalitario impuesta en España por el general Franco». Hasta hace poco, la institución lo consideraba un «movimiento político y social de tendencia totalitaria». Su director, José Manuel Blecua, relata en una entrevista concedida a El País que costó dos plenos dar por bueno el cambio, y sus palabras permiten intuir que la modificación no contó con la unanimidad de los académicos. La declaración pasa inadvertida en el contexto global de un cuestionario que merecidamente celebra la consecución del nuevo Panhispánico y alerta sobre las estrecheces económicas que asedian al organismo que se encarga de velar por el uso y la vigencia de un idioma que hablamos cientos de millones de personas a uno y otro lado del Atlántico; aún así, es una cuestión especialmente relevante en un país como el nuestro, al que tanto le cuesta mirar cara a cara a sus demonios, y en unos momentos en los que contemplamos diariamente cómo, en buena medida, determinadas perversiones del lenguaje propiciaron y propician los cataclismos cotidianos entre cuyos ecos se va desenvolviendo nuestra rutina.
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Miguel Barrero (Oviedo, 1980) ha publicado las novelas Espejo (premio Asturias Joven; KRK Ediciones, 2005), La vuelta a casa (KRK Ediciones, 2007), Los últimos días de Michi Panero (premio Juan Pablo Forner; DVD Ediciones, 2008), La existencia de Dios (Trea, 2012), Camposanto en Collioure (Prix International de Littérature de la Fondation Antonio Machado; Trea, 2015) y El rinoceronte y el poeta (Alianza, 2017). También es autor de los ensayos Las tierras del fin del mundo (Trea, 2016) y La tinta del calamar (Trea, 2016; premio Rodolfo Walsh 2017). Codirigió el documental La estancia vacía (2007).