Definición

Hay palabras cuyo significado nunca consultamos porque tendemos a darlo perfectamente por sabido. Me entero ahora de que la Real Academia Española de la Lengua define por primera vez el franquismo, en su reciente diccionario, como una «dictadura de carácter totalitario impuesta en España por el general Franco». Hasta hace poco, la institución lo consideraba un «movimiento político y social de tendencia totalitaria». Su director, José Manuel Blecua, relata en una entrevista concedida a El País que costó dos plenos dar por bueno el cambio, y sus palabras permiten intuir que la modificación no contó con la unanimidad de los académicos. La declaración pasa inadvertida en el contexto global de un cuestionario que merecidamente celebra la consecución del nuevo Panhispánico y alerta sobre las estrecheces económicas que asedian al organismo que se encarga de velar por el uso y la vigencia de un idioma que hablamos cientos de millones de personas a uno y otro lado del Atlántico; aún así, es una cuestión especialmente relevante en un país como el nuestro, al que tanto le cuesta mirar cara a cara a sus demonios, y en unos momentos en los que contemplamos diariamente cómo, en buena medida, determinadas perversiones del lenguaje propiciaron y propician los cataclismos cotidianos entre cuyos ecos se va desenvolviendo nuestra rutina.

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Añoranza de Castilla

Escribió Ortega y Gasset, con clarividencia memorable, que lo primero que ven los castellanos cuando miran hacia Asturias es que, en realidad, no consiguen ver gran cosa. Parafraseándole a la inversa, podría decirse que lo que los asturianos comprobamos en cuanto dirigimos la mirada hacia Castilla es que lo que se nos pone ante los ojos sobrepasa, con mucho, nuestra capacidad de entendimiento. Acostumbrados al arrullo de los montes, al confortable cobijo que nos proporcionan las abruptas sierras y las elevadas cordilleras que protegen nuestros pasos y cercan nuestras rutinas, la visión de esas lánguidas llanuras que se extienden hacia el infinito, como un mar seco y amarillento que se pierde en un horizonte hecho de tierra, provoca en nosotros una angustia metafísica que acaso se relacione con la incertidumbre de lo ignoto. En los parajes norteños, lo desconocido, el peligro, siempre aguarda agazapado al otro lado de una ladera inexpugnable que oculta al tiempo que protege; en la estepa castellana, por el contrario, todo cuanto desconocemos se encuentra lejos, pero a la vista, lo que es tanto como decir que en cualquier momento podemos acceder a ello, o ello a nosotros, sin que medie ningún obstáculo susceptible de salvarnos.

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Teresa

Esa mujer, Teresa, contrajo el ébola tras atender a un misionero infectado al que el Gobierno español repatrió contra el criterio de la mayoría de la comunidad científica y sin poseer la certeza de que España contara con mecanismos suficientes para hacer frente a una eventual crisis. Esa mujer, Teresa, ha permanecido varias semanas ingresada en una habitación de un hospital que hace no mucho contaba con una unidad destinada a la investigación y el tratamiento de enfermedades tropicales, unidad que la Comunidad de Madrid decidió desmantelar, y sólo pudo esperar que el buen hacer del personal sanitario paliase la carencia de unos recursos tan imprescindibles como inexistentes. Esa mujer, Teresa, osciló varios días entre la vida y la muerte sin el necesario consuelo que siempre brinda la compañía de los más cercanos: aislada como estaba para evitar contagios, ni siquiera sus familiares más directos –su marido, su madre, su hermano– pudieron acercarse hasta su cama para acariciarle el pelo, para cogerle la mano, para decirle al oído unas palabras de aliento. Si esa mujer, Teresa, hubiese muerto, ningún familiar habría ido a su lado para cerrarle los ojos, para darle el último beso, para llorarla en silencio.

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El remoto pasado

Siempre llegamos tarde a la vida de los demás, pero también nos incorporamos con retraso a nuestra propia existencia. Se habla mucho de la extrañeza que a veces causan esas fotografías en las que nuestros padres, nuestros abuelos, nuestras novias, posan sonrientes en un tiempo muy anterior a aquél en el que nosotros nos incorporamos a su rutina, felices y despreocupados a pesar de nuestra ausencia. Tendemos a asociar nuestra aparición con el comienzo de las cosas, y por eso en la infancia nos sorprende descubrir que las personas que nos rodean no fueron siempre como son en el momento en que empezaron a acompañarnos, que ellas también tuvieron un pasado y que en ese pasado nosotros no contábamos por la sencilla razón de que no estábamos en él ni se nos esperaba, todavía, en el futuro. Son vestigios de un tiempo sin nosotros que nos resulta inaprensible y que a menudo observamos con una cierta suspicacia, como si lo que en él aconteció no hubiera servido de mucho o, en cualquier caso, fuese mucho menos valioso que todo lo que vino después, cuando nos erigimos en realidad tangible. Pero existe, aún así, otro tiempo más difuso e impreciso: un tiempo en el que nosotros sí estuvimos sin percatarnos –sin tener aún plena conciencia de ser ni de estar–, un tiempo del que no albergamos memoria alguna y cuyo relato sólo podemos construir partiendo de lo que cuentan aquellos que sí lo vivieron con todas las consecuencias y nos acompañaron sin que llegáramos a advertirlo.

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Dos perros

He encontrado el montaje por ahí, colgado en el batiburrillo de las redes sociales, y lamento desconocer el nombre de su autor, porque ha sabido contraponer dos imágenes separadas por dos siglos para evidenciar lo que es en realidad una misma escena atravesada por el hilo invisible del tiempo. La de la izquierda muestra a Excalibur, el perro sacrificado de la enfermera infectada de Ébola, ladrando o aullando en la terraza del piso de Alcorcón donde quedó aislado y solo después de que sus dueños ingresaran en el hospital Carlos III. La de la derecha reproduce una de las obras más enigmáticas de Francisco de Goya, adscrita a la serie de pinturas con las que el sordo genial, en esa última etapa de su vida en la que navegó continuamente sobre unas aguas arremolinadas por las turbulencias de la lucidez y la locura, decoró los muros de aquel lugar terrible y alucinógeno que debió de ser la Quinta del Sordo. Las dos imágenes poseen sobrada potencia por separado. Puestas una al lado de otra, conforman un breve mosaico que cautiva y sobrecoge, un mudo diálogo en cuyos términos reconocemos algo que acaso no podamos precisar, pero que inevitablemente relacionaremos con el sentido profundo que emana de nuestra larga andadura colectiva.

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