Dos perros

He encontrado el montaje por ahí, colgado en el batiburrillo de las redes sociales, y lamento desconocer el nombre de su autor, porque ha sabido contraponer dos imágenes separadas por dos siglos para evidenciar lo que es en realidad una misma escena atravesada por el hilo invisible del tiempo. La de la izquierda muestra a Excalibur, el perro sacrificado de la enfermera infectada de Ébola, ladrando o aullando en la terraza del piso de Alcorcón donde quedó aislado y solo después de que sus dueños ingresaran en el hospital Carlos III. La de la derecha reproduce una de las obras más enigmáticas de Francisco de Goya, adscrita a la serie de pinturas con las que el sordo genial, en esa última etapa de su vida en la que navegó continuamente sobre unas aguas arremolinadas por las turbulencias de la lucidez y la locura, decoró los muros de aquel lugar terrible y alucinógeno que debió de ser la Quinta del Sordo. Las dos imágenes poseen sobrada potencia por separado. Puestas una al lado de otra, conforman un breve mosaico que cautiva y sobrecoge, un mudo diálogo en cuyos términos reconocemos algo que acaso no podamos precisar, pero que inevitablemente relacionaremos con el sentido profundo que emana de nuestra larga andadura colectiva.

A Excalibur lo asesinaron con el aplauso de los unos, las quejas de los otros y las dudas de unos cuantos que nos preguntábamos si no hubiera sido mejor aprovechar su sobrevenida condición –el único perro del mundo del que sabemos a ciencia cierta que permaneció varios días en contacto con una persona infectada por el virus, según han explicado no pocos científicos– para iniciar una investigación sobre las causas del Ébola, su aún no probada transmisión entre personas y animales y las razones por las que esas mascotas parecen recuperarse de sus efectos con relativa facilidad. Nadie pareció tener eso en cuenta en un Gobierno que acostumbra a matar moscas a cañonazos y cuyos adalides sanitarios cogieron especial tirria al cánido cuando vislumbraron en sus ojos acuosos –ningún culpable sale indemne de la mirada de un perro– el reproche por lo que posiblemente haya sido la peor decisión jamás tomada por un Ejecutivo español desde la llegada de la democracia. La imagen de Excalibur llorando en su terraza es la imagen de la soledad, pero también la del desamparo, la de un animal que extraña a la dueña a la que tal vez no vuelva a ver y que acaso intuye el aciago final que le aguarda a él mismo. No ha habido forma de precisar las circunstancias que envuelven al otro perro, al de Goya, ni las causas por las que pudo quedar semihundido en esa superficie que unas veces se asemeja a un terreno pantanoso y otras parece un océano emponzoñado y marronuzco, con las aguas oscurecidas por el mate del crepúsculo que se cierne al fondo como un telón apocalíptico. No ladra ni llora este perro de mentira y, sin embargo, tan real; sólo mira al frente, hacia ese montículo que lo aprisiona o esa ola que lo engullirá pronto, con la impasibilidad de quien sabe que la única opción posible es la de resignarse ante los desastres que quedan por venir. Ambos perros, el pintado y goyesco y el muy corpóreo Excalibur, contemplan a la adversidad cara a cara, conscientes de que no hay nada que hacer salvo legar a la posteridad el pobre consuelo de una derrota digna. Los dos animales simbolizan algo que no sé muy bien qué es, pero que quizás tenga algo que ver con esta triste historia nuestra. Con este errático vagar por mares cenagosos. Con esta constante exposición a un oleaje inclemente en el que siempre son otros los que nos condenan y nos hunden.

la foto (31)

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