Hace unos cuantos años, antes de que comenzara el siglo, un jurado compuesto por escritores, cineastas y críticos dictaminó en un monográfico de la revista Nickel Odeon que Surcos era la película más madrileña de todo el séptimo arte español. Desde entonces, vine encontrando aquí y allá referencias que situaban al filme, dirigido por José Antonio Nieves Conde en 1951, como una obra maestra indiscutible del séptimo arte patrio en una época en la que éste andaba naufragando por las pacíficas aguas del folclorismo y la exaltación de la raza. Alguna vez intenté localizarla, pero no conseguí verla hasta anoche gracias a ese segundo canal de la televisión pública cuya supervivencia resulta casi un milagro ahora que en la pequeña pantalla sólo parece haber espacio en abierto para la chabacanería. Desconocía que el guión fuese de Torrente Ballester, y pese a todo lo leído no era capaz de imaginar que el largometraje (dirigido y escrito, al fin y al cabo, por dos falangistas) alcanzara a retratar con tanta crudeza las miserias y crueldades de aquella España en blanco y negro.
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Miguel Barrero (Oviedo, 1980) ha publicado las novelas Espejo (premio Asturias Joven; KRK Ediciones, 2005), La vuelta a casa (KRK Ediciones, 2007), Los últimos días de Michi Panero (premio Juan Pablo Forner; DVD Ediciones, 2008), La existencia de Dios (Trea, 2012), Camposanto en Collioure (Prix International de Littérature de la Fondation Antonio Machado; Trea, 2015) y El rinoceronte y el poeta (Alianza, 2017). También es autor de los ensayos Las tierras del fin del mundo (Trea, 2016) y La tinta del calamar (Trea, 2016; premio Rodolfo Walsh 2017). Codirigió el documental La estancia vacía (2007).