La nueva picaresca

La aparición en periódicos y televisiones de ese joven al que todos llaman el pequeño Nicolás —ripioso mote que, me temo, pervertirá para siempre mis juveniles y muy queridas lecturas del personaje ideado por René Goscinny y dibujado por Jean-Jacques Sempé— ha venido a coincidir con los días que dedico a la lectura de El impostor (Random House), la estupenda última novela de Javier Cercas. No sólo eso: ayer mismo, pocos minutos después de observar en el kiosco cómo la foto del jovenzuelo medrador presidía la portada de El Mundo y unas horas antes de escuchar sus explicaciones en el nuevo programa de debates de Telecinco, me encontré en las páginas culturales de El País con un artículo en el que Enric Marco —el hombre que presidió la Amical de Mauthausen hasta que descubrieron que jamás había sido deportado al campo de concentración de Flossenbürg, como él mismo sostenía— arremetía contra Cercas por entender que el libro de éste (vertebrado en torno a su vida, su obra y sus mentiras) no sólo no le hacía justicia, sino que deterioraba aún más la imagen que él mismo se había obstinado en deformar. Dicho de otra manera, Marco criticaba que el escritor, en vez de un relato hagiográfico que, de algún modo, le disculpase ante la historia, hubiese empleado su prosa y su tiempo en ofrecer y argumentar su impresión sincera acerca de una impostura que se vino abajo no porque su artífice, arrepentido, decidiera confesar, sino porque un historiador desveló sus trucos y obligó a Marco a poner, por primera vez en su vida, las cartas boca arriba ante el mundo.

No creo que sepamos todavía las verdaderas razones que llevaron a Francisco Nicolás a inclinarse ante Felipe VI en el Palacio Real, posar en un palco (creo que del Bernabéu) con Arturo Fernández o presidir actos al lado de José María Aznar, no sé bien si en la sede de FAES o en la misma Génova 13. Pese a ello, juzgo altamente improbable que la infanta Cristina, el Centro Nacional de Inteligencia o el Ministerio del Interior encomendaran a un zagal de veinte años mal cumplidos la misión de mediar en asuntos tan sensibles como el Caso Nóos, la cuestión catalana o el desarrollo del proyecto de Eurovegas. Me parece más atinado pensar que alguien en algún momento, en algún lugar y por motivos que en primera instancia pueden parecer inverosímiles, pero que se explican fácilmente si uno tiene en cuenta las debilidades de la especie humana, concluyera que no estaba mal darle manga ancha a ese chico tan simpático si, a cambio, tenía contento a alguien de su entorno al que convenía cuidar. Sé que es una hipótesis cogida con alfileres, pero me parece mucho más plausible eso que suponer que nuestros máximos representantes están tan desesperados como para fiar temas realmente delicados para su propia supervivencia (y, en algunos casos, su dignidad o la de las instituciones a las que representan) a las dotes sociales de un pimpollo imberbe que ni siquiera disimula lo suficiente como para dejarse ver de vez en cuando por la universidad. Con todo, no es eso lo que más me fascina, sino el modo en que los impostores tienden a reafirmarse a sí mismos cuando su ficción queda al descubierto y, de una manera o de otra, se les exigen cuentas. «Lo hice para reivindicar una memoria que se estaba extinguiendo», dice Enric Marco cuando le preguntan por qué fingió ser una víctima del holocausto nazi, restando protagonismo y atenciones a quienes sí sufrieron en los campos de concentración y padecieron de primera mano el horror de uno de los peores genocidios que conoció el pasado siglo. «Me pidieron que hiciese un favor a la patria, y no pude negarme», dice el trepa veinteañero cuando se le inquiere por sus fotografías, sus contactos y su vida disoluta. Siempre hay un fin superior que justifica y acredita la pertinencia de los embustes y los hace, además de comprensibles, necesarios y hasta providenciales. El Lazarillo se abre con un preludio exculpatorio que su protagonista y narrador utiliza para explicar que no cuenta su vida porque sí, sino para que el vulgo entienda las causas profundas que le llevan a asumir de buen grado una situación deshonrosa. El caso de Enric Marco y el de Francisco Nicolás no dejan de ser, en distintos grados, la evolución o actualización de la picaresca de entonces siguiendo los caprichosos códigos del aquí y el ahora. No obstante, hay una diferencia sustancial: Lázaro de Tormes lo hacía con mucha más gracia, y si bien es cierto que el relato de sus embustes y pillerías ponía en evidencia los defectos de una sociedad en pleno desmoronamiento, no hay que olvidar que aceptaba con lucidez y deportividad que en esa narración pormenorizada de la decrepitud a él también le tocaba asumir su parte de culpa.

Ni_o_espulg_ndose_Bartolom_Esteban_Murillo

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