En Vetusta

En el último año he publicado dos artículos, uno en el suplemento cultural de La Vanguardia y otro en Qué Leer, en los que proponía sendos recorridos por el Oviedo de hoy siguiendo las huellas de la Vetusta que Leopoldo Alas Clarín engendró en las páginas de La Regenta. El tiempo hace su trabajo con tanta vehemencia, para bien y para mal, que muchas veces nos lleva a extraviar la perspectiva adecuada desde la que otear las dimensiones de las cosas. Tenemos tan asumido que La Regenta es uno de los clásicos por excelencia de nuestra literatura, tenemos tan interiorizados los giros de su trama y sus trasfondos argumentales —se hicieron incluso dos adaptaciones cinematográficas, una algo irregular de Gonzalo Suárez y otra bastante más lograda a cargo de Fernando Méndez-Leite—, que a menudo olvidamos que su lectura estuvo prácticamente vetada durante casi medio siglo, y que sólo gracias a la perseverancia de ciertos editores y algún que otro profesor universitario que se atrevió a pelear contra el dogma establecido desde la ortodoxia se pudo, al fin, disfrutar de sus virtudes en todo lo que valían, que era muchísimo. Igual que ocurre con casi todos los clásicos, La Regenta es mucho más citada que leída, también o sobre todo en Oviedo, donde las estirpes de más rancio abolengo no dudan en llenarse la boca con el topónimo Vetusta sin reparar en que, al emplearlo, hacen más bien poco por dignificar a la ciudad en la que tienen cuna y hacienda.

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Lo público

La derecha en general, y el Partido Popular en particular, ha centrado una buena parte de su discurso político-económico de estos tiempos de crisis en ese dogma que habla de la ineficiencia de lo público. Resumido en unas pocas líneas apresuradas, viene a decir que a la ciudadanía no se le debe ofrecer gratis aquello por lo que se puede sacar un beneficio mínimo, pero también que no pueden ser completamente de fiar unos trabajadores que tienen su puesto asegurado y no están sometidos por ello ni al estrés que provoca el desconocer si al día siguiente aún estarás en tu puesto (algo muy habitual en nuestros días) ni a los objetivos de productividad que marque el empresario de turno. Que al tratarse de asuntos financiados con el dinero de todos, al no haber nadie de cuyo bolsillo dependa directamente el negocio (al no existir, por tanto, el negocio en sí mismo), no pueden existir ni riesgo ni excelencia. Lo público sería, siguiendo ese razonamiento tantas veces desmentido, pero que tanto puede calar en según qué circunstancias, una especie de estercolero donde van a parar aquellos que no saben hacer otra cosa. Los profesionales que, por su incapacidad o su estulticia, sólo han podido aspirar a aprobar una oposición (como si esto fuese poco) y no a seducir al gabinete de recursos humanos de las corporaciones más pujantes para la macroeconomía patria.

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Expurgar a Don Quijote

No he leído todavía la versión de El Quijote que ha escrito Arturo Pérez-Reverte por encargo de la Real Academia Española y con la que la institución que limpia, fija y da esplendor entiende cumplida una Real Orden de 12 de octubre de 1912 que demandaba una edición «popular y escolar» de la novela de Cervantes. Sí he estado al tanto de las reacciones que fue generando la noticia primero y la presentación del libro después, y he de decir que entiendo a medias el jaleo organizado en torno a esta primera avanzadilla de lo que, imagino, serán las fastuosas celebraciones cervantinas que nos aguardan en los dos próximos años. Es cierto que carece de sentido dar cumplimiento ahora, más de un siglo después, a un mandato que procuraba solventar lo que entonces constituía una laguna. Carece de sentido porque los jóvenes de hoy apenas se parecen a los de hace un siglo y porque si esa laguna ya no existe se debe, fundamentalmente, a que en estas últimas décadas han proliferado suficientes versiones de El Quijote (en cómic, en cine, en televisión) como para que hasta el más iletrado de los españoles pueda adquirir unas nociones mínimas al respecto. Quiero decir que ya las editoriales y las productoras se habían adelantado a esta iniciativa de la RAE, inundando el mercado de Quijotes «escolares y populares» cuyo éxito desconozco, pero que siguen estando ahí, al alcance de cualquiera. Creo, pues, que la polémica no viene dada por el estricto meollo del asunto, sino por un aspecto fundamental que se relaciona con su misma razón de ser: ¿debe una institución como la Academia patrocinar una edición simplificada de la que por unanimidad se considera la mayor obra literaria que han conocido los tiempos en un momento histórico en el que dicha edición ya no resulta imprescindible para que el grueso de la ciudadanía conozca, en líneas generales, el tema y el trasfondo de esa obra? Tengo, como es lógico, dudas razonables.

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Clásicos conservadores

He leído un artículo en el que se habla de «las colecciones francamente conservadoras y de escaso valor filológico de las novelas que publica la Docta Institución [la RAE] en honor al tercer centenario de su fundación». Tal afirmación me ha dejado un tanto patidifuso. Yo tengo algunos de esos libros y ni me parecen conservadores ni pienso que su valor filológico sea escaso, aunque opino desde la perspectiva de un lector con cierto grado de conocimiento en la materia, pero no con la suficiente especialización en temas filológicos como para solventar con unas mínimas garantías tal cuestión. En cualquier caso, he querido indagar por si mi percepción pudiera ser errónea o se me hubiese escapado algún matiz que, en su momento, no percibí en las librerías. Por esa razón visité la web de la Real Academia para consultar ese catálogo que tan reaccionario le resultaba al mencionado articulista y que allí se refiere con todo detalle.

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Rey Dorian

Al descorrer el velo, el viejo Rey se encontró con su imagen de veinte años atrás y creyó que, en vez de en los reconocibles aposentos del palacio de sus antepasados, se hallaba confinado en el reverso tenebroso de un relato de Oscar Wilde. Dijeron que era él quien le observaba desde el otro lado del lienzo, pero no puedo estar completamente seguro. También dijeron que era su esposa la mujer que le acompañaba en la tela, pero vio en ella notables diferencias con la esposa de carne y hueso que, de pie junto a él, contemplaba la magna obra con idéntico estupor. El viejo Rey lo intentó, pero no acertaba a reconocerse del todo en la estampa del hombre aún apuesto y, hasta cierto punto, joven que miraba al frente con una solemnidad y un poso de confianza que, tantos años después, sólo identificaba como un leve espejismo del pasado.

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