Expurgar a Don Quijote

No he leído todavía la versión de El Quijote que ha escrito Arturo Pérez-Reverte por encargo de la Real Academia Española y con la que la institución que limpia, fija y da esplendor entiende cumplida una Real Orden de 12 de octubre de 1912 que demandaba una edición «popular y escolar» de la novela de Cervantes. Sí he estado al tanto de las reacciones que fue generando la noticia primero y la presentación del libro después, y he de decir que entiendo a medias el jaleo organizado en torno a esta primera avanzadilla de lo que, imagino, serán las fastuosas celebraciones cervantinas que nos aguardan en los dos próximos años. Es cierto que carece de sentido dar cumplimiento ahora, más de un siglo después, a un mandato que procuraba solventar lo que entonces constituía una laguna. Carece de sentido porque los jóvenes de hoy apenas se parecen a los de hace un siglo y porque si esa laguna ya no existe se debe, fundamentalmente, a que en estas últimas décadas han proliferado suficientes versiones de El Quijote (en cómic, en cine, en televisión) como para que hasta el más iletrado de los españoles pueda adquirir unas nociones mínimas al respecto. Quiero decir que ya las editoriales y las productoras se habían adelantado a esta iniciativa de la RAE, inundando el mercado de Quijotes «escolares y populares» cuyo éxito desconozco, pero que siguen estando ahí, al alcance de cualquiera. Creo, pues, que la polémica no viene dada por el estricto meollo del asunto, sino por un aspecto fundamental que se relaciona con su misma razón de ser: ¿debe una institución como la Academia patrocinar una edición simplificada de la que por unanimidad se considera la mayor obra literaria que han conocido los tiempos en un momento histórico en el que dicha edición ya no resulta imprescindible para que el grueso de la ciudadanía conozca, en líneas generales, el tema y el trasfondo de esa obra? Tengo, como es lógico, dudas razonables.

Cualquiera sabe que no es lo mismo leer la contraportada de un libro, por muy ilustrativa que resulte o muchos detalles de la trama que desvele, que afrontar la lectura del libro en sí. Puedo saber que Ulysses narra lo que ocurre y se le ocurre a un personaje que pasea por Dublín, pero eso no me acredita como conocedor de la obra de Joyce, del mismo modo que referirme al poder evocador de las magdalenas no me concede credenciales para juzgar la monumental serie de Proust. Tampoco conocer de carrerilla las andanzas de Don Quijote y repetir lo que le aconteció en la venta que creía ser castillo, los pormenores de su ficticia y perdida batalla contra los molinos de viento o los trastornos que ocasionó su empeño en asaetar odres de vino que él consideraba demonios del averno —por citar tres episodios que pueden ser de sobra conocidos por todo el mundo— avala que, en efecto, conozca la novela de Cervantes. Cualquier argumento puede resumirse en medio folio, no digamos ya en unos cientos de páginas, y está muy bien que así sea si la finalidad última es aprobar un examen que se presenta ante nosotros como un mero trámite, pero no me parece el camino más aconsejable si se busca despertar el interés sincero por un libro. El argumento no es la obra literaria, sino sólo el andamiaje que la sustenta y le da sentido. Si El Quijote se considera no sólo un clásico indiscutible de las letras universales, sino la piedra angular sobre la que se ha ido erigiendo con los siglos el gran esqueleto de la novela contemporánea, no es debido a que en sus páginas se desgranen las delirantes aventuras de un presunto loco y su escudero sobrevenido, sino a cómo esa excusa mínima fue el acicate para derribar convenciones y poner en pie un magnífico espectáculo en el que lo real se fundía con lo imaginado, la acción se desviaba en mil y una ramificaciones que enriquecían su núcleo e incluso el mismo autor y sus personajes incurrían en la atrevidísima audacia de ponerse en cuestión a sí mismos. El propio Cervantes desvela el truco cuando interrumpe la escena del combate con el vizcaíno para plantear un brillante juego de espejos que nunca nos cansaremos de admirar por la importancia crucial que tuvo en la historia de la literatura: él no es el responsable de la historia de Don Quijote, sino únicamente el transcriptor de unas cuartillas que se encuentra en un mercado de Toledo, escritas en árabe por un tal Cide Hamete Benengeli. El escritor se introduce a sí mismo en la ficción para declarar su relación con ésta sin llegar a erigirse en sujeto de la misma, pero también, y al mismo tiempo, constata una verdad que aún hoy algunos escamotean: no es el fondo, sino la forma; no es el tema, sino su envoltorio; no es el hecho de contar algo, sino la voluntad de hallar una buena forma de contarlo.

No es ese Quijote «escolar y popular» que ahora publicita la Real Academia, pues, un auténtico Quijote, sino un sucedáneo en la línea de los muchos que ya existen y que, implícitamente, venían cumpliendo lo requerido en aquella Real Orden de la que apenas quedaba memoria. Quien se pierda en sus páginas no se estará extraviando por las ensoñaciones de Cervantes, sino sólo en una versión simplificada y censurada de las mismas, y probablemente haya quien lo termine convencido de que ya ha hecho los deberes y se ve justificado para eludir lo que presupone una cima inalcanzable. Suele ocurrir con los clásicos, obras a las que el tiempo y el academicismo invisten con ropajes tan solemnes que nadie osa acercarse a ellas por miedo a que la incursión se salde con un fracaso. Libros que, en muchas ocasiones, ni siquiera han leído quienes deben hablar de ellos a otros, generando de ese modo una espiral que convierte el aprendizaje en un eco de otro eco aún más lejano en el que ni siquiera anida ya el recuerdo de lo que fue el sonido primigenio. Me pregunto si, en vez de acercar los clásicos a la gente, no sería mucho más pertinente que las instituciones responsables —la Real Academia Española, el Instituto Cervantes, los Ministerios de Educación y de Cultura— trabajasen en común para ir aproximando a la gente a los clásicos y sembrar en las personas de edad más tierna la semilla de la que un día acabará brotando el interés hacia aquello de lo que se les ha hablado con cariño y fascinación, para que no sea la obligación la que les empuje ante unas páginas en las que nunca deben ver un encargo tedioso, sino la invitación a aprender algo más sobre sí mismas, la puerta abierta a un deslumbramiento que les acompañará durante toda su vida. Para que deseen desvelar por sí mismos las maravillas que encierra El Quijote de Cervantes y no se conformen con las cuartillas desencuadernadas que Cide Hamete Benengeli dejó desparramadas en un puesto cualquiera del mercado de Zocodover, allá en Toledo, con la esperanza de que algún día diese con ellas alguien dispuesto a hilvanarlas y regalarles un puesto en la inmortalidad.

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