Lo público

La derecha en general, y el Partido Popular en particular, ha centrado una buena parte de su discurso político-económico de estos tiempos de crisis en ese dogma que habla de la ineficiencia de lo público. Resumido en unas pocas líneas apresuradas, viene a decir que a la ciudadanía no se le debe ofrecer gratis aquello por lo que se puede sacar un beneficio mínimo, pero también que no pueden ser completamente de fiar unos trabajadores que tienen su puesto asegurado y no están sometidos por ello ni al estrés que provoca el desconocer si al día siguiente aún estarás en tu puesto (algo muy habitual en nuestros días) ni a los objetivos de productividad que marque el empresario de turno. Que al tratarse de asuntos financiados con el dinero de todos, al no haber nadie de cuyo bolsillo dependa directamente el negocio (al no existir, por tanto, el negocio en sí mismo), no pueden existir ni riesgo ni excelencia. Lo público sería, siguiendo ese razonamiento tantas veces desmentido, pero que tanto puede calar en según qué circunstancias, una especie de estercolero donde van a parar aquellos que no saben hacer otra cosa. Los profesionales que, por su incapacidad o su estulticia, sólo han podido aspirar a aprobar una oposición (como si esto fuese poco) y no a seducir al gabinete de recursos humanos de las corporaciones más pujantes para la macroeconomía patria.

Como tantos otros miles de españoles, yo fui uno de los que en la noche del pasado viernes sintonizó el Canal 24 Horas de Televisión Española para ver la entrevista que Sergio Martín y sus tertulianos le iban a hacer a Pablo Iglesias. No me esperaba, a tenor de la idiosincrasia de unos y de otros, que fuera en absoluto una conversación aséptica (en realidad, ninguna entrevista debe serlo), pero quise creer que se guardarían las formas teniendo en cuenta que hablamos de un medio de comunicación que se financia con nuestros impuestos y en el que, en teoría, debe verse representado el sentir de quienes habitamos este territorio emparedado entre Francia y Portugal. Una de las mejores cosas que hizo Zapatero –unos dirán que decididamente la mejor, otros que la única– fue conseguir que, por primera vez en las tres décadas largas que llevamos de democracia, Televisión Española adquiriera un carácter serio e independiente, alejada de los maniqueísmos que la habían aquejado en otro tiempo y que, ay, no tardaron en volver en cuanto Rajoy entendió que la mayoría absoluta le daba licencia para decir ancha es Castilla y modelar a su gusto lo que, sorprendentemente, parecía estar más o menos al gusto de todos. Había ya sobradas muestras del declive, pero el cuestionario que Martín desplegó ante Iglesias resultó ser una de las más sonrojantes. En cualquier facultad de Periodismo enseñan desde el minuto uno que eso que se llama objetividad no existe porque cada cual camina por el mundo con su propia conciencia a cuestas, pero que sí hay que respetar a toda costa la honestidad con uno mismo y con la profesión que ejerce. Y uno de los principios más acendrados del código deontológico que acaba por regir estas cosas, y que presuntamente los medios de comunicación públicos llevan incorporado de serie a su ADN, dictamina que, ya que uno no puede evitar que sus prejuicios o su percepción de la realidad influyan sobre lo que escribe o dice, al menos debe tratar de que no interfieran ni contaminen el trasfondo del mensaje. Lo que hizo Televisión Española el pasado viernes no fue ni una entrevista ni una tertulia. Fue un catódico tribunal del santo oficio predispuesto a quemar al brujo Iglesias en una hoguera de leña mojada. Se ha hablado mucho de la intolerable alusión del director y presentador a los presos de ETA, pero menos del terco «¿es usted comunista?» que, con pueril insistencia, lanzaba Graciano Palomo o de las simplonas acusaciones («usted no paga el IVA») vertidas por Alfonso Rojo. Todo en ese programa resultó vergonzoso desde el punto de vista periodístico e ineficaz si nos ceñimos al ámbito de la estrategia política: los genios que ofician de gurús de la comunicación en el xanadú de Torrespaña (y supongo que en parte también en el PP) no sólo consiguieron que Iglesias se escapara vivo, sino que otorgaron nuevas fuerzas a un discurso debilitado en las últimas semanas y consiguieron que las dos únicas preguntas realmente serias y con algo de sentido –las que formularon Antonio Papell y Julio César Herrero– pasaran inadvertidas en el lodazal retórico en el que chapoteaban los profesionales a los que TVE mantiene en nómina por el supuesto prestigio que atesoran dentro de su gremio.

Durante todo el fin de semana mantuve la esperanza de que alguien al pie del Pirulí encontrase tiempo para rectificar y tomara alguna medida, la que fuera, con tal de finiquitar o al menos disimular la pantomima. No sólo no ha sido así, sino que la dirección del Ente le ha dado sus bendiciones a Martín para que continúe demoliendo el edificio que con tiento y buen hacer levantaron en su día Vicente Vallés y Xabier Fortes. El mismo Partido Popular que defiende las privatizaciones asegurando que lo público fomenta la estulticia y da cobijo a los incompetentes se niega a destituir a quien ha demostrado ante toda España su nulidad a la hora de desempeñar la función para la que fue nombrado. Quizás el problema no radique, pues, en la ineficiencia de aquello que es de todos, sino en la incapacidad de algunos para comprender lo que eso significa y obrar en consecuencia. En lo mucho que les cuesta asimilar que hay cosas que no les pertenecen y que por tanto no pueden gestionar a su antojo, sino en virtud de lo que esperan y les exigen sus verdaderos dueños.

smartin

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