El horror

La libertad de expresión es uno de los eslabones más débiles en la cadena de nuestras sociedades, pero también, y pese a eso, un pilar fundamental para construir desde sus cimientos un régimen de igualdad y de progreso, una plaza virtual donde mirarnos a los ojos y reconocernos en nuestros semejantes. La libertad de expresión ha volatilizado dictaduras, ha encarcelado delincuentes, ha desenmascarado a tramposos y ha acompañado la consolidación de sistemas imperfectos, pero dispuestos a asumir y remendar sus propias contradicciones. La libertad de expresión es una de las armas principales para combatir los abusos del poder, y por eso siempre se ha llevado mal con las religiones sin que el problema fueran éstas por sí mismas, sino quienes desde el principio de los tiempos han querido instrumentalizarlas para satisfacer y dar curso a sus objetivos de control.

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Un balance

Tengo un amigo que celebra la Nochevieja bebiendo whisky y revisando, de seguido, las tres partes de El Padrino. Siempre me ha parecido un plan perfecto, pero él nunca me ha invitado a acompañarle, supongo que porque aprovecha esas cinco o seis horas que deja transcurrir a solas con la familia Corleone para hacer su íntimo y personal balance de lo que dieron de sí los doce meses del año recién sepultado. Es una tentación ésta, la de plantear el pasado más reciente como una suma de saldos vitales y morales, algo ridícula por cuanto implica separar el discurrir de la vida en unos compartimentos estancos que no dejan de resultar ficticios y que, además, ni siquiera se ajustan a la lógica con la que generalmente distribuimos nuestra rutina. No es en diciembre cuando damos por cerrado el ejercicio, sino en junio, y todos sabemos que la vida nueva comienza realmente en los alrededores de septiembre, que es cuando los departamentos de recursos humanos aceptan o rechazan los currículos, nuestros hijos regresan a la escuela y los días vuelven a adquirir esa luz cenicienta para emprender de nuevo ese eterno peregrinar de la tierra entre la claridad y las tinieblas.

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En Navidad

En plena efusión de las rebeldías juveniles, lo preceptivo es despreciar la Navidad y aprovechar cualquier ocasión para manifestar públicamente el malestar que nos invade en fechas tan señaladas. Repetir hasta la saciedad que esa maratón ininterrumpida de celebraciones que se desarrolla entre las últimas semanas de diciembre y las primeras de enero no esconde otra cosa que una estomagante y servil apología del consumismo, aseverar una y otra vez que el 24 y el 25 de diciembre son dos de esos días que la Iglesia dispone estratégicamente sobre el calendario para perpetuar por los siglos de los siglos su poder y su influencia, expresar nuestro desacuerdo con esa rancia costumbre que consiste en desear la mejor de las suertes incluso a personas que, a la hora de la verdad, ni nos van ni nos vienen. Luego, a medida que pasa el tiempo, uno se va aposentando, en parte porque ya no se siente impelido a explicar a todo el que le rodea qué posición ha decidido adoptar ante el mundo y en parte porque siempre llega un momento en el que se descubre que las cosas o bien no son tan terribles o bien pueden contemplarse desde varios prismas que arrojan luz sobre aristas que el trazo grueso rara vez consigue iluminar.

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El suspenso de don Luis

Ocurrió en la primavera de 1999. Yo estudiaba el primer curso de la carrera en Salamanca y Luis García Berlanga visitó la ciudad para participar en un ciclo de conferencias sobre cine que organizaba un periódico local. Me recuerdo atravesando barrios ignotos al terminar las clases, bajo el sol tórrido de mayo, con mi cuaderno bajo el brazo. El acto se desarrollaba en un salón de actos de la avenida de los Cipreses, en un extrarradio al que yo nunca había ido antes y en el que me estaba esperando Juan Carlos, un amigo de la facultad que vivía cerca de allí y al que no me había costado nada convencer para que me acompañara a la charla. A las razones obvias que convertían la presencia de Berlanga en un pequeño hito dentro de la modesta y muchas veces embelesada vida cultural que se desenvolvía por nuestros alrededores —ya era un clásico del séptimo arte español, ya había hecho sus mejores películas, ya había puesto su firma en largometrajes que inmortalizaban sobre el celuloide algunas de nuestras virtudes a la vez que perpetuaban todos nuestros defectos— se unía una circunstancia que la hacía aún más relevante: había anunciado que la película que estrenaría en salas comerciales unos meses después iba a ser la última, y aunque entonces nadie se creyese del todo una afirmación tan taxativa, no era desdeñable que aquel perro viejo, sabio y desencantado, estuviese diciendo la verdad.

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Cuando vengas a Madrid

Madrid, desde la lejanía, podía ser tanto un chotis de Agustín Lara como un verso de Sabina, un artículo de Umbral o media novela de Galdós, una secuencia epifánica de El día de la bestia o cualquier delirio de Almodóvar. La llegada a Madrid, o su relato, se ha hecho tan tópica y socorrida que casi constituye en sí misma un género literario, una suerte de tradición subterránea o paralela en la que confluyen voces y latitudes ancladas en todas las orillas peninsulares, por más que ya no se lleve eso de tener que irse a Madrid para ser alguien y la Gran Vía cada vez esté más lejos de ser aquel Broadway castizo y cañí que pintaban las viejas crónicas para ir convirtiéndose en una sucursal prêt-à-porter de cualquier otra gran calle comercial del orbe. Y pese a todo, qué importante es llegar a Madrid cuando uno no ha llegado nunca antes y empieza a percibir el crecimiento, al otro lado de la ventanilla, de los mastodónticos edificios que salen a su paso. Qué fundamental aprehender el significado verdadero de la soledad al poner el pie en los andenes de las estaciones de tren de Atocha o Chamartín, o en la de autobuses de Méndez Álvaro, y constatar que no hay allí nadie esperándole. Qué crucial ese primer paseo con la maleta a cuestas, ese andar que es a la vez atrevido y temeroso por esas aceras inmensas por las que no deja de pasar gente que ni nos ve ni nos mira, personas para las que somos exactamente lo mismo que ellas son para nosotros: meras gotas de agua en el epicentro de un océano oscuro y proceloso.

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