Un balance

Tengo un amigo que celebra la Nochevieja bebiendo whisky y revisando, de seguido, las tres partes de El Padrino. Siempre me ha parecido un plan perfecto, pero él nunca me ha invitado a acompañarle, supongo que porque aprovecha esas cinco o seis horas que deja transcurrir a solas con la familia Corleone para hacer su íntimo y personal balance de lo que dieron de sí los doce meses del año recién sepultado. Es una tentación ésta, la de plantear el pasado más reciente como una suma de saldos vitales y morales, algo ridícula por cuanto implica separar el discurrir de la vida en unos compartimentos estancos que no dejan de resultar ficticios y que, además, ni siquiera se ajustan a la lógica con la que generalmente distribuimos nuestra rutina. No es en diciembre cuando damos por cerrado el ejercicio, sino en junio, y todos sabemos que la vida nueva comienza realmente en los alrededores de septiembre, que es cuando los departamentos de recursos humanos aceptan o rechazan los currículos, nuestros hijos regresan a la escuela y los días vuelven a adquirir esa luz cenicienta para emprender de nuevo ese eterno peregrinar de la tierra entre la claridad y las tinieblas.

En lo que a mí respecta, 2014 permanecerá en mi recuerdo como el año en el que me quedé sin mi abuela —la única que, por desgracia, conservaba— y también, pero en un plano más secundario, como el periodo en el que por fin di por concluido un libro que  verá la luz dentro de poco. Me reencontré en Toledo con toda la inmensidad de El Greco y volví a pasear por esa Barcelona que tanto me gusta y que procura evitar las kilométricas colas de turistas y los sucesivos aquelarres instaurados por quienes tuvieron la brillante idea de convertir en pandemónium lo que fue la avanzadilla de Europa en España cuando ambas estaban aún muy lejos. También repasé, dos veranos después de haberlo descubierto, el perfil irregular de la Costa Brava —tan hermosa o tan ajada según quién estuviera al mando en cada momento—, vislumbré lo que tuvo que ser la crudeza del exilio en las calles rojizas de Toulouse y me asomé a los paisajes heréticos de los cátaros en la comarca del Languedoc. He conocido a personas a las que admiraba en la distancia y a otras de las que no tenía noticia y a las que terminé admirando igualmente. También se han dado, como ocurre siempre, casos drásticamente contrarios. Reanudé en Madrid hace unos días lo que mi interlocutor, con mucha gracia y más acierto, califica como una conversación intermitente y cuya última entrega se hará pública en unos días. He escrito algo, bastante, y he leído mucho más, e igual que le ocurría a Borges me enorgullezco de lo segundo mientras surgen dudas respecto a lo primero. Siguen estando ahí los amigos de siempre, y alguno incluso ha sabido redoblar presencia y bríos desde el otro lado del océano. También hay gente que se ha alejado, ignoro si por su culpa o por la mía, y sólo queda averiguar si el futuro termina de separarnos o nos reúne de nuevo, quién sabe en qué momento y en qué lugar. No he dejado de fumar, pese a los esfuerzos de mi hermano, y con algo de aprensión he tenido que quitar la L del cristal trasero del coche para cumplir con una ley que no ha sabido tener en cuenta mi impericia. Es probable que haya engordado algunos kilos. Es seguro que en el poco pelo que conservo ha brotado alguna cana.

Hace unos días comprobé que existe una aplicación en una red social que utiliza no sé qué algoritmo para plantar delante de cada usuario un resumen virtual del año que termina. No llegué a ponerla en marcha, pero imagino que no habría sabido condensar nada de lo que he incluido en el párrafo anterior, sucesos banales e intrascendentes en muchos casos y tópicos o consabidos en la mayoría, pero que fueron, al fin y al cabo, los que me hicieron girar sobre su eje. Las máquinas, aunque nos hagan creer lo contrario, no saben de nuestra vida más de lo que nosotros queremos contarles, y puede que la memoria de los ordenadores aventaje a la nuestra en lo cuantitativo, pero rara vez podrá tener en cuenta los parámetros con que nosotros jerarquizamos nuestras propias vivencias. En cualquier caso, balances como éste, que nunca van a ningún sitio y cuya única utilidad radica en evacuar demonios para iniciar el 1 de enero libres de polvo y paja, dentro de las correspondientes posibilidades, uno sólo puede plantearlos con comodidad si los formula en silencio o si, llegado el caso, tiene ante sí a un Vito Corleone urgiéndole a ajustar cuentas antes de enfrentarse, una vez más, al desgarro brutal de la intemperie.

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2 respuestas a Un balance

  1. Rocío dijo:

    Como siempre, exquisita reflexión. Feliz año por estrenar, compañero.

  2. Víctor dijo:

    Fantástico resumen. Ahora, a esperar que ese nuevo libro salga del horno

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