En Navidad

En plena efusión de las rebeldías juveniles, lo preceptivo es despreciar la Navidad y aprovechar cualquier ocasión para manifestar públicamente el malestar que nos invade en fechas tan señaladas. Repetir hasta la saciedad que esa maratón ininterrumpida de celebraciones que se desarrolla entre las últimas semanas de diciembre y las primeras de enero no esconde otra cosa que una estomagante y servil apología del consumismo, aseverar una y otra vez que el 24 y el 25 de diciembre son dos de esos días que la Iglesia dispone estratégicamente sobre el calendario para perpetuar por los siglos de los siglos su poder y su influencia, expresar nuestro desacuerdo con esa rancia costumbre que consiste en desear la mejor de las suertes incluso a personas que, a la hora de la verdad, ni nos van ni nos vienen. Luego, a medida que pasa el tiempo, uno se va aposentando, en parte porque ya no se siente impelido a explicar a todo el que le rodea qué posición ha decidido adoptar ante el mundo y en parte porque siempre llega un momento en el que se descubre que las cosas o bien no son tan terribles o bien pueden contemplarse desde varios prismas que arrojan luz sobre aristas que el trazo grueso rara vez consigue iluminar.

Evidentemente, el hecho de no profesar ninguna fe impide que comparta el lado trascendente de las fiestas —me refiero a los estándares puramente canónicos—, pero no es ésa una razón suficiente para echar por tierra unas jornadas que suelo aprovechar para estar con la familia y en las que casi siempre acabo coincidiendo con amigos próximos o lejanos con los que muy raramente me tropiezo el resto del año. En Navidad, ya se sabe —lo cantaban con melodía pegadiza en aquellos viejos anuncios de los turrones El Almendro—, la gente vuelve a casa, y las calles de mi pueblo, por lo general vacías y tristonas, vuelven a llenarse de esas caras que son a la vez nuevas y viejas y en las que nos vamos reconociendo todos los que regresamos a él con ocasión del natalicio cristiano, la despedida del año o la llegada de Sus Majestades de Oriente. Sería ya suficiente motivo para no desdeñar estas celebraciones de las que también hay cosas que me agradan poco o nada —la constatación de las ausencias que año tras año se van dando en la mesa, las aglomeraciones en tiendas y centros comerciales, la obligación de comer cuanto más mejor y a toda costa, el peligro de que algunos entiendan que la caridad condensada en unos pocos días les permitirá postergar sus obligaciones morales y cívicas en cuanto llegue el 7 de enero— y cuyos hitos litúrgicos son lo suficientemente discretos como para pasar sin hacer mella (belenes, misa del gallo) o acumulan a su alrededor tal consenso (pienso ahora en la cabalgata de Reyes) que ni los más recalcitrantes o furibundos alcanzan a ir contra ellos. Sin embargo, lo que me reconcilia con la Navidad es que probablemente sin ella no podría disfrutar de algunas cosas que me gustan mucho y que, en cierto modo, son lo que son gracias a ella. Sin Navidad no habría pintado El Greco su portentosa Adoración de los pastores —ese lienzo que el buen Domenikos compuso para que presidiera su propio enterramiento en la iglesia de Santo Domingo el Antiguo, en Toledo, y que se conserva hoy en el Museo del Prado— ni habríamos sabido de los problemas padecidos por el protagonista de Plácido para conseguir el dinero que le permitiera hacer frente al pago de la correspondiente letra de su motocarro. Sin Navidad tendría menos sentido el contragénesis que pergeñó Álex de la Iglesia en El día de la bestia, ni se instalaría en la Plaza Mayor de Madrid el mercadillo por cuyas casetas se pierde el niño Chencho en aquella secuencia memorable de La gran familia. Sin Navidad no habría escrito Federico García Lorca los versos de «Nacimiento de Cristo», ni Gloria Fuertes los de «El camello cojito» ni aquellos otros del niño en el portal que nació en la portería. Y sin la Navidad no existirían dos obras que suelo revisar a estas alturas del año debido a que la carne es débil y no está de más reincidir de cuando en cuando en ciertos tópicos. Son ¡Qué bello es vivir!, de Frank Capra, y la Canción de Navidad de Charles Dickens. Una película y un libro con los que algunos quieren ejemplificar el perfecto non plus ultra de esa ñoñería a la que tan propensas son estas épocas, pero que constituyen dos narraciones mayúsculas erigidas alrededor de las grandezas y miserias de la especie humana, en un caso a partir del dolor azaroso y fortuito que se le inflige a una alma cándida, el bueno de George Bailey, y en el otro mediante la redención de un perfecto miserable, el malvado Ebenezer Scrooge, a quien tres espíritus obligan a revisar su ignominiosa biografía. Ambas historias tienen esa sencilla grandeza que convierte a los relatos en imperecederos. En las dos brilla la evidencia de que ni siquiera el mejor de los finales puede difuminar los ecos de esa amargura que se les queda a quienes han visto con sus propios ojos el verdadero rostro del mal. Una y otra consiguen que estas fiestas que les sirvieron de excusa propiciatoria se me hagan a mí más llevaderas, y que incluso las mire con simpatía cada vez que se avecinan los estertores del año y va apareciendo su premonición en lontananza.

quebelloesvivir

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s