El suspenso de don Luis

Ocurrió en la primavera de 1999. Yo estudiaba el primer curso de la carrera en Salamanca y Luis García Berlanga visitó la ciudad para participar en un ciclo de conferencias sobre cine que organizaba un periódico local. Me recuerdo atravesando barrios ignotos al terminar las clases, bajo el sol tórrido de mayo, con mi cuaderno bajo el brazo. El acto se desarrollaba en un salón de actos de la avenida de los Cipreses, en un extrarradio al que yo nunca había ido antes y en el que me estaba esperando Juan Carlos, un amigo de la facultad que vivía cerca de allí y al que no me había costado nada convencer para que me acompañara a la charla. A las razones obvias que convertían la presencia de Berlanga en un pequeño hito dentro de la modesta y muchas veces embelesada vida cultural que se desenvolvía por nuestros alrededores —ya era un clásico del séptimo arte español, ya había hecho sus mejores películas, ya había puesto su firma en largometrajes que inmortalizaban sobre el celuloide algunas de nuestras virtudes a la vez que perpetuaban todos nuestros defectos— se unía una circunstancia que la hacía aún más relevante: había anunciado que la película que estrenaría en salas comerciales unos meses después iba a ser la última, y aunque entonces nadie se creyese del todo una afirmación tan taxativa, no era desdeñable que aquel perro viejo, sabio y desencantado, estuviese diciendo la verdad.

Todo consistió en un diálogo que Berlanga mantuvo con un hombre también mayor, debían de andar por la misma edad, del que no recuerdo ni el nombre ni el currículo, pero sí una erudición envidiable que a lo largo de casi dos horas condujo la conversación por territorios que iban de las famosas Conversaciones de Salamanca a las influencias berlanguianas en la obra de los últimos cineastas españoles del momento. Ambos, entrevistador y entrevistado, empezaban a ver cómo flaqueaba su memoria, y de vez en cuando la charla compartida encallaba en lagunas de las que conseguían salir con una mezcla de humor y fingido desinterés que hicieron de aquélla una velada francamente divertida. Durante todo el acto, Berlanga insistió: quería que quienes nos encontrábamos entre el público le hiciéramos todas las preguntas que pudieran suscitarnos sus películas. Cuando se abrió el turno, se alzaron un montón de manos entre los allí presentes y, uno a uno, el venerable director fue respondiendo con entusiasmo y educación a cuantas cuestiones se le plantearon, a la vez que animaba a la concurrencia a que no dejásemos de preguntar todo lo que se nos pasase por la cabeza. Desde mi asiento en la segunda fila, y desde la timidez de mis dieciocho años, yo no dejaba de envidiar a quienes tenían el coraje de explicarle al genio, cara a cara, la importancia que su obra había tenido en sus vidas. Pensé que podía ponerme en pie yo también y hablarle de la noche en que mi padre me sentó en el salón para ver juntos La escopeta nacional, evocar en voz alta las risas de aquella tarde de sábado en el cine con mi abuelo viendo Moros y cristianos, preguntarle por qué se calificaba de comedia un filme como Plácido —que a mí más que risa me provocaba un ronroneo peludo en el estómago— o indagar en las razones que llevaban al verdugo a obedecer el mandato de los guardias civiles en la célebre escena de las cuevas, en vez de aprovechar la penumbra para evadirse y evitar de ese modo los designios de su oficio desdichado. Podía haber dicho algo de todo eso, pero no dije nada porque era el más joven de la sala —mi amigo Juan Carlos, que estaba a mi lado y que creo recordar que sí que dijo algo, me sacaba cinco o seis años— y porque temía quedar en ridículo ante todos aquellos espectadores que al menos a mí me parecieron verdaderos expertos en los vericuetos berlanguianos. Sí me atreví, cuando finalizó el acto, a acercarme al director con mi libreta de estudiante bajo el brazo para preguntarle, en voz baja y con las mejillas coloreadas por el rubor, si era tan amable de firmarme un autógrafo. «¿Tú me has preguntado algo?», dijo. «No», respondí totalmente avergonzado. Él me miró de arriba abajo, reparó en mi libreta y preguntó: «¿Eres estudiante?». «Sí», admití barruntando lo que intuí que habría de venir, y de hecho vino, a continuación. «¿Y qué estudias?», prosiguió con ese ensañamiento inofensivo con que un abuelo puede enmendar la plana a su nieto díscolo. «Periodismo», desvelé con un tenue hilo de voz. «¡Pero bueno!», clamó él elevando sus manos hacia el techo en un cómico ademán que atrajo hacia nosotros las miradas de quienes remoloneaban para no abandonar la sala sin intercambiar unas palabras privadas con el maestro, «¿estudias para periodista y vas y no me preguntas nada?, ¿cómo es eso posible?, no puede ser, no puede ser, voy a tener que suspenderte». Dicho y hecho, cogió mi libreta, buscó una hoja en blanco, me pidió que le dijera mi nombre y, con un bolígrafo que yo mismo le tendí, escribió: «Para Miguel, un suspenso por no haberme preguntado nada». Luego, mientras me despedía con un apretón de manos, dijo: «Espero que la próxima vez que nos veamos sí que me preguntes algo». Cuando unos meses después vi en el cine París-Tombuctú, pensé que, de tener la oportunidad, le preguntaría por aquella frase, «Tengo miedo», que despedía el largometraje escrita a tiza sobre la silueta negruzca de un toro de Osborne. No pudo ser, porque no volvimos a vernos. Tampoco llegué a decirle, en consecuencia, que aquel suspenso suyo fue, con mucha diferencia, el que más me dolió de todos los que acumulé en mi etapa universitaria.

Luis-García-Berlanga

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