Una placa en Atocha

Vi la placa por casualidad hace unos meses, mientras descendíamos la calle de Atocha en busca del Museo del Prado. Aunque está donde ocurrió todo, junto al portal número 55, los encargados de instalarla la pusieron a cierta altura, y supongo que eso hace que pase inadvertida para la mayoría de quienes, ajenos a onomásticas y evocaciones históricas, transitan por las aceras madrileñas sin otra vocación que la de perseverar en sus quehaceres diarios. La inscripción recoge los nombres de las víctimas —Enrique Valdevira Ibáñez, Luis Javier Benavides Orgaz, Francisco Javier Sauquillo Pérez del Arco, Serafín Holgado y Ángel Rodríguez Leal— junto con un breve resumen de los trágicos acontecimientos que, pese a haber sido suficientemente relatados, cada vez se van enterrando más y más en el olvido. En el tercer piso de ese inmueble, hubo en 1977 un despacho de abogados laboralistas. La noche del 24 de enero de ese año entraron en él dos pistoleros de extrema derecha y dispararon a todos los que encontraron dentro: fallecieron cinco personas, aquéllas cuyos nombres ocupan la placa, y resultaron heridas otras cuatro.

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El ministro y la costurera

La historia la cuenta muy bien Enrique Arenas en el periódico de hoy, pero su contenido y sus detalles son tan sustanciosos que no me resisto a glosarla. Empezó en Gijón el 23 de agosto de 2014, cuando Rodrigo Rato —exministro de Economía, exdirector gerente del FMI y expresidente de Caja Madrid primero y de Bankia después— acudió a un taller de costura del barrio de La Arena para remendar dos viejos cojines que andaban por casa hechos un trapo. Aunque en principio no le convenció el precio, terminó dejando allí los almohadones y la dueña del establecimiento, creyendo que al prohombre le urgía tenerlos en perfecto estado de revista, se apresuró a cumplir el encargo. Sin embargo, ni ese día ni los siguientes acudió el prócer a buscarlos, y tras pasar varios meses sin tener noticias de su cliente la costurera acabó donándolos a Cáritas por entender que mejor servicio hacían ofreciendo un punto de apoyo a los necesitados que ocupando espacio en su taller. Esto ocurrió el 23 de diciembre, cinco días antes —ya es casualidad— de que Rato se pasara por allí a recoger lo que era suyo y se llevase un cabreo de mil demonios tras conocer el inesperado paradero de sus queridos almohadones. «Son unos cojines de gran valor, hechos con alfombras turcas, y su recuperación es imprescindible», dijo el despechado exministro a la atemorizada zurcidora, que intentó sacarse el marrón de encima sin mucho éxito: en las horas siguientes, el mismísimo Rato la telefoneó hasta cuatro veces exigiendo recuperar lo que era suyo y amenazando con interponer una demanda en caso de que su petición no se cumpliese, y no contento con eso hasta se desplazó al local de Cáritas para reclamar el material. La costurera, atónita, intentaba hacer memoria, pero no conseguía recordar ninguna singularidad que motivara tan agresivo comportamiento: «cuando trabajé con ellos miré un poco en el interior, pero sólo vi el relleno de espuma; eso sí, pesaban mucho».

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El tiempo de las nieves

Aquella mañana despertamos y la ciudad nos recibió con una nevada homérica. Nos encaminamos hacia el instituto, pero no llegamos a entrar porque se había decretado una huelga. Los del sindicato de estudiantes eran así: convocaban sus reivindicaciones sobre el terreno, según les atacaba la inspiración en la breve distancia que mediaba entre su casa y las aulas, sin advertencias previas, y era el azar quien se encargaba de que esas algaradas matutinas coincidiesen con las previas de algún partido de fútbol o determinadas incidencias del clima. Normalmente la cosa funcionaba de este modo: llegábamos ante las verjas del insti y veíamos allí a cientos de pimpollos exactamente iguales a nosotros que, en un silencio tenso, aguardaban la consabida escena en la que el director se aproximaba hasta nuestras posiciones para pedir que hiciésemos el favor de recuperar la cordura; luego, comenzaba a expandirse un rumor sordo cuya procedencia exacta nadie era capaz de adivinar (algo así como un «uh, uh, uh, uh») y algún neobolchevique precoz se sentía legitimado para tomar la palabra y decir que aquello era una mierda (sin llegar a detallar nunca qué era «aquello») y que nosotros no íbamos a ser jamás parte del juego (sin especificar a qué «juego» se refería, ni cuáles eran sus reglas). El director hacía un par de gestos medio grandilocuentes, comprobaba que su poder de convicción era bastante inferior al del inopinado y efímero líder de masas y se daba la vuelta con un aquél de «por mí que os vayan dando» tras el cual nos dispersábamos para protestar según a cada cual le diera el entendimiento, que casi siempre era tomando un café en la planta baja de El Desván y apuntándonos después a la primera timba de futbolines que se armara en la sala de juegos más cercana. Esto es así: quien no haya faltado al menos una docena de veces a clase amparándose en el santo derecho a reivindicar causas ignoradas, pero impostergables, no puede decir que ha estudiado en la pública.

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Las opiniones

Se ha dado siempre, pero el fenómeno viene adquiriendo mayor notoriedad desde que las redes sociales han irrumpido en nuestras vidas. Uno expone una opinión o un dictamen entre las personas más o menos próximas y, si obtiene un refrendo mayoritario, entenderá no sólo que su juicio es acertado, sino que también lo serán aquéllos que vaya emitiendo después, como si su nombre se convirtiese en un argumento de autoridad por sí mismo y el haber sido aplaudido o apoyado en un determinado contexto haya de convertirse en algo extrapolable al jamás de los jamases. Willy Toledo, que es o era un buen actor —a mí me hicieron especial gracia sus interpretaciones en Alejandro y Ana, aquel estupendo montaje con el que Animalario satirizó el bodorrio aznarita en la solemnidad escurialense—, dio el paso al frente y se ubicó en primera línea del análisis político cuando este país volvió a posicionarse, después de mucho tiempo, y la gran mayoría estuvimos de acuerdo en que no era atinada la reforma del subsidio de desempleo, el naufragio del Prestige se estaba gestionando rematadamente mal y había razones fundadas de que ni en Iraq conspiraban células yihadistas ni se escondían por allí depósitos de armas de destrucción masiva. En aquel momento Toledo dio su opinión, y su opinión coincidió con la de muchos, y se le aplaudió y se le elogió y se ponderó su decisión de posicionarse en el escenario público además de sobre las tablas de los teatros. Y posiblemente embriagado por ese aplauso atronador, acaso mucho más sonoro que los que hasta entonces había cosechado gracias a su carrera, pensó que su palabra, por ser suya, tenía un valor especial, y que cuanto decía, por el mero hecho de ser dicho, alcanzaría un rango de verdad incontestable.

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Joaquín Bilbao, fotógrafo

Creo que fue José Luis Alvite quien escribió que el fotógrafo es la única pareja con la que un periodista tiene la certeza de que jamás acabará a las puertas del juzgado. Sin estar tan dotado para la metáfora, yo sólo puedo decir que no sabría ni la mitad de lo que sé de periodismo si no hubiera tenido la suerte de trabajar junto a un puñado de profesionales que siempre supieron en qué momento exacto debían pulsar el disparador de su cámara: seres libérrimos y montaraces, fauna autóctona con ecosistema propio en el siempre convulso microclima de las redacciones, que me dieron consejos muy útiles y me aportaron información valiosísima para procurar apartar de mi camino a los idiotas. Joaquín Bilbao fue uno de ellos, y por eso se me indigestó la sobremesa hace unas horas, al abrir la prensa digital y verme obligado a tragar la inverosímil noticia de su muerte. No es ya que los cincuenta y cinco años no sean edad para irse al otro barrio, es que uno nunca espera que la guadaña venga a cebarse con quien siempre pareció estar en posesión de todas las claves para evitar el mal fario.

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