Joaquín Bilbao, fotógrafo

Creo que fue José Luis Alvite quien escribió que el fotógrafo es la única pareja con la que un periodista tiene la certeza de que jamás acabará a las puertas del juzgado. Sin estar tan dotado para la metáfora, yo sólo puedo decir que no sabría ni la mitad de lo que sé de periodismo si no hubiera tenido la suerte de trabajar junto a un puñado de profesionales que siempre supieron en qué momento exacto debían pulsar el disparador de su cámara: seres libérrimos y montaraces, fauna autóctona con ecosistema propio en el siempre convulso microclima de las redacciones, que me dieron consejos muy útiles y me aportaron información valiosísima para procurar apartar de mi camino a los idiotas. Joaquín Bilbao fue uno de ellos, y por eso se me indigestó la sobremesa hace unas horas, al abrir la prensa digital y verme obligado a tragar la inverosímil noticia de su muerte. No es ya que los cincuenta y cinco años no sean edad para irse al otro barrio, es que uno nunca espera que la guadaña venga a cebarse con quien siempre pareció estar en posesión de todas las claves para evitar el mal fario.

Yo conocía a Joaquín Bilbao, fotógrafo de El Comercio, antes de convertirme en redactor de El Comercio. Era imposible no conocerle si uno andaba por Gijón y tenía el objetivo más o menos afianzado de acabar dedicándose a esto. Estaba gordo como un balón de Nivea —siempre se lo decía, y él siempre respondía dándome una colleja—, pero cabalgaba su moto con una soltura que para sí hubieran querido los más avezados vaqueros del far west, y sobre ella atravesaba la ciudad de punta a punta en pos de cualquier cosa que mereciera ser retratada por su objetivo. Había trabajado en el mundo de la noche, tenía más calle que el Street View y estaba dotado de una pericia singular para distinguir, sin apenas margen de error, a un sabio de un perfecto vendehúmos. Me parece que hablamos por primera vez en agosto de 2002, una tarde en que nos encomendaron la misma misión desde trincheras opuestas: perseguir por el hipódromo a una famosa de medio pelo que por aquellas fechas andaba liada con el jinete de turno. Nos recuerdo a ambos, uno junto al otro, apoyados en una barandilla de madera y viendo cómo los caballos daban vueltas y más vueltas para no llegar a ningún lado. «Los deportes de ricos son aburridísimos», me dijo, «estás mirando horas y horas y tienes la impresión de que nunca pasa nada». Unos minutos después tomábamos una cerveza en la terraza del complejo ecuestre, desentendidos de la seudodiva y del encargo de nuestros jefes, de quienes decidimos que no nos pagaban lo suficiente como para andar aguantando aquel coñazo a esas alturas del verano. No sabíamos que un año después acabaríamos en el mismo bando y que tendríamos que plantar cara juntos a los encargos más pintorescos. Tampoco que compartiríamos muchas más charlas que no voy a desmenuzar aquí porque hay contratos de confidencialidad que ni siquiera expiran con la desaparición de uno de los firmantes. Sí quiero decir que la entrada de Bilbao en la redacción a última hora de la tarde, con su proverbial derroche de «caris», «hijoputas» y «¿cómo era aquello que me habías pedido?», suponía un vendaval de aire fresco en esos momentos en los que la rotativa comenzaba a reclamar su turno en la partida y las prisas y los gritos elevaban la tensión hasta cumbres en las que apenas quedaba hueco para una migaja de oxígeno.

Los fotógrafos de prensa suelen referirse a nosotros, los redactores, con el término jovialmente despectivo de «plumillas». Nos achacan, y con razón, una prepotencia que me temo que no nos sabremos curar nunca y cuya razón no deja de ser un mero infundio: no tenemos en cuenta que una buena foto puede salvar una mala crónica, como no solemos reparar en que son las imágenes que ellos toman, y no las palabras que nosotros escribimos, las que al día siguiente permitirán que los lectores se hagan una idea cabal de aquello que nosotros contamos, en algunos casos sólo a medias. Yo dejé de tratar asiduamente a Bilbao cuando me fui de El Comercio, pero seguí viéndole por la calle porque era imposible no cruzárselo. Tuvo un accidente de tráfico y, cuando volvió a surcar el callejero en busca de la noticia, me lo encontré tan delgado que no le conocía. «Estás hecho un figurín», le dije en una ocasión en que me lo tropecé esperando a no sé quién en una esquina de Corrida. «Ya ves, hijoputa, decidí regalarte a ti los kilos que me sobraban». Solía verle de lejos los domingos, en El Molinón, cuando el Sporting aún no había saltado al césped y yo ya ocupaba mi localidad en la tribuna y él caminaba con el trípode al hombro por la banda, desde la caseta de los vestuarios hasta el banderín de córner. «Ahí va Bilbao», pensaba, y eso era estupendo porque quería decir que las cosas seguían estando igual que habían estado siempre. No voy a glosar aquí las virtudes de su trabajo porque es una tontería: queda a la vista de todos en las páginas del periódico en el que trabajó, en el totum revolutum de Internet y en la memoria venerable de las hemerotecas. Sí quiero referir una anécdota que explica, mejor que ninguna otra exégesis, por qué Joaquín Bilbao era un profesional mayúsculo. Sucedió en el verano de 2004, si la memoria no me falla. Nos llamó a la redacción para contarnos que un enfermo mental acababa de degollar a un niño en el parque de Isabel la Católica. Él se enteró porque volvía en moto de hacer una de sus fotos cuando se cruzó con dos coches de la policía que iban a toda mecha y, fiel a su olfato periodístico de perro viejo, decidió seguirlos. Se encontró cara a cara con una escena terrible: el pequeño, de cinco años, yacía en el suelo cubierto de sangre; sus familiares, a un lado, se deshacían en lágrimas sin contención ni consuelo; los agentes y los sanitarios, con el corazón en un puño y el estómago encogido, se pusieron de inmediato a hacer su trabajo, pero ya era demasiado tarde para todo. El niño se murió ante los ojos de unos y de otros. También ante los de Bilbao, que desde una esquina apartada y en silencio, sin molestar a nadie, disparó unas cuantas fotos antes de regresar al periódico. Cuando llegó a la redacción, se sentó en su ordenador y comenzó a descargar el material con una tranquilidad inaudita. Me puse tras él y vi cómo se ocupaba de descartar las estampas más escabrosas para evitar que ningún redactor ni ningún jefe sucumbieran al verlas a la tentación del morbo. Eligió aquéllas que juzgó más respetuosas (y, verdaderamente, lo eran), las envió al servidor y después se acercó a la compañera que estaba escribiendo la crónica para relatarle lo sucedido con la misma impasibilidad de quien enumera lo que cenó el día anterior o explica las vicisitudes de un trámite legal. En aquella época aún no había entrado en vigor la ley antitabaco, pero El Comercio no permitía fumar en la redacción y se había habilitado una pequeña sala anexa para que los adictos pudiésemos dar rienda suelta a nuestro vicio. Yo estaba allí fumando cuando le vi entrar, una vez narrada punto por punto su trágica odisea al redactor-jefe, al subdirector y a la redactora correspondiente. Cerró la puerta a sus espaldas, se sentó en una banqueta y, en ese instante en el que nadie más que yo podía verle, rompió a llorar con tanta ferocidad que daba la impresión de que sus lágrimas contenían toda la tristeza del mundo.  Una tristeza similar a la que me embargó a mí esta tarde, cuando me enteré de que acababa de morirse el señor Joaquín Bilbao, fotógrafo.

Bilbao-ucha
Foto: Paloma Ucha / El Comercio

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5 respuestas a Joaquín Bilbao, fotógrafo

  1. Sergio Vega dijo:

    Gracias por este escrito, me emociona y creo que es un precioso pésame a todos los que sentimos la desaparición de Bilbao. Hoy las calles de Gijon notan la falta de su moto.

  2. Jorge Peteiro dijo:

    Muchas gracias por dedicar este espacio y ese cariño para recordar a Bilbao. Se merece todo reconocimiento.

  3. Aurelio Flórez dijo:

    Graciqs Miguel

  4. Maria Jesus dijo:

    Hola soy María Jesús,la hija mayor de Bilbao. Muchísimas gracias por estas palabras tan emotivas y cariñosas hacia mi padre,me han echo romperme a llorar…es precioso. MUCHISIMAS GRACIAS en nombre de su familia, un abrazo!!

  5. miguelbarrero dijo:

    Gracias a ti, María Jesús. Tu padre se merece esto y más.

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