El ministro y la costurera

La historia la cuenta muy bien Enrique Arenas en el periódico de hoy, pero su contenido y sus detalles son tan sustanciosos que no me resisto a glosarla. Empezó en Gijón el 23 de agosto de 2014, cuando Rodrigo Rato —exministro de Economía, exdirector gerente del FMI y expresidente de Caja Madrid primero y de Bankia después— acudió a un taller de costura del barrio de La Arena para remendar dos viejos cojines que andaban por casa hechos un trapo. Aunque en principio no le convenció el precio, terminó dejando allí los almohadones y la dueña del establecimiento, creyendo que al prohombre le urgía tenerlos en perfecto estado de revista, se apresuró a cumplir el encargo. Sin embargo, ni ese día ni los siguientes acudió el prócer a buscarlos, y tras pasar varios meses sin tener noticias de su cliente la costurera acabó donándolos a Cáritas por entender que mejor servicio hacían ofreciendo un punto de apoyo a los necesitados que ocupando espacio en su taller. Esto ocurrió el 23 de diciembre, cinco días antes —ya es casualidad— de que Rato se pasara por allí a recoger lo que era suyo y se llevase un cabreo de mil demonios tras conocer el inesperado paradero de sus queridos almohadones. «Son unos cojines de gran valor, hechos con alfombras turcas, y su recuperación es imprescindible», dijo el despechado exministro a la atemorizada zurcidora, que intentó sacarse el marrón de encima sin mucho éxito: en las horas siguientes, el mismísimo Rato la telefoneó hasta cuatro veces exigiendo recuperar lo que era suyo y amenazando con interponer una demanda en caso de que su petición no se cumpliese, y no contento con eso hasta se desplazó al local de Cáritas para reclamar el material. La costurera, atónita, intentaba hacer memoria, pero no conseguía recordar ninguna singularidad que motivara tan agresivo comportamiento: «cuando trabajé con ellos miré un poco en el interior, pero sólo vi el relleno de espuma; eso sí, pesaban mucho».

Yo recuerdo, estaba allí, que las visitas de Rodrigo Rato a Gijón eran tratadas en los medios con gran derroche de espacio y afecto. Con él, como con su entonces compañero de fatigas Francisco Álvarez-Cascos, ocurrió algo de lo que muchos tuvieron que arrepentirse luego: se les fue tejiendo un traje a medida tan exacto en su percha, tan lucido en sus remates, tan primoroso en su acabado, que cuando la magia se hubo extinguido resultó muy duro explicar, como si no hubiese pasado nada, que en realidad el emperador siempre había caminado desnudo. Rato llegaba en agosto a Gijón y era el verdadero rey del mambo, el no va más del postureo, las segundas nupcias que cualquier madre entrada en años deseaba para su hija divorciada: se paseaba entre vítores por la Feria de Muestras, iba a bañarse a las piscinas del Club de Regatas para recibir el aplauso de sus compañeros de élite y se dejaba fotografiar en el coqueto porche de la casa familiar que acabó vendiendo para que se erigiera en el solar un hotel de la cadena Abba. No tengo ni idea de dónde reside ahora cada vez que vuelve a la ciudad de donde procedía su familia, pero me ha sorprendido que el guión de esta historia le pillara buscando un taller de costura por las calles de La Arena, un barrio feo a rabiar con el que el desarrollismo destrozó para siempre el perfil marítimo de la ciudad y en el que mis amigos y yo pasamos largas horas de nuestra postadolescencia navegando entre ofertas de cubalibres a dos euros el litro y haciendo comentarios procaces ante los escaparates de los sex shop. No deja de ser noticia, en ese aspecto, el solo hecho de que distrito tan menesteroso acoja los pasos perdidos de un exprohombre, ni que de entre todos los talleres de costura de la ciudad eligiese precisamente el de esa joven profesional que, según se dice, tiempo atrás había llegado a trabajar como administrativa en un Ministerio y a la que no le deben de ir muy bien las cosas en estos tiempos tan rastreros. Me conmueve especialmente la secuencia del encuentro entre la joven costurera y el viejo político curtido en mil desfalcos y cómo éste se escandaliza, a priori, con el precio que ella le piensa cobrar por su trabajo. «‘Son veinte euros’, le dije, y le pareció caro», explicaba atónita la chica. Uno se imagina a Rodrigo Rato (que lo fue todo en España y en el FMI, que dicen que se lo llevó crudo en Bankia con las famosas tarjetas opacas, que se acostumbró a cobrar a lo largo de su vida sueldos millonarios) negociando precios en un lugar tan desprovisto de glamour como es un mostrador de zurcidos y lo supone alicaído, melancólico, vulnerable, atribulado al descender al mundo real desde su rutilante pedestal de los buenos tiempos en los que todo era gratis y, cuando no se invitaba, se tiraba de presupuestos generales. Preguntándose qué hace un chico como él, que llegó a ser toda una starlette del olimpo financiero-mediático, perdiendo caché en un sitio como ése. No deja de parecerse al principio de una comedia romántica, o de alguna de esas películas de Disney en las que el príncipe azul es un soplapollas con galones al que la cenicienta de turno termina bajando los humos con una sobredosis de realidad. Aún no se sabe cuál es el final de esta historia del exministro y la costurera. Puede que termine en boda, como reclamaría cualquier guionista aventajado de Hollywood, y que ambos cierren el telón paseando por la bahía de San Lorenzo, cogidos de la mano y canturreando un du-duádu-duá antes de dar paso a los títulos de crédito. Puede que no ocurra nada de eso y que nunca sepamos si en el interior de esos cojines Rato escondía el rosario de su madre, las joyas de la tía o algún secreto de Estado que se le hubiese quedado perdido por el salón de té de casa. Sin embargo, nos quedarán siempre las palabras con que la buena mujer describe ante la prensa el aspecto de los dos cojines de Rodrigo: «Eran muy grandes. Cada uno medía más de un metro de alto y medio metro de largo. Eran como alfombras turcas cosidas y rellenas, horrorosos y muy sucios. Los metí en bolsas de plástico porque pensé que podían tener bichos». Si en estas palabras no late el arranque de una hermosa historia de amor, es que definitivamente el mundo no vale la pena.

rato

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