500 noches

Uno comprueba que se hace mayor cuando, ante determinadas cosas, adopta una impasibilidad que habría resultado inaudita apenas una década atrás. Me enteré el otro día de que Joaquín Sabina estaba a punto de sacar un nuevo disco en directo y, en vez de salir corriendo a la primera tienda de discos o meterme en Internet para averiguar algo más sobre su fecha de lanzamiento, me encogí de hombros, musité algo parecido a un «ah, a ver qué tal» y luego volví sobre mis asuntos sin acordarme más del tema hasta que, anteayer mismo, un aviso del Spotify me comunicó que el trabajo en el que se resumen los conciertos bonaerenses de la gira que a estas horas le mantiene rodando sobre el asfalto ya estaba disponible para su escucha en línea. Pinché dos o tres canciones que volví a tararear después de bastante tiempo sin hacerlo («Ahora que…», «19 días y 500 noches», «Con la frente marchita») y tras comprobar que no me sentía especialmente emocionado apagué la cosa y me fui a ver la tele, consciente de que o bien no era el momento propicio o bien estaba asistiendo a la irrevocable fuga de mis entusiasmos juveniles.

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Luz de frontera

Desembocamos en Hondarribia, la antigua Fuenterrabía, en el inicio de un atardecer lluvioso en el que el cielo colma de gris las luces de la frontera. Hay ciudades por las que uno pasa sin esperar más de lo que pueda prometer su propio nombre escrito en los mapas, la simple expectativa que procura una fugaz parada y fonda entre las dos etapas de un viaje demasiado largo para ser hecho en una sola sentada, y a las que llega con la única aspiración de relajar un poco el alma y el cuerpo tras unas cuantas horas de trayecto por las carreteras y autopistas que le conducen de vuelta a la rutina. Caminar por una ciudad desconocida cuando ya está anocheciendo y la atmósfera se tiñe de un profundo azul oscuro y comienzan a encenderse las primeras farolas supone una experiencia un tanto alucinógena: uno intenta mirar aún a sabiendas de que no ve del todo, procura admirarse ante aquello que no alcanza a discernir completamente y se hace a la ficción de estar descubriendo algo que, en realidad, sólo puede quedar entrevisto en la conciencia.

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El «Cant dels ocells»

No siempre ocuparon los restos de Antonio Machado el lugar donde hoy reposan en el cementerio de Collioure. Su fallecimiento se produjo en unas circunstancias históricas y humanas tan penosas que hubiera terminado en una fosa común de no ser porque Pauline Quintana, la propietaria del hotel donde pasó sus últimos días y simpatizante confesa de la causa republicana, se ocupó de que una familia amiga le cediese un modesto nicho en el último rincón del camposanto. Fue otro exiliado, Josep Maria Corredor, quien se encargó, casi veinte años después, de abrir una suscripción popular con la que ofrecer un sepulcro digno para el cuerpo del poeta. A él se le debe esa tumba sobria y elegante que preside el cementerio como un mascarón de proa, ese túmulo donde nunca faltan flores y a cuyo alrededor se van amontonando lentamente escritos y recuerdos. La exhumación y traslado de los restos de Machado y su madre se produjo en 1958. Corredor, que además de escritor era secretario personal de otro desterrado ilustre, el violonchelista Pau Casals, transmitió a los organizadores del acto el ofrecimiento de éste para dar un pequeño concierto con el que rubricar la ceremonia. Los organizadores desecharon la idea: dijeron que Machado había sido un hombre austero, sin ninguna querencia por pompas ni alharacas, y el homenaje consistió únicamente en la mudanza de los féretros y la pronunciación de unas pocas palabras necesarias para celebrar al intelectual y glosar la pérdida del hombre. Pocos supieron que, unos días después, un paseante solitario entró en el cementerio de Collioure, colocó una silla ante el túmulo recién inaugurado y ofreció un mínimo recital de violonchelo que no buscaba más público que el que constituían Antonio Machado y su anciana madre. En silencio, rodeado del murmullo del viento y abrazado por la lánguida armonía de las lápidas circundantes, Pau Casals interpretó el «Cant dels ocells» como quien profiere un grito en medio del desierto, seguramente porque necesitaba dar cauce a su resignación y a su rabia, satisfacer la necesidad de reivindicar una causa perdida mediante el tributo sosegado a quien había sido uno de sus defensores más acérrimos.

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En Pau

Estamos haciendo noche en Pau. Hasta ahora sabía bien poco de esta ciudad, sólo que en ella vivió y dio sus clases Manuel Tuñón de Lara tras exiliarse al término de la guerra civil, y que en su universidad instituyó las famosas jornadas de Historia que terminaron siendo embrión de muchas cosas y que llegaron a su fin cuando, una vez reinstaurada la democracia en España, su artífice decidió recuperar el tiempo perdido a su pesar y emprender el regreso a su país natal. En mi imaginación Pau siempre se había dibujado como un lugar pequeño, confortable, uno de esos espacios que consiguen mantenerse a salvo del tiempo y de los hombres. La realidad, claro, es muy distinta: el pueblo ha ido creciendo con ínfulas metropolitanas, y los asépticos bloques de viviendas, muy al gusto europeo, se han extendido por la periferia de tal forma que ésta ya constituye un centro urbano por sí misma.

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La subversión de José Avello

Pude conocer a José Avello en el último mes de 2013 porque Fernando Menéndez consiguió dar con él para traérselo del brazo hasta la Biblioteca del Fontán, y hacia allá nos fuimos Alejandro y yo con la expectación de quien acude a admirar un tótem antiguo que, contra todo pronóstico, emerge de las aguas para hacerse ver unos instantes. Llegaba desde Madrid, pero por su porte mayúsculo de hombretón cantábrico y su actitud de guerrero cansado parecía, más que un escritor, un arponero que recién venía de dar caza a la que ya intuía que iba a ser su última ballena. Yo le veneraba —era imposible no venerarle si se habían leído sus escritos— porque varios años atrás Álvaro Díaz Huici me recomendó que, a la menor posibilidad, me echara a los ojos Jugadores de billar (Alfaguara), una novela que cualquiera habría querido escribir, pero que se le vino a la cabeza a un señor de Cangas del Narcea que nunca tuvo vocación de figurín y supo ir dándole forma con años y paciencia hasta pergeñar una obra que merece mejor suerte de la que, de momento, le han deparado los tiempos.

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