Uno comprueba que se hace mayor cuando, ante determinadas cosas, adopta una impasibilidad que habría resultado inaudita apenas una década atrás. Me enteré el otro día de que Joaquín Sabina estaba a punto de sacar un nuevo disco en directo y, en vez de salir corriendo a la primera tienda de discos o meterme en Internet para averiguar algo más sobre su fecha de lanzamiento, me encogí de hombros, musité algo parecido a un «ah, a ver qué tal» y luego volví sobre mis asuntos sin acordarme más del tema hasta que, anteayer mismo, un aviso del Spotify me comunicó que el trabajo en el que se resumen los conciertos bonaerenses de la gira que a estas horas le mantiene rodando sobre el asfalto ya estaba disponible para su escucha en línea. Pinché dos o tres canciones que volví a tararear después de bastante tiempo sin hacerlo («Ahora que…», «19 días y 500 noches», «Con la frente marchita») y tras comprobar que no me sentía especialmente emocionado apagué la cosa y me fui a ver la tele, consciente de que o bien no era el momento propicio o bien estaba asistiendo a la irrevocable fuga de mis entusiasmos juveniles.
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Miguel Barrero (Oviedo, 1980) ha publicado las novelas Espejo (premio Asturias Joven; KRK Ediciones, 2005), La vuelta a casa (KRK Ediciones, 2007), Los últimos días de Michi Panero (premio Juan Pablo Forner; DVD Ediciones, 2008), La existencia de Dios (Trea, 2012), Camposanto en Collioure (Prix International de Littérature de la Fondation Antonio Machado; Trea, 2015) y El rinoceronte y el poeta (Alianza, 2017). También es autor de los ensayos Las tierras del fin del mundo (Trea, 2016) y La tinta del calamar (Trea, 2016; premio Rodolfo Walsh 2017). Codirigió el documental La estancia vacía (2007).