En Pau

Estamos haciendo noche en Pau. Hasta ahora sabía bien poco de esta ciudad, sólo que en ella vivió y dio sus clases Manuel Tuñón de Lara tras exiliarse al término de la guerra civil, y que en su universidad instituyó las famosas jornadas de Historia que terminaron siendo embrión de muchas cosas y que llegaron a su fin cuando, una vez reinstaurada la democracia en España, su artífice decidió recuperar el tiempo perdido a su pesar y emprender el regreso a su país natal. En mi imaginación Pau siempre se había dibujado como un lugar pequeño, confortable, uno de esos espacios que consiguen mantenerse a salvo del tiempo y de los hombres. La realidad, claro, es muy distinta: el pueblo ha ido creciendo con ínfulas metropolitanas, y los asépticos bloques de viviendas, muy al gusto europeo, se han extendido por la periferia de tal forma que ésta ya constituye un centro urbano por sí misma.

Sin embargo, aún permanece más o menos intacto el núcleo primigenio: las antiguas calles de traza medieval que han persistido, en la mayoría de los casos, gracias a añadidos historicistas que embellecen lo que acaso tuvo originalmente un aspecto bien distinto. Hemos paseado por los alrededores del castillo, nos hemos asomado al balcón que se abre sobre una perspectiva mayestática de los Pirineos y hemos perdido el tiempo deliberadamente en torno a la Place de la Libération, con sus cafés y sus librerías y su iglesia de Saint-Jacques, tan neogótica y, sin embargo, tan coherente con el conjunto que la envuelve. Mientras vagábamos sin rumbo por las calles, he recordado que yo supe de Tuñón de Lara en Salamanca, cuando me matriculé en una asignatura de libre elección que se titulaba Historia de la Idea de Europa y cuya profesora nos entregó, fotocopiado, un texto en el que el viejo profesor cimentaba los principios esenciales de lo que tenía que ser una verdadera Unión. No he vuelto a leer el escrito, ni siquiera conozco su referencia exacta, pero sí sé que en él venía a decirse que Europa no sería Europa hasta que un francés no pudiera hablar de su Madrid, ni un italiano de su Bruselas, ni un holandés de su Lisboa. Me ha venido a la cabeza esa reflexión y me he acordado de que en la radio del coche, antes de salir de España, un locutor de informativos anunciaba que Alemania no ocultaba su rechazo a insuflar un poco de oxígeno a los griegos, y que pocas salidas dignas podrán quedarles a éstos una vez que se constate cómo sus presuntos hermanos del continente les dan la espalda. Que, hoy por hoy, ningún ateniense está dispuesto a referirse a su Berlín, pero en cambio hay unos cuantos teutones que quieren hacer uso y abuso de la vieja cuna de la democracia exactamente igual que si ya fuese suya. Y entre tanto, poco a poco, iban tiñendo las brumas nocturnas el hasta entonces grisáceo y pacífico cielo de Pau.

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