El crimen fue en Granada

Lo malo no es constatar que el asesinato de Federico García Lorca tuvo motivaciones políticas. Eso lo hemos sabido siempre, por más que algunos se hayan empecinado en ocultar o suavizar la verdad a lo largo de estos años. Lo peor, lo que realmente remueve la conciencia y el ánimo, es enfrentarse a la fría prosa administrativa con la que el funcionario de turno se refiere a la detención y el fusilamiento del poeta, constatar lo poco que vale la vida de un hombre en determinadas circunstancias, advertir que aún en 1965 —empezaban, recordemos, los años del desarrollismo, de la cacareada apertura al exterior: el franquismo ya no era tan franquismo, casi se estaba convirtiendo en una democracia camuflada, según los exégetas o revisionistas de un régimen que aún hoy sigue gozando de unos cuantos defensores, en la calle y en las instituciones— se podían esgrimir la masonería, el socialismo y la homosexualidad como razones suficientes para terminar con la vida de una persona. Lo peor es comprobar, una vez más, que la maldad no sólo puede ser frívola, sino también inapetente y desapasionada: así fueron las cosas porque así tuvieron que darse; este señor murió porque eso fue lo que ordenaron; no hay que buscar tres pies al gato ni esperar a que dé peras el olmo. Fue un crimen. Y fue en Granada.

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Profanación

El cinismo y la ignorancia tienen una característica en común: a los dos los define su osadía. José Ignacio Wert llegó a Alcalá de Henares como quien se cuela en la fiesta de  cumpleaños de un primo al que no ve desde hace años: con el aplomo que dan las credenciales y la inseguridad que ofrece lo desconocido. El ministro tenía que aplaudir a Juan Goytisolo –un autor al que probablemente no ha leído ni leerá- y salir airoso de un trance en el que seguramente se le reprocharían, y con razón, no pocos aspectos de ese gran desastre que es la política cultural diseñada por el Gobierno del que forma parte. En esas circunstancias uno tiene dos opciones: o encogerse y tratar de pasar inadvertido o lanzarse con todo, viento en popa a toda vela, sin pensar demasiado para que el temor al ridículo le impida reflexionar y retroceder antes de que el estropicio sea demasiado grande. No hace falta decir que Wert, tabernario y bravucón como sólo puede serlo quien sabe que no ha de temer las consecuencias de sus actos, optó por lo segundo.

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Denunciar a Machado

Hace unas semanas, y a propósito de la publicación inminente de la que ya es mi última novela, un periodista me preguntó si seguía siendo necesario reivindicar la importancia de Antonio Machado. Le respondí que no creía tal cosa, y que si bien el exilio ha podido y puede constituir un tema espinoso en según qué tiempos o situaciones (ya se sabe que en España va por barrios todo lo que atañe a nuestro pasado más reciente), la del autor de Campos de Castilla es una figura lo suficientemente instalada en el canon como para que nadie escamotee el relato cabal de su andadura ni invierta medias tintas en lo que son verdades inequívocas: se le estudia en foros académicos, se le enseña en todas las escuelas y tanto su vida como su obra han sido analizadas pormenorizadamente por cientos de expertos que a día de hoy siguen arrojando luz sobre una obra tan apasionante como intensa. Me acordado de ese episodio hace un momento, cuando he sabido que a lo largo del día de hoy, en el fragor de la jornada en que se dirimen las elecciones andaluzas, unos interventores del Partido Popular se han planteado denunciar a un centro educativo de Sevilla porque en una de las aulas donde había instaladas urnas se exhibía un mural sobre Antonio Machado, y he pensado que tal vez me precipité en la respuesta que di aquella noche al presentador del programa radiofónico en el que me entrevistaron a mi regreso del sur de Francia.

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Un nuevo libro

Pasan los años y crece la experiencia, pero la sensación, por el momento, permanece inalterada. Uno sujeta entre sus manos el primer ejemplar del que ya es su nuevo libro y en ese preciso instante sabe que se halla en medio de un punto de no retorno: que a partir de ese momento aquello que le perteneció en exclusiva durante un largo periodo dejará de ser completamente suyo, y que poco podrá intervenir en la buena o la mala suerte que su andadura corra en lo sucesivo. Se concreta, por un lado, aquello que durante meses o años fue sólo una abstracción que únicamente cobraba forma, y no siempre con consistencia, si se hallaba ante nuestros ojos, pero esa concreción anhelada trae también la obligatoriedad de la despedida, la sensación extraña, mezcla de alivio y orfandad, que asiste al perder irremediablemente algo que nos ocupó y causó alegrías y trastornos y a lo que, para bien o para mal, fiamos un determinado tramo del propio devenir de nuestras vidas.

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La última que pierde

Yo conocí a Esperanza Aguirre en noviembre del año 2000, cuando participé en un congreso sobre periodismo digital que se celebró en el palacio del Senado y cuya inauguración protagonizó ella en su calidad de presidenta de la institución anfitriona. Recuerdo que cuando apareció en la tarima y se sentó a la mesa, toda la parroquia —éramos chavales de entre veinte y veinticinco años, no mucho más ni tampoco mucho menos— estalló en una disimulada risa que tenía que ver con la propia naturaleza del personaje que se nos había puesto delante. Ella correspondió y nos dio la bienvenida con un saludo que, más que de una alta personalidad del Estado, parecía provenir de un teleñeco encarnado súbitamente ante el respetable, como si bajo ella hubiese apostado un funcionario que manejaba los hilos e impostaba la voz para suscitar el aplauso de una audiencia proclive a enfervorizarse.

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