Profanación

El cinismo y la ignorancia tienen una característica en común: a los dos los define su osadía. José Ignacio Wert llegó a Alcalá de Henares como quien se cuela en la fiesta de  cumpleaños de un primo al que no ve desde hace años: con el aplomo que dan las credenciales y la inseguridad que ofrece lo desconocido. El ministro tenía que aplaudir a Juan Goytisolo –un autor al que probablemente no ha leído ni leerá- y salir airoso de un trance en el que seguramente se le reprocharían, y con razón, no pocos aspectos de ese gran desastre que es la política cultural diseñada por el Gobierno del que forma parte. En esas circunstancias uno tiene dos opciones: o encogerse y tratar de pasar inadvertido o lanzarse con todo, viento en popa a toda vela, sin pensar demasiado para que el temor al ridículo le impida reflexionar y retroceder antes de que el estropicio sea demasiado grande. No hace falta decir que Wert, tabernario y bravucón como sólo puede serlo quien sabe que no ha de temer las consecuencias de sus actos, optó por lo segundo.

Una de las estrategias retóricas más falaces consiste en usar como argumento de autoridad no lo que los muertos ilustres dijeron, sino lo que habrían dicho de estar aún vivos y conocer de primera mano aspectos que ellos no pudieron vivir, aplicando a menudo palabras de otro tiempo y otras situaciones a momentos del aquí y el ahora que poco o nada se les parecen, y extrapolando de lo que fueron veredictos particulares conclusiones generales que casi siempre enmascaran o tergiversan la naturaleza verdadera de las cosas. José Ignacio Wert, embebido de su propio ego y de los oropeles cervantinos de Alcalá, se atrevió a decir que Jaime Gil de Biedma «no tendría hoy la tentación de escribir versos como: “De todas las historias de la Historia, la más triste es la de España, porque termina mal”», y que Ángel González, de vivir en nuestros días, tampoco habría podido pergeñar el conocido paralelismo entre la Historia y la morcilla de su tierra («las dos se hacen con sangre, se repiten»). No es que las cifras de paro, los casos de corrupción y el general desmoronamiento del estado del bienestar hagan pensar que, efectivamente, nuestra Historia no está precisamente bien y que bastante sangre, literal y metafórica, se viene cobrando ya esta crisis desde que se dio por iniciada oficialmente. En un par de pinceladas, Wert no sólo desvirtuó hasta la caricatura el legado de dos de nuestros mayores poetas recientes, sino que también ofendió a su memoria al venir a afirmar que, de seguir con nosotros, ambos apoyarían abiertamente las políticas ejecutadas por el PP, al que tan poco quisieron en vida. Todo ello el mismo día en que pudimos constatar que sus antepasados ideológicos fusilaron a Lorca por el simple hecho de ser Lorca. José Ignacio Wert tendría que haber pasado el 23 de abril celebrando la literatura, pero, como de eso no entiende y además le viene grande, prefirió dedicar el tiempo a profanar tumbas.

GoytisoloWert

Foto: Ballesteros (EFE)   

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Una respuesta a Profanación

  1. Wert, que “disfrute” de este tiempo de descuento que le queda, luego ya puede dedicarse a su cultura “atemporal” y volver a revisar las obras completas de José María Pemán.

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