Denunciar a Machado

Hace unas semanas, y a propósito de la publicación inminente de la que ya es mi última novela, un periodista me preguntó si seguía siendo necesario reivindicar la importancia de Antonio Machado. Le respondí que no creía tal cosa, y que si bien el exilio ha podido y puede constituir un tema espinoso en según qué tiempos o situaciones (ya se sabe que en España va por barrios todo lo que atañe a nuestro pasado más reciente), la del autor de Campos de Castilla es una figura lo suficientemente instalada en el canon como para que nadie escamotee el relato cabal de su andadura ni invierta medias tintas en lo que son verdades inequívocas: se le estudia en foros académicos, se le enseña en todas las escuelas y tanto su vida como su obra han sido analizadas pormenorizadamente por cientos de expertos que a día de hoy siguen arrojando luz sobre una obra tan apasionante como intensa. Me acordado de ese episodio hace un momento, cuando he sabido que a lo largo del día de hoy, en el fragor de la jornada en que se dirimen las elecciones andaluzas, unos interventores del Partido Popular se han planteado denunciar a un centro educativo de Sevilla porque en una de las aulas donde había instaladas urnas se exhibía un mural sobre Antonio Machado, y he pensado que tal vez me precipité en la respuesta que di aquella noche al presentador del programa radiofónico en el que me entrevistaron a mi regreso del sur de Francia.

¿A quién puede molestar que en un colegio público se exponga un mural, confeccionado por los propios alumnos, en el que se resumen en pocas líneas la vida y la obra de Antonio Machado? ¿Quién se puede sentir menoscabado porque en Sevilla —la ciudad donde nació, al fin y al cabo, y en cuyo palacio de las Dueñas hay una placa que le recuerda ante los transeúntes— los niños estudien y conozcan la peripecia vital y artística del que durante unos pocos años fue su convecino? ¿Desde qué perspectiva mentecata puede alguien juzgar que un trabajo infantil en torno a un poeta constituye un peligroso instrumento de movilización electoral a pie de urna? Y, sobre todo, ¿qué clase de concepción puede tener de sí misma una persona que, además de pensar eso, se apresura a hacerlo público y anunciar su pretensión de «denunciar» esa labor escolar en torno a alguien a quien seguramente jamás leyó ni leerá, y cuyo final triste se debió al triunfo de actitudes no muy distintas a las que muestran estos interventores tan visceralmente indignados? El mes pasado, en Collioure, Rose-Marie Corredor, la hija de quien fuera secretario personal del violonchelista Pau Casals, me preguntó si en los colegios e institutos españoles se hablaba sin tapujos de la importancia de Machado. Le contesté que no podía saber con exactitud cómo estaban las cosas ahora, pero que tampoco tenía queja en lo que se refería a mi propia experiencia: ni en mis años de escolar ni en los de bachiller me escamoteó nadie dato alguno de la biografía machadiana, como tampoco di con ningún docente que orillara o pasara por alto aspectos que, en función de su propia orientación idelógica, pudiese considerar molestos o escabrosos. Y aunque le resumí a mi interlocutora la anécdota desgraciada de ese infame libro de texto, apropiadamente retirado, en el que el exilio de don Antonio y los suyos se presentaba como unas joviales vacaciones de verano, también le indiqué que por fortuna se había tratado de un delirio anecdótico, una excentricidad carpetovetónica a la que se puso freno pronto y que ni tiempo tuvo, por lo tanto, de dejar víctimas a su paso. Me habría muerto de vergüenza si hubiese tenido que explicarle que, en Sevilla, unos interventores de un partido que se define a sí mismo como democrático han puesto el grito en el cielo por culpa de un inocente mural, y que llegaron al extremo de plantearse dar curso a su indignación mediante la denuncia inoportuna y correspondiente. La misma vergüenza que, supongo, sentirá mañana el profesor cuando se vea en el trance de explicarles lo ocurrido a su alumnado, esos niños y niñas iniciados ya en la lectura de textos machadianos a los que, tras ser conocedores del esperpento que involuntariamente han protagonizado, es posible que en el futuro les queden pocas ganas de votar al Partido Popular. Pero de eso, como de tantos otros asuntos propios de esa España tan dotada para la charanga como experta en la pandereta, quien menos culpa tiene es Antonio Machado.

machado

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