La última que pierde

Yo conocí a Esperanza Aguirre en noviembre del año 2000, cuando participé en un congreso sobre periodismo digital que se celebró en el palacio del Senado y cuya inauguración protagonizó ella en su calidad de presidenta de la institución anfitriona. Recuerdo que cuando apareció en la tarima y se sentó a la mesa, toda la parroquia —éramos chavales de entre veinte y veinticinco años, no mucho más ni tampoco mucho menos— estalló en una disimulada risa que tenía que ver con la propia naturaleza del personaje que se nos había puesto delante. Ella correspondió y nos dio la bienvenida con un saludo que, más que de una alta personalidad del Estado, parecía provenir de un teleñeco encarnado súbitamente ante el respetable, como si bajo ella hubiese apostado un funcionario que manejaba los hilos e impostaba la voz para suscitar el aplauso de una audiencia proclive a enfervorizarse.

Hoy apenas se recuerda porque hay primeras impresiones tan equívocas que uno, inconscientemente, las aloja en la Prehistoria cuando en realidad tuvieron lugar antes de ayer, pero en aquellos años Esperanza Aguirre representaba a la perfección el papel de tonta del bote de la política patria. Todavía estaban frescas sus andanzas como ministra de Cultura, esa época en la que no dejó de exhibir su presunta ignorancia por dondequiera que fuese y que dio pie a leyendas apócrifas (la más conocida, aquélla de la pintora Sara Mago y sus cuadros excelentes) que corrían como la pólvora entre los detractores de un aznarato que quisieron ver anecdótico y terminaron reconociendo definitorio, y cuando en vísperas de su aplastante mayoría absoluta el líder supremo le ordenó que se enclaustrara en la calle Bailén fueron casi todos los politólogos que concluyeron que el Senado seguiría haciendo honor a su reputación de cementerio de elefantes y que el flamante presidente a punto de ser mayestáticamente revalidado pretendía quitarse de en medio por la vía rápida a una de las colaboradoras que más y mejor habían ridiculizado el siempre discutido bagaje cultural de la derecha cañí. Parecía, pues, que se ponía fin a aquella época dorada en la que El Gran Wyoming y Pablo Carbonell convirtieron, mano a mano, a la simplona Aguirre en un fenómeno mediático, haciendo de su vida pública un reality que, con periodicidad dominical, traía a nuestros hogares las estulticias varias de quien, más que ocuparse de gestionar la Educación y la Cultura, parecía rastrear constantemente en los libros de Woody Allen las claves definitivas para acabar de una vez con ellas.

Avergüenza escribir esto ahora que sabemos qué se escondía detrás de Esperanza Aguirre y somos capaces de intuir que aquella máscara de ingenuidad descontrolada escondía en su reverso todo un tratado acerca de la ambición y el cálculo. En ocasiones, uno de los caminos más cortos para obtener éxito en política consiste en hacerse el tonto, sobre todo si los que están por encima son aún más tontos que tú, y la rubia de Malasaña, conocedora del percal, empeñó su vida en hacer del logos praxis para demostrar que había entendido bien el juego y podía llegar más arriba que nadie. Obtuvo la Presidencia de la Comunidad de Madrid tras una maniobra ignominiosa que hoy parece haber quedado reducida a una cuestión de hemeroteca, puso en marcha algunas de las políticas más neoliberales que se recuerdan en el territorio patrio, pasó la mano por la chepa de algunos contrarios de los que pudo obtener no un compromiso explícito, pero sí una cierta condescendencia privada, y demostró que era en verdad puño de hierro lo que se preveía mano mantecosa. Cuando su popularidad andaba en horas bajas, se retiró de la primera línea pretextando una dolencia grave para que el tsunami de la Gürtel se llevara por delante a sus colaboradores más estrechos sin moverle a ella un solo pelo de la permanente, ocupada como estaba en llegar a fin de mes con sus exiguos estipendios y organizar rallies desaforados por la Gran Vía al más puro estilo Grand Theft Auto si el Grand Theft Auto tuviera una vertiente castiza. Como tratándose de Aguirre siempre acierta el que lance al aire la tesis más descabellada, disfrutan su éxito quienes adujeron que era el suyo un retiro en falso y que la vieja dama volvería más antes que después a la política activa. Se presenta ahora para alcaldesa de la capital de las Españas e, igual que hizo ante nosotros en aquella lejana mañana en el Senado, ha vuelto a saludar a la concurrencia con ese estilo desprejuiciado de quien no tiene nada que demostrar a nadie porque sólo encuentra adversarios a su altura cuando se mira en el espejo. No deberían confiarse quienes le pronostican un fracaso estruendoso: se ha demostrado que Madrid, pese a ser una ciudad briosa y despendolada, tiende a elegir alcaldes carcas cuando se aproxima la hora de la verdad, y si algo hemos aprendido después de todos estos años es que, en el terreno político, la Esperanza es siempre la última que pierde.

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