En busca de Mairena

Juan de Mairena exhaló su último suspiro en Casariego de Tapia allá por 1909. Poca gente lo recuerda porque, aunque queden sus escritos, no son muchos los datos acerca de la vida de quien fue poeta, filósofo, retórico e inventor de una curiosa Máquina de Cantar. Se sabe que proyectó fundar en Sevilla una Escuela Popular de Sabiduría, que compartió sus planes con Miguel de Unamuno cuando éste visitó la ciudad en 1897 y que abandonó su propósito al año siguiente, cuando su maestro Abel Martín falleció en Madrid víctima de una crisis hepática y él no se vio con fuerzas para levantar en soledad aquel centro llamado a transformar la vieja Híspalis en una nueva Atenas. Quizás fue por aquella época cuando, buscando un lugar tranquilo donde encerrarse en sus asuntos y olvidar los sinsabores del pasado, Mairena resolvió trasladarse al instituto de Casariego de Tapia para impartir allí sus clases de gimnasia y retórica. Tampoco eso podemos saber porque nadie en su tiempo se preocupó de consignar allí sus pasos, y sólo la muerte, siempre puntual en sus citas, hizo que el nombre de aquel pueblo anclado en el norte de los nortes emergiera como un islote inesperado en el último extremo de su biografía.

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La flauta del sapo

Hace años se leía en los institutos de Asturias La dama del alba, de Alejandro Casona. Casona es uno de esos autores que gozaron de cierto éxito en su día y a los que poco a poco fue empequeñeciendo, no sin algo de razón, el paso inclemente de la posteridad. Con sus obras de teatro me ocurre lo mismo que con las leyendas de Bécquer. Leídas a los quince años, provocaban un estremecimiento rayano en la pasión. Revisadas dos décadas después, desprenden un leve olor a naftalina que una vez más evidencia cómo nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos, bien porque las lecturas posteriores nos han resabiado el gusto o bien porque uno, a medida que va encarrilando la treintena, deja más hueco en el equipaje para el escepticismo que para el asombro.

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Salamanca, un regreso

Lo cantaba Violeta Parra en unos versos memorables: «Volver a los diecisiete / después de vivir un siglo / es como descifrar signos / sin ser sabio competente». Yo ya había cumplido los dieciocho cuando me avecindé en Salamanca y apenas he vuelto desde entonces, pero siempre que regreso a sus calles lo hago con cierto sentimiento de culpa. Durante algún tiempo —el que pasé viviendo allí y el que sucedió inmediatamente a mi partida— albergué hacia la ciudad un resquemor en el que se mezclaba la decepción por su estrechez de miras y con hartazgo de su querencia a regodearse en un esplendor que era más vestigio del pasado que pálpito presente. Hoy pienso que fui injusto con una ciudad a la que quizás exigí más de lo que ella estaba en condiciones de darme, y por eso cada retorno viene a ser una forma de congraciarme con aquello que en su día no supe entender o que se quedaba corto para los ímpetus de quien aún tiene más futuro que pasado y sólo ve en el mundo una maqueta a escala por la que poner a circular su porvenir.

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Madrid, un dos de mayo

Con Madrid me ocurre eso que la sabiduría popular dice que pasa con los amores realmente queridos: me gusta mucho, pero apenas la entiendo. Quienes como yo han transitado sus días y trajinado por sus noches en más de una ocasión suelen estar de acuerdo en el dictamen de su bipolaridad. Cuesta creer que una ciudad tan divertida, tan caótica, tan desmelenada e incluso tan agreste en función del momento en que uno la coja por banda, se decida a la hora de la verdad por elegir a gobernantes tan carcamales como los que han venido rigiendo sus destinos desde la desvaída década de los noventa. Es verdad que no florece un Tierno Galván en cada esquina, y que el espejismo de la Movida se murió para no resucitar por más que cada equis años se intenten revivals infructuosos y muchas veces enternecedores de tan inanes, pero de ahí a entregar el bastón de mando (o la corona comunitaria) a carcamales como Álvarez del Manzano, Gallardón o Ana Botella media un abismo que el sentido común no siempre acierta a sortear.

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Siente un pobre en su mesa

Lo bueno (y lo malo) del cine de Berlanga es que parece imposible que alguna vez pierda vigencia. En la inconmensurable Plácido —una de esas películas que hay que ver si uno ha tenido la suerte o la desgracia de nacer en España y se siente interpelado por lo que ha venido siendo la propia evolución de su país—, se caricaturiza una de las costumbres más acendradas entre la discreta y encantadora burguesía del franquismo, consistente en orquestar campañas de beneficencia con las que sentirse solidarios durante un día para olvidar así los desmanes en que incurrían el resto del año. «Siente un pobre en su mesa», pontificaban, y allá se iban las señoras de posibles y abolengo, y sus pintiparados maridos, para pujar por el pordiosero más andrajoso a fin de que sus amistades y sus rivales ponderasen en la medida adecuada su predisposición caritativa.

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