En busca de Mairena

Juan de Mairena exhaló su último suspiro en Casariego de Tapia allá por 1909. Poca gente lo recuerda porque, aunque queden sus escritos, no son muchos los datos acerca de la vida de quien fue poeta, filósofo, retórico e inventor de una curiosa Máquina de Cantar. Se sabe que proyectó fundar en Sevilla una Escuela Popular de Sabiduría, que compartió sus planes con Miguel de Unamuno cuando éste visitó la ciudad en 1897 y que abandonó su propósito al año siguiente, cuando su maestro Abel Martín falleció en Madrid víctima de una crisis hepática y él no se vio con fuerzas para levantar en soledad aquel centro llamado a transformar la vieja Híspalis en una nueva Atenas. Quizás fue por aquella época cuando, buscando un lugar tranquilo donde encerrarse en sus asuntos y olvidar los sinsabores del pasado, Mairena resolvió trasladarse al instituto de Casariego de Tapia para impartir allí sus clases de gimnasia y retórica. Tampoco eso podemos saber porque nadie en su tiempo se preocupó de consignar allí sus pasos, y sólo la muerte, siempre puntual en sus citas, hizo que el nombre de aquel pueblo anclado en el norte de los nortes emergiera como un islote inesperado en el último extremo de su biografía.

Cuando voy por Casariego de Tapia me gusta imaginar los pasos que pudo haber dado Mairena por sus estrechas calles de salitre. Junto al instituto en el que trabajó han puesto una placa que lleva su nombre y recuerda que fue en este lugar donde se despidió del mundo, pero es el único vestigio apreciable de su estancia  en la localidad. Tampoco vive ya nadie que pudiera haberle conocido, ni saben los descendientes de sus alumnos más cosas que las que sobre él, al cabo del tiempo, han venido diciendo los manuales. Juan de Mairena, que tenía cuarenta y cuatro años cuando el destino le cerró los ojos, tal vez en una cama con vistas al mar bravío que rompe contra los breves acantilados, o acaso en una de las viejas casitas que se apiñan en la trastienda del puerto pesquero, no es hoy más que una sombra amable que uno ha de rastrear, por ejemplo, en la plaza en la que se sigue alzando el instituto y cuyo centro preside un sencillo monumento que rinde honores al titular del Marquesado del lugar. Probablemente ya estaba allí esa estatua cuando Mairena impartió sus clases, y es seguro que alguna vez se detendría a su pie al salir del instituto, antes de decidir el rumbo que tomaría su paseo vespertino. Es posible que se dirigiera hacia la playa, en las afueras, para pasear descalzo por la arena y dejar que sus pies hinchados recibiesen el suave lametazo de las olas; pero a mí me gusta más imaginarlo encaminándose hacia los muelles, seguramente en una jornada invernal con fuerte viento, lluvia y algo de neblina, y subiendo después hasta lo alto de la breve península que preside el faro para mantener una conversación banal con el farero, liar un cigarrillo y fumarlo luego absorto en la contemplación del horizonte, dudando de sus propias dudas y acaso intuyendo en los atardeceres umbríos de Casariego de Tapia el nacimiento del camino hacia el lugar del que jamás se vuelve.

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