La flauta del sapo

Hace años se leía en los institutos de Asturias La dama del alba, de Alejandro Casona. Casona es uno de esos autores que gozaron de cierto éxito en su día y a los que poco a poco fue empequeñeciendo, no sin algo de razón, el paso inclemente de la posteridad. Con sus obras de teatro me ocurre lo mismo que con las leyendas de Bécquer. Leídas a los quince años, provocaban un estremecimiento rayano en la pasión. Revisadas dos décadas después, desprenden un leve olor a naftalina que una vez más evidencia cómo nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos, bien porque las lecturas posteriores nos han resabiado el gusto o bien porque uno, a medida que va encarrilando la treintena, deja más hueco en el equipaje para el escepticismo que para el asombro.

Me he acordado de Alejandro Casona por dos motivos. Tengo un amigo que vive en otro continente y con el que hablo bastante, y del contraste que separa nuestras respectivas concepciones de la tierra en la que nacimos ambos suele nacer una dialéctica en la que cada uno hace por alumbrar las zonas de sombra que no puede o no sabe explorar el otro. Además, estamos en una época que tiende en muchos sentidos a la indagación identitaria, en todos los sentidos que puede abarcar un concepto tan polisémico como el de «identidad», y en los que algunos confunden la suma inexacta de sus veleidades personales con la invocación rotunda de una suerte de catarsis colectiva. Quizás tenga que ver todo eso o quizás sea un brote de nostalgia, pero en estos últimos días me vienen de vez en cuando a la cabeza algunos de los poemas que Alejandro Casona escribió en el Valle de Arán cuando obtuvo allí su primer destino como inspector de Primera Enseñanza, allá por 1928. En aquel momento la vida ya le había conducido por Cangas del Narcea, Villaviciosa, Gijón, Palencia, Murcia y Madrid, pero él, en la soledad de la montaña leridana, se acordó de Asturias. Mucho tiempo después, a mediados de la década de 1990 –la época en que yo leía las obras de Casona y las leyendas de Bécquer–, alguien le pasó al cantautor Jerónimo Granda los poemas de La flauta del sapo en el transcurso de una cena, y él grabó con ellos el que quizás sea su mejor disco. Son diez canciones, una por cada texto, luminosas y sencillas como las estrofas a las que sirven, mucho más resistentes a las modas que los viejos éxitos teatrales de su autor. Mi favorita es el «Encanto de luna y agua», pero la que más me conmueve es la que retrata a una vaca enorme que, solitaria en el centro de una braña, mira pasar la vida. A veces, cuando mi amigo me habla de cuánto extraña y cuánto teme la tierra que aún considera suya pese a llevar ya más de un lustro alejado de ella, me vienen a la memoria algunos de sus versos. «Se le durmió el paisaje / sobre los ojos de agua, / y sintió –mansamente– / que le nacía un alma».

alejandrocasona

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