Siente un pobre en su mesa

Lo bueno (y lo malo) del cine de Berlanga es que parece imposible que alguna vez pierda vigencia. En la inconmensurable Plácido —una de esas películas que hay que ver si uno ha tenido la suerte o la desgracia de nacer en España y se siente interpelado por lo que ha venido siendo la propia evolución de su país—, se caricaturiza una de las costumbres más acendradas entre la discreta y encantadora burguesía del franquismo, consistente en orquestar campañas de beneficencia con las que sentirse solidarios durante un día para olvidar así los desmanes en que incurrían el resto del año. «Siente un pobre en su mesa», pontificaban, y allá se iban las señoras de posibles y abolengo, y sus pintiparados maridos, para pujar por el pordiosero más andrajoso a fin de que sus amistades y sus rivales ponderasen en la medida adecuada su predisposición caritativa.

A Esperanza Aguirre, en cambio, le trae al pairo la pobreza y no tiene problema en decirlo a las claras, como no tuvo problema en huir de los agentes policiales que intentaron sancionarla por una infracción de tráfico —ni en amargarle luego la vida a uno de ellos, según se dice por ahí— o en asegurar que ella no tuvo nada que ver en la trama Gürtel (ese remake cañí y chapucero de El Padrino) tras ser la primera responsable del casting que decidió su primer reparto al completo . Esperanza Aguirre, con su peinado impecable y su rostro de hormigón armado, ha salido diciendo que no quiere pobres en el centro de Madrid porque eso ahuyenta a los turistas y ni siquiera ha sentido la necesidad de pararse a pensar antes si una afirmación tan desdichada podía generarle problemas o arrebatarle votos porque sabe que no ocurrirá ni una cosa ni la otra, porque tiene a su partido lo suficientemente agarrado por las vergüenzas como para que nadie ose toserla y porque se sabe vedette indiscutible de un público cautivo dispuesto a jalearla las veces que haga falta para dejar bien claro que más chulapa y castiza que ella no la hay a este lado del Manzanares. A saber qué ocurre en la villa y corte —ciudad por lo demás moderna, desprejuiciada, alegre y hasta un poco desquiciante de tan caótica— para que en las últimas décadas, elección tras elección, sus ciudadanos hayan ido eligiendo a la banda de carcamales que desde la marcha de Barranco han estado en poder del bastón municipal. Uno tiene la tentación de ir a Aguirre y decirle que, si tanto le molestan los pordioseros que honradamente reclaman lo suyo en los portales de la Gran Vía o al pie del arco de Cuchilleros, bien puede pedir responsabilidades a sus antecesores y a sus jefes, que al fin y al cabo son quienes más empeño han puesto en anular el exiguo poder adquisitivo de las clases menos favorecidas, pero tampoco eso iba a solucionar nada. En realidad ni me preocupa ni me sorprende que a la derecha le importen poco los pobres porque eso viene ya de serie en su ADN. Lo que sí me preocupa, y hasta me molesta, es que ni siquiera sienta ya la necesidad de fingir, y que haya pasado tan alegremente del «siente un pobre en su mesa» al «expulsemos a los pobres de nuestras calles». Lo bueno (y lo malo) del cine de Berlanga es que parece imposible que alguna vez pierda vigencia. Lo bueno (y lo malo) de Esperanza Aguirre es que parece ser que ella tampoco.

placido

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Una respuesta a Siente un pobre en su mesa

  1. Con Esperanza Aguirre da para un corto de unos cinco minutos en el que un justiciero fornido acaba con toda esa chusma que estropea el paisaje urbano de Madrid mientras los turistas aplauden extasiados. Los subtítulos al inglés se los pone el Vaughan ese.

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