Memoria de Krahe

Conocí a Javier Krahe en un momento impreciso que debió de suceder hace una década. Vino a dar un concierto a Mieres y fuimos a verlo con la urgencia de quien satisface una necesidad inaplazable y postergada, y por una afortunada casualidad terminamos encontrándonoslo al acabar aquel concierto y nos lo llevamos a cenar a pie de barra en una tasca de nuestra confianza en la que ponían buenas bravas y un pulpo que no era demasiado incomestible. Hablamos mucho a lo largo de aquella velada, porque él tenía ganas de hablar y porque tampoco fue nunca partidario de callarse nada. Estaba con él su guitarrista, Javier López de Guereña, y recuerdo que bromearon con la segunda parte de «La Yeti», que nunca llegó a escribirse pero para la que ya había fijado un estribillo en el que se mezclaban la nieve y el confeti. Tomamos luego una o dos copas, les indicamos la dirección que debían seguir para llegar sanos y salvos a su hotel y les vimos desaparecer calle arriba, elegantes como caballeros decadentes, risueños como colegiales a la salida del recreo.

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La actitud de Casillas

Hace algunas semanas le pregunté a Mercutio de dónde le venía a cierto madridismo esa inquina hacia Casillas. Me respondió mostrándome una imagen del encuentro que, ya no recuerdo cuándo, había enfrentado al Real Madrid con el Manchester City en una eliminatoria de la Copa de Europa. Al parecer el instante congelado se ha hecho famosísimo y la anécdota es de sobra conocida por todos los que entienden algo de intrigas balompédicas: el Madrid estaba empatado a dos goles y, por lo tanto, virtualmente eliminado de la competición, pero en el último minuto del partido Cristiano Ronaldo se encontró con un balón que encajó dentro de la red con su potencia inusitada. El encuentro se celebraba en el Santiago Bernabéu y la grada, como no podía ser de otra manera, se levantó enardecida. Casillas, solo ante su portería, permaneció con los brazos en jarras como si nada hubiera pasado. Por aquel entonces se sentaba en el banquillo el portugués Mourinho, quien en repetidas ocasiones había acusado al guardameta de navegar a la contra. Mercutio me lo resumió con elocuencia aquella noche: «Esa no celebración demostró que Mourinho tenía razón y que Casillas era un traidor que quería que su equipo perdiera por ver si así él lograba salvarse».

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Don Quijote y la infelicidad

Publica el diario El País, en su edición de hoy, dos informaciones estadísticas extraídas del barómetro del CIS que resultan graciosa o trágicamente complementarias. La primera afirma que ocho de cada diez españoles se confiesan felices o muy felices. La segunda, por su parte, señala que sólo dos de cada diez españoles reconocen haber leído completo El Quijote. El juego de encajes queda tan a mano que a uno le resulta imposible resistirse. Se puede ser muy feliz leyendo El Quijote igual que se puede ser muy feliz leyendo a Joyce, a Proust, a Galdós o a William Faulkner, pero pero no cabe esperar que esa felicidad transitoria que dura lo que se tarda en pasar las páginas se mantenga después, una vez finalizada la lectura, o se transforme en un estado de felicidad embelesada y perpetua. El conocimiento no nos hace más felices, sólo más inteligentes, y el primer estado de la inteligencia tiene que ver con la asunción de la propia ignorancia, lo que no deja de ser, a su vez, un pasadizo abierto a la infelicidad constante. Al leer estas dos noticias de El País a mí me ha venido a la mente una frase que pronunció hace ya bastantes años Luis Aragonés, a quien los entendidos en fútbol apodaron El Sabio de Hortaleza, y de la que se hizo eco Francisco García Pérez en un artículo que recogió en su libro Lo que hay que oír: «No es bueno leer demasiado: yo tenía un amigo que se puso a leer a Kafka y se volvió maricón».

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El milagro de As Catedráis

Dicen que As Catedráis fue un invento madrugador de Leopoldo Calvo-Sotelo cuando, allá por los tiempos de la denostada Transición, quiso aprovechar el aire que le daban sus responsabilidades como presidente del Gobierno para ejercer, a ratos muertos, de profeta de su tierra. Regresaba todos los veranos el político al Ribadeo de su infancia, recorría en su vespino los tortuosos caminos costeros que atraviesan un litoral de escarpadas sinuosidades y surcaba en su bote de remos las olas al filo del crepúsculo. En todos los casos acababa desembocando en el mismo recodo: un arenal obsequiado con inverosímiles formas rocosas al que los lugareños llamaban Augas Santas y que él tuvo a bien rebautizar aprovechando el singular parecido entre las improbables filigranas diseñadas por la naturaleza y los arbotantes de las catedrales góticas. A los gallegos se les da de fábula encontrar oasis en lo más profundo del desierto. No mucho después, seguramente tras la copiosa ingesta de un capón de Villalba, Manuel Fraga desempolvaría los vetustos cronicones del Medievo para sacarse de la manga el Xacobeo. A Calvo-Sotelo, mucho más austero y comedido que su paisano, le bastó con el sopor de los interminables atardeceres estivales para empezar a convertir un rincón ignoto del noroeste peninsular en un nuevo paradigma de la religión turística cuando ésta aún se estaba instaurando y su maná parecía muy lejos de regar todo lo que se distanciara de la jovialidad mediterránea. Quizás el segundo presidente de nuestra democracia fue, además de un chovinista, un visionario.

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De San Fermín venimos

«A Pamplona hemos de ir», reza el estribillo popular que cada verano resuena con las vísperas del 6 de julio, y a Pamplona llegamos, cumpliendo el mandato, porque atravesábamos la mitad septentrional de España desde el este hasta el noroeste y porque entendimos que era el punto medio más exacto que podríamos localizar entre la lozanía frívola y juvenil de las playas gerundenses y la familiar y descorazonadora severidad de las brumas norteñas. Llegar a Pamplona a primeros de agosto, cuando el eco de los Sanfermines se ha diluido sólo en apariencia porque la ciudad entera aún lo tiene reverberando en sus tímpanos, es tan obsceno como aparecer de repente en la casa de unos amigos que dieron una fiesta el día anterior y aún no han tenido tiempo para limpiar y recoger los desperdicios. Se los encuentra uno legañosos, ariscos, intranquilos ante la llegada de un huésped con el que no contaban. Se esfuerzan en parecer buenos anfitriones, pero en realidad anhelan quedarse solos para reencontrarse consigo mismos, cerciorarse  de que en efecto todo ha pasado y proceder a comentar la jugada. Todo en la vida tiene su lugar, su tiempo y su costumbre. Un amigo me contó que hace años le dio por entrar en una iglesia justo cuando el párroco acababa de poner fin a los oficios. No le movían súbitas veleidades piadosas ni tenía propósito de enmienda: simplemente le habían entrado ganas de ir al baño y el templo fue lo más parecido a un lugar público que encontró por los alrededores. El sacerdote, meditabundo, se ocupaba de limpiar concienzudamente los enseres de la misa, que con mucho cuidado iba guardando en la sacristía. Cuando mi amigo le preguntó si podía hacer uso de las instalaciones sanitarias, le miró con cara de furia, le pidió que se largara y le dijo que el tiempo de su salvación había pasado y sólo le quedaba resignarse a su condena.

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