Conocí a Javier Krahe en un momento impreciso que debió de suceder hace una década. Vino a dar un concierto a Mieres y fuimos a verlo con la urgencia de quien satisface una necesidad inaplazable y postergada, y por una afortunada casualidad terminamos encontrándonoslo al acabar aquel concierto y nos lo llevamos a cenar a pie de barra en una tasca de nuestra confianza en la que ponían buenas bravas y un pulpo que no era demasiado incomestible. Hablamos mucho a lo largo de aquella velada, porque él tenía ganas de hablar y porque tampoco fue nunca partidario de callarse nada. Estaba con él su guitarrista, Javier López de Guereña, y recuerdo que bromearon con la segunda parte de «La Yeti», que nunca llegó a escribirse pero para la que ya había fijado un estribillo en el que se mezclaban la nieve y el confeti. Tomamos luego una o dos copas, les indicamos la dirección que debían seguir para llegar sanos y salvos a su hotel y les vimos desaparecer calle arriba, elegantes como caballeros decadentes, risueños como colegiales a la salida del recreo.
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Miguel Barrero (Oviedo, 1980) ha publicado las novelas Espejo (premio Asturias Joven; KRK Ediciones, 2005), La vuelta a casa (KRK Ediciones, 2007), Los últimos días de Michi Panero (premio Juan Pablo Forner; DVD Ediciones, 2008), La existencia de Dios (Trea, 2012), Camposanto en Collioure (Prix International de Littérature de la Fondation Antonio Machado; Trea, 2015) y El rinoceronte y el poeta (Alianza, 2017). También es autor de los ensayos Las tierras del fin del mundo (Trea, 2016) y La tinta del calamar (Trea, 2016; premio Rodolfo Walsh 2017). Codirigió el documental La estancia vacía (2007).