La actitud de Casillas

Hace algunas semanas le pregunté a Mercutio de dónde le venía a cierto madridismo esa inquina hacia Casillas. Me respondió mostrándome una imagen del encuentro que, ya no recuerdo cuándo, había enfrentado al Real Madrid con el Manchester City en una eliminatoria de la Copa de Europa. Al parecer el instante congelado se ha hecho famosísimo y la anécdota es de sobra conocida por todos los que entienden algo de intrigas balompédicas: el Madrid estaba empatado a dos goles y, por lo tanto, virtualmente eliminado de la competición, pero en el último minuto del partido Cristiano Ronaldo se encontró con un balón que encajó dentro de la red con su potencia inusitada. El encuentro se celebraba en el Santiago Bernabéu y la grada, como no podía ser de otra manera, se levantó enardecida. Casillas, solo ante su portería, permaneció con los brazos en jarras como si nada hubiera pasado. Por aquel entonces se sentaba en el banquillo el portugués Mourinho, quien en repetidas ocasiones había acusado al guardameta de navegar a la contra. Mercutio me lo resumió con elocuencia aquella noche: «Esa no celebración demostró que Mourinho tenía razón y que Casillas era un traidor que quería que su equipo perdiera por ver si así él lograba salvarse».

El fútbol es el más serio de los asuntos que no tienen ninguna importancia y yo no soy nadie para meterme a pontificar en casa ajena. Me consta que Mercutio es, además, un buen tipo, por lo que en principio no tendría motivo alguno para llevarle la contraria ni poner en solfa su razonamiento. Sin embargo, tengo algunos amigos madridistas que coinciden conmigo en que algo falla en un club que se revela incapaz de despedir a quienes más le han dado con los honores que merecen sólo porque en alguna ocasión, y a menudo sin razones objetivas, sienta que esos mismos que tanta gloria le otorgaron le han despreciado o relegado o, como poco, no devuelto la recompensa que la entidad cree merecer en virtud de sus galones. Hubo un primer síntoma cuando el florentinato inaugural se saldó con el sonrojante despido de Del Bosque después de que éste pergeñara una hoja de servicios impecable (el reciente episodio de Ancelotti ha dado la razón a quienes aseveran que la historia se da primero como tragedia y, más tarde, como farsa), pero equivocadamente creímos que el arrepentimiento presidencial era sincero y ni siquiera fuimos capaces de atisbar en su marcha la premonición de un readvenimiento tan triunfal como proclive a incurrir otra vez más en los vicios de antaño. Seguramente se le puedan poner muchos peros a Iker Casillas, pero desde luego no está entre ellos el que no se partiera la cara por el equipo al que consagró los mejores años de su vida. Reprocharle que no se alegrase de una victoria concreta en un momento en el que ese equipo estaba bajo la batuta de una persona que no sólo le tenía entre ceja y ceja, sino que además luchaba día tras día por echarle encima a la prensa y la afición, puede sonar tan absurdo como tildar de antipatriotas a los republicanos exiliados que no celebraron el gol de Marcelino a Rusia en la Eurocopa de 1964 o afear al trabajador puteado por el jefe que no desee otra cosa que la quiebra de la empresa. Reducir la carrera de Casillas a un gesto que posiblemente definiera su sentir de ese momento, pero que tampoco resulta especialmente comprometido —no frunce el ceño, no farfulla, no escupe, no se gira contrariado, sólo permanece inmóvil en el área, como una figura de cera o como una estatua de sal que atisba en el horizonte la prolongación de su agonía—, implica incurrir en esos olvidos selectivos que tan mal casan con el concepto señorial que de sí mismo tiene el Real Madrid. Los futbolistas, pese a lo que nos quieran vender, ni son héroes trágicos ni están revestidos por un sentido especial de la dignidad y la justicia. No son más que personas normales y corrientes a las que el azar somete a un escrutinio tan voraz como traumático que muchas veces les sitúa al límite de sus propias capacidades. La actitud de Casillas ante el Manchester City no deja de ser la del joven que duda cuando la vida le pone ante una encrucijada y constata cómo un eventual bien común termina por redundar en su perjuicio. Quién sabe lo que habría pensado, en ese preciso instante, de sospechar que unos años después el destino le brindaría la oportunidad de acabar entronizado en el lugar donde se inició la carrera del entrenador que un mal día le empezó a señalar como villano.

casillas

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