De San Fermín venimos

«A Pamplona hemos de ir», reza el estribillo popular que cada verano resuena con las vísperas del 6 de julio, y a Pamplona llegamos, cumpliendo el mandato, porque atravesábamos la mitad septentrional de España desde el este hasta el noroeste y porque entendimos que era el punto medio más exacto que podríamos localizar entre la lozanía frívola y juvenil de las playas gerundenses y la familiar y descorazonadora severidad de las brumas norteñas. Llegar a Pamplona a primeros de agosto, cuando el eco de los Sanfermines se ha diluido sólo en apariencia porque la ciudad entera aún lo tiene reverberando en sus tímpanos, es tan obsceno como aparecer de repente en la casa de unos amigos que dieron una fiesta el día anterior y aún no han tenido tiempo para limpiar y recoger los desperdicios. Se los encuentra uno legañosos, ariscos, intranquilos ante la llegada de un huésped con el que no contaban. Se esfuerzan en parecer buenos anfitriones, pero en realidad anhelan quedarse solos para reencontrarse consigo mismos, cerciorarse  de que en efecto todo ha pasado y proceder a comentar la jugada. Todo en la vida tiene su lugar, su tiempo y su costumbre. Un amigo me contó que hace años le dio por entrar en una iglesia justo cuando el párroco acababa de poner fin a los oficios. No le movían súbitas veleidades piadosas ni tenía propósito de enmienda: simplemente le habían entrado ganas de ir al baño y el templo fue lo más parecido a un lugar público que encontró por los alrededores. El sacerdote, meditabundo, se ocupaba de limpiar concienzudamente los enseres de la misa, que con mucho cuidado iba guardando en la sacristía. Cuando mi amigo le preguntó si podía hacer uso de las instalaciones sanitarias, le miró con cara de furia, le pidió que se largara y le dijo que el tiempo de su salvación había pasado y sólo le quedaba resignarse a su condena.

En Pamplona el tiempo propicio para la salvación comienza el 6 de julio, con el muy sonoro lanzamiento del chupinazo desde las balconadas consistoriales, y llega a su fin una semana más tarde, cuando en la plaza del Castillo una garganta lacrimosa se apaga lentamente en la última nota del «Pobre de mí». Lo que queda entre medias es una suerte de ceremonia para iniciados y advenedizos de la que resulta imposible sustraerse, aun habiéndose extinguido, porque el camino hacia el centro, y los recovecos del centro mismo, parecen carecer de otra razón de ser que la que brinda la propia fiesta. Es esa palabra, la que tituló la edición española del The Sun Also Rises, la que más emplean los autóctonos para definir los Sanfermines. Es ese justo término, en su acepción más salvaje, el primero que viene a la mente al imaginar la ciudad tomada por las hordas blanquirrojas, en ese aquelarre de alcohol y felicidad con que se saluda por estos pagos al verano. «En cuanto acaba un San Fermín vivimos esperando ya al siguiente», nos confiesa un camarero tras la barra de un bar situado muy cerca del ayuntamiento, ese coqueto pastel barroco que en esta noche apacible reposa embelesado en su escueto rincón en sombras, y hay algo en el ambiente de esa resaca que acaba de empezar y que concluirá dentro de un año, justo en tal día como hoy, cuando Pamplona vuelva a ser Pamplona, o lo que ella misma entiende que significa ser Pamplona, y los astados abandonen una vez más los toriles. Hay al filo de la medianoche un estado de tensa calma en la terraza del Iruña, porque todos saben que la espera se termina haciendo siempre más larga de lo deseable. «Toros, bancos y Opus Dei», dice alguien en una mesa cercana tratando de revelar a sus compañeros de mesa las tres patas que, a su entender, conformarían el banco de la santísima trinidad pamplonica. Sobre el escaparate de una chocolatería de la calle de la Estafeta, alguien ha colocado una réplica del santo que, en vez de su bastón, transporta un enorme churro como emblema publicitario. En un balcón vemos cómo se sienta un mastín dispuesto a convertirse en el más aventajado espectador de los Sanfermines del futuro. El hotel La Perla deja que sus galones refuljan en la suave brisa de la noche agosteña. Muy cerca, un Hemingway de bronce se apoya en el mostrador a la espera de que le sirvan otra copa. «A mediodía del sábado 6 de julio, la fiesta estalló», reza la frase que escribió en 1926 y que no deja de reescribirse un año, y el otro, y al siguiente.

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