El milagro de As Catedráis

Dicen que As Catedráis fue un invento madrugador de Leopoldo Calvo-Sotelo cuando, allá por los tiempos de la denostada Transición, quiso aprovechar el aire que le daban sus responsabilidades como presidente del Gobierno para ejercer, a ratos muertos, de profeta de su tierra. Regresaba todos los veranos el político al Ribadeo de su infancia, recorría en su vespino los tortuosos caminos costeros que atraviesan un litoral de escarpadas sinuosidades y surcaba en su bote de remos las olas al filo del crepúsculo. En todos los casos acababa desembocando en el mismo recodo: un arenal obsequiado con inverosímiles formas rocosas al que los lugareños llamaban Augas Santas y que él tuvo a bien rebautizar aprovechando el singular parecido entre las improbables filigranas diseñadas por la naturaleza y los arbotantes de las catedrales góticas. A los gallegos se les da de fábula encontrar oasis en lo más profundo del desierto. No mucho después, seguramente tras la copiosa ingesta de un capón de Villalba, Manuel Fraga desempolvaría los vetustos cronicones del Medievo para sacarse de la manga el Xacobeo. A Calvo-Sotelo, mucho más austero y comedido que su paisano, le bastó con el sopor de los interminables atardeceres estivales para empezar a convertir un rincón ignoto del noroeste peninsular en un nuevo paradigma de la religión turística cuando ésta aún se estaba instaurando y su maná parecía muy lejos de regar todo lo que se distanciara de la jovialidad mediterránea. Quizás el segundo presidente de nuestra democracia fue, además de un chovinista, un visionario.

Hasta hace unos años, los asturianos veíamos la playa de Las Catedrales como un enclave evocador que nos aguardaba al otro lado de la ría del Eo por si en algún viaje largo creíamos conveniente detener unos momentos el coche en sus orillas. Pese a que ya había empezado Calvo-Sotelo a hablar de ella por los mentideros de Madrid, se resistió a dejar de ser un rincón discreto donde lo mismo se podía fumar un cigarrillo y escribir una carta al señor juez si no venían las cosas muy bien dadas que llevar a la novia a buscar un refugio apropiado en las siempre insuficientes horas de bajamar. Más o menos como cualquier otra cala próxima. Tengo un amigo que comenzó a tomar muy pronto los caminos de La Coruña y solía parar allí a aspirar un poco de aire fresco antes de proseguir ruta, y otro que veraneaba en Ribadeo y prefería las playas de los alrededores porque en Las Catedrales había poca arena y se hacía imposible jugar un partido de fútbol decente. Quiero decir que entonces, aún no hace tanto tiempo, nadie la veía como un rincón tocado por la gracia de los dioses ni se consideraba su visita ineludible si se pretendía acceder a los arcanos de Galicia. Como mucho había quien se paraba a estirar las piernas, tiraba alguna foto y la mostraba a su vuelta con la indiferencia de quien por aburrimiento se ha acabado trayendo un recuerdo de lo que no dejaba de ser un lugar de paso común para todo el que, sin abandonar las latitudes norteñas, quisiera dirigirse hacia el extremo occidente.  El sitio, vamos a decirlo ya, era muy bonito, pero carecía completamente de glamour. Ocurre que ahora la playa de Las Catedrales es As Catedráis a secas, con el topónimo en gallego y sin más preámbulos, lo cual demuestra que el milagro de Calvo-Sotelo necesitaba tiempo para guisarse a fuego lento y requería, además, la complicidad de unas instituciones que supiesen leer apropiadamente la jugada que el viejo mandatario dejó atada y bien atada. Tres décadas después de que su invento empezara tímidamente a hacer fortuna, la Xunta de Galicia acaba de restringir las visitas al antiguo arenal de Augas Santas para evitar que se repitan las aglomeraciones de los pasados estíos, pero al mismo tiempo ha desarrollado una campaña tan potente que casi da vergüenza andar por la provincia de Lugo sin sentir al menos la curiosidad de acercarse. Por puro azar pasamos por allí en medio del primer fin de semana de julio y pudimos dar fe del éxito: al menos tres aparcamientos llenos hasta arriba, chiringuitos de venta ambulante despachando como si en vez de a las puertas de las vacaciones estuviésemos en vísperas de un apocalipsis y el venturoso propietario del bar-restaurante situado como quien dice a pie de playa felicitándose a sí mismo por haberse mantenido fiel a su vocación primigenia en vez de emigrar al extranjero, como han tenido que hacer en esta época de crisis tantos y tan buenos compatriotas. Unos metros más allá, varias decenas de turistas subían y bajaban, entraban y salían, enseñando a diestra y siniestra los smartphones y los iPads en los que guardaban las reservas digitales efectuadas días atrás desde sus domicilios con un rigor prusiano. No había chanclas ni toallas ni balones hinchables en la arena, sólo teléfonos móviles capturando imágenes de cada grieta como si no hubiera un mañana. Los diarios del fin de semana celebraban el aluvión con entusiasmo, y en un reportaje de El Progreso destacaban que As Catedráis era el destino más visitado de Galicia después de la mismísima catedral de Santiago. Me pareció bonita la imagen de Manuel Fraga Iribarne y Leopoldo Calvo-Sotelo congratulándose en su limbo de meigas por haber sabido ver mucho más allá de sus respectivos porvenires. Por comprender que, allí donde no llegue la inteligencia, siempre llegará el marketing. Recordé que hace muchos años, en una visita que hice a Santiago coincidiendo con el primer Xacobeo triunfal, tuve el dudoso honor de presenciar cómo dos amables desconocidos se liaban a hostias en plena girola catedralicia, agobiados ante las dificultades para acceder al camarín donde se abrazaba al santo. Dijo Juan Benet que lo mejor para fomentar la lectura era prohibirla. Evidentemente, exageraba. Benet, ingeniero de caminos y forjador de mundos, por fuerza tenía que saber que para promocionar algo no es necesario penalizar su consumo. Basta, sencillamente, con restringir el acceso.

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