Por qué soy del Sporting

Se cumplen estos días veinte años de mi primera visita a El Molinón. Ocurrió en los estertores de la temporada 94/95, en el partido de vuelta de la promoción de descenso a Segunda División. El adversario era el Lleida y el Sporting logró, no sin sufrimiento, vencer por tres goles a dos. Recuerdo que fui allí con mis primos Juanjo y Carlos, que nos colocamos en un rincón de la grada de pie del Fondo Norte y que había por allí una peña que creo que ya no existe y cuyos miembros nos acogieron con tanto entusiasmo como si siempre hubiésemos sido de los suyos. Recuerdo que alguien nos explicó, alevines como éramos (yo tenía catorce años y mis acompañantes trece y once, respectivamente), que podíamos insultar al árbitro todo lo que quisiéramos, pero jamás pelearnos entre nosotros. Recuerdo que en plena apoteosis tras la victoria alguien descendía las escaleras del estadio cantando «Gijón entera se va de borrachera», y que en un momento dado discernimos a Juanele, que ya estaba en el Tenerife, paseando solitario entre los vomitorios de la Tribunona. Recuerdo también —y esto es más raro, porque no deja de ser una menudencia— que era una noche fresca de verano y que las entradas habían costado quinientas pesetas porque se había decidido convertir el campo en una olla a presión y que en consecuencia no cabía un alfiler en las gradas: mi primera visión de El Molinón fue la de un coliseo lleno y rugiente, muy distinta a la que se empezaría a ver en los años posteriores. Lo que peor recuerdo es el partido en sí: sé que fue un largo suspiro porque no conseguimos marcar hasta que comenzó el segundo tiempo y me intuyo brincando de felicidad con los goles de mi equipo, pero he tenido que buscar en Internet para averiguar que los tantos los marcaron Pier, Sabou y Lediakhov. Ahora sé que el Sporting cumple hoy, precisamente hoy, 110 años de vida, por lo que imagino que en aquellos tiempos andaría en vísperas de celebrar los 90. No creo que lo supiera entonces, del mismo modo que no lo he sabido hasta ahora. Lo que sí sé es que en estos precisos instantes, al rememorar la vertiginosa velada de la promoción a orillas del Piles, he escrito «mi equipo» y quizás lo haya escrito mal, porque últimamente estoy bastante seguro de que yo empecé a ser del Sporting aquella misma noche. No es ésta una cuestión baladí. Fue Manuel Vázquez Montalbán quien con más acierto formuló aquello de que, así como se puede cambiar de casa, de ciudad o de pareja sin grandes complicaciones, es completamente imposible que uno se cambie de equipo, al menos si hablamos de cuestiones balompedísticas. La vida, al fin y al cabo, consiste fundamentalmente en decidir. Hace veinte años, sin que nadie me obligase, decidí ser del Sporting. Intentaré explicar por qué.

Lo primero que debo decir es que tardé bastante en aficionarme al fútbol y que existen dos razones bien fundadas para esa anomalía. La primera tiene que ver con que era un asunto del que no se hablaba mucho en casa: a mi madre le resultaba completamente ajeno, mi padre apenas tenía tiempo para partidos y mi crianza como niño avecindado en pleno centro urbano, y no en un barrio, me desposeyó de una pandilla que me ilustrase acerca de todo aquello de lo que no se me hablaba en el confortable hogar. La segunda razón me atañe en exclusiva y tiene que ver con mis propias circunstancias. En la época escolar, yo era el típico gordito manazas incapaz de correr tres zancadas sin terminar al borde del sofoco, y eso me convertía, recreo tras recreo, en víctima recurrente de un apartheid que unas veces me entristecía y otras me ponía de mala hostia: siempre que el guaperas de turno salía al patio y botaba el balón de reglamento que le habían dejado por el cumpleaños y de inmediato se sobreentendía que tendríamos partido, yo era el último al que elegían los capitanes de los equipos que se improvisaban a tal efecto. Durante unos minutos eternos comprobaba cómo los más altos, los más guapos, los que con más tino pateaban la pelota, desfilaban sonrientes hacia la fila en la que se alineaban sus inminentes compañeros mientras yo aguardaba pacientemente mi turno en el furgón de cola. Como es natural, siempre me tocaba ser portero. Durante mucho tiempo pensé que todo aquello era muy cruel, además de injusto. Con la perspectiva que dan los años, debo reconocer que quienes me relegaban al último lugar tenían más razón que un santo. Puede que como sufridor fuera ejemplar, pero como futbolista era nefasto. Una vez hasta me metió un gol un jugador del equipo contrario que, en lo que se tarda en provocar un córner y sacarlo, logró convencerme de que en realidad era uno de mis defensas. Que aquellos partidos de los recreos se convirtieran con frecuencia en enfrentamientos de quince contra veintisiete no me exime de nada: yo era un paquete, y punto.

Así pues, creo que es comprensible que no mostrase ninguna inclinación por un deporte en el que se me despreciaba con tanta saña. Durante muchos años lo ignoré todo acerca de la Liga, sus figuras estrella y sus entrenadores carismáticos. Empecé la EGB con la Quinta del Buitre y la terminé con el Dream Team de Cruyff, así que los más avezados imaginarán que atendía a muchas conversaciones con la misma sensibilidad que puede exhibir un pulpo encerrado en un garaje. A la dicotomía habitual a lo largo y ancho de toda España, Madrid o Barcelona, se unía en Asturias una más inmediata y acuciante que afectaba directamente a la mismísima línea de flotación de nuestro statu quo. Declararte barcelonista delante de un confeso admirador de Míchel podía procurarte un buen choteo, pero decir que seguías al Sporting delante de un hincha del Oviedo era causa suficiente para recibir una sonora bofetada. ¿Y de quién era yo? Mi padre se decía del Sporting, pero no era el suyo un forofismo excesivo: sólo se paraba a ver algún partido si coincidía que lo pasaban por la tele, y ni lo veía llorar por las derrotas ni exhibía un júbilo voraz tras la victoria. Mi abuelo materno, persona elegante y exquisita donde las hubiera, era un oviedista contumaz, pero parecía guardarse para sí todo lo que tuviera que ver con las devociones: jamás le escuché pronunciar una palabra más alta que otra, y aparentaba sentir por su equipo tanta indiferencia como respeto mostraba siempre por sus rivales. En realidad no era exactamente así: tenía un problema de corazón y el médico le había prohibido emocionarse más de la cuenta con el fútbol, así que procuraba controlar sus pulsiones. Era miembro de una peña azul y solía viajar con ella a los desplazamientos del Oviedo, pero se quedaba fuera de los partidos para cumplir literalmente la prescripción de su cardiólogo. En aquellos tiempos en los que no había canales satélite y la televisión sólo emitía dos partidos cada fin de semana, él no se atrevía a ver en directo al equipo de sus amores, pero a cambio era el primero en conocer el resultado.

Por culpa de mi abuelo, que era culé como el que más y se vino a vivir con nosotros cuando la vida le empezó a castigar con sus reveses, me hice yo del Barça, y por culpa de las conversaciones que empecé a tener con él cuando se instaló en la habitación contigua me comenzó a interesar el fútbol. También él fue el responsable de que yo no desechara del todo la opción oviedista hasta que ya no hubo más remedio. Hace algún tiempo conocí a un profesor universitario que había hecho en sus ratos libres un estudio sobre la afición futbolística en Asturias y el modo en que el territorio determinaba las querencias. Se concluía de su trabajo que los municipios rurales y de interior preferían al Oviedo, mientras que los costeros e industriales se decantaban por el Sporting. Para los primeros, el concepto de «capital» connotaba la prosperidad y el progreso que buscaban para sí mismos o para sus descendientes. En el caso de los segundos, pesaba más el talante marinero y su proximidad a la idiosincrasia siderúrgica y minera a través de las vías que trasladaban el carbón hasta las grandes fábricas primero y hacia el puerto de El Musel algo más tarde. Como teoría no es mala, pero tampoco sé si acierta plenamente. Lo que sé es que en mi caso pesaron otros factores. El principal, la distinta apreciación que tenía de ambas ciudades. En Gijón pasábamos los veranos y eso la convertía en un lugar mucho más diáfano, simpático y acogedor que una Oviedo a la que sólo acudíamos para hacer la tediosa compra del mes en el centro comercial de las Salesas y aguardar turno en la sala de espera del dentista, asomada a una terraza desde la que veíamos caer la bruma cenicienta de las tardes de otoño sobre las arboledas del Campo de San Francisco y el reloj de La Escandalera. Eso ya me predisponía a favor del Sporting, pero tampoco acababa de enemistarme con el Oviedo. En realidad, el único responsable de esto último fue el propio Oviedo. O, mejor dicho, uno de sus más afamados buques insignia de aquellos años.

La temporada 94/95 se abrió con el Sporting ganando por dos goles a uno al Barça en El Molinón. Todavía recuerdo la algarabía que se montó en el bar donde veíamos el partido. Hubo quien quiso ver aquello como una premonición, pero en realidad fue un espejismo. El equipo empezaba a no dar pie con bola, comenzaban a frecuentar la alineación extranjeros de nombre impronunciable que importaba de quién sabe qué oscuras agencias de contratación un ex piragüista sobrevenido en mercader y cada jornada era una estación más en un deprimente via crucis que sólo podía llevar desde la nada hasta las más altas cotas de la miseria. El Oviedo, por el contrario, atravesaba una etapa bastante aseada de su historia, se manejaba con comodidad en una división en la que aún no había hecho los diez años y ganaba los derbis, que en Asturias eran la verdadera piedra de toque para discernir cuál de las dos escuadras merecía ser considerada el equipo por antonomasia. Creo que, como recompensa al trabajo bien hecho, el Oviedo volvió a repetir puesto en la novena plaza al terminar aquel curso. Las circunstancias del Sporting fueron más dramáticas: el equipo acabó cayendo a la posición decimoséptima, lo que le obligaba a jugarse el descenso a Segunda contra el Lleida en un duelo a doble eliminatoria. La revista Don Balón publicó un amplio reportaje sobre esa promoción que incluía dos entrevistas con un futbolista catalán y otro asturiano que daban su opinión sobre la disputa. Creo recordar que el jugador catalán era Roger, que por aquellos días empezaba a despuntar en el Barça y decía que sus ánimos iban para el Lleida porque era un equipo de su tierra y porque en sus filas jugaba un hermano suyo cuyo nombre se me ha ido de la memoria. Me parecieron dos motivos sólidos y comprensibles. El futbolista asturiano era Oli, que por entonces despuntaba en el Oviedo como delantero estrella, y decía que, pese a ser un equipo de su tierra, el Sporting había hecho una temporada tan mala que había demostrado ser indigno de jugar en la primera división y merecía, en consecuencia, una rauda bajada a los infiernos de Segunda. La entrevista iba acompañada de una fotografía en la que Oli miraba al frente con la boca apretada y la mirada arrogante de quien sabe que lleva las de ganar. Me parece que el pie le definía como un jugador carismático. Yo sólo sé que a mí, en aquel momento, me pareció un gilipollas. Por alguna extraña asociación de ideas, pensé que el Oviedo era el gallito que a la hora del recreo bota su balón de reglamento, saca pecho y procura calmar sus propios complejos por el siempre taxativo método de humillar a los demás. El Sporting era, según aquel estado de cosas, el niño gordito al que la vida ha colocado en situación de verlas venir y, resignado, aguarda bajo los palos a que de un lado u otro llegue el golpe que le haga partirse la boca contra el suelo.

Aquella tarde, después de leer el reportaje de esa revista que no volví a comprar nunca más, tomé no una, sino dos decisiones que habrían de marcar el resto de mi vida. La primera fue que, en lo sucesivo, y en lo que a mí me atañía, los del Oviedo, con la única excepción de mi abuelo (que se encogió de hombros con un resignado «qué le vamos a hacer» cuando le resumí lo que había dicho su delantero), podían machacársela contra una piedra. La segunda me llevó a telefonear a mis primos Juanjo y Carlos, que vivían en Gijón, para preguntarles si tenían pensado ir a ver el partido en el que el Sporting se iba a jugar la permanencia. Dijeron que sí. Yo me compré una bufanda y me fui con ellos. Aquella fue la primera noche que pisé El Molinón. A partir de entonces no hubo ya más equipo que el Sporting. De lo que fue ocurriendo después ya he escrito otras veces.

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Una respuesta a Por qué soy del Sporting

  1. CríticoConstructivo dijo:

    Yo siempre he sido sportinguista y como asturiano me gusta que ganen los equipos asturianos. El el caso del Real Oviedo me pasa lo que a ti: son las declaraciones de los oviedistas contra el Sporting y contra Gijón las que de alguna manera me hacen ser antioviedista, aunque no está en mi naturaleza el serlo. Por otro lado me fastidia que venga un extranjero a provocar enfrentamientos entre dos equipos asturianos (mexicano para más señas). En el fondo me gustaría que el Oviedo pudiese ser mi segundo equipo, pero visto el comportamiento de los Oviedistas hacia el Sporting , no va a ser posible.

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