Algunas veces pienso en los viejos amigos que se han ido, como hacía Luis Alberto de Cuenca en un poema memorable, y compruebo con qué apacible resignación vamos soportando los estragos de la vida. Nuestros padres solían advertirnos para que no nos engañáramos. Nos decían que nuestras compañías cambiarían al cabo de los años, como probablemente cambiarían nuestra ciudad y nuestros gustos y nuestra escala de valores, pero no les hacíamos caso porque entendíamos que nuestros padres no podían saber nada de la vida y porque estábamos seguros de que en ningún caso cometeríamos los errores en los que habían incurrido ellos. Se aprende tarde que el mundo gira de idéntica forma para todos, e inevitablemente llega el momento en el que uno se detiene, echa la vista atrás y se pregunta qué habrá sido de aquellos que durante el tramo inicial, y acaso el más relevante del camino, anduvieron a nuestro lado. En qué momento cogieron el desvío que les fue conduciendo a otro destino. Por qué no nos percatamos entonces de que se alejaban. Qué fue lo que hizo que no nos sintiéramos interpelados al comprobar que el distanciamiento se transformaba en ausencia.
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Miguel Barrero (Oviedo, 1980) ha publicado las novelas Espejo (premio Asturias Joven; KRK Ediciones, 2005), La vuelta a casa (KRK Ediciones, 2007), Los últimos días de Michi Panero (premio Juan Pablo Forner; DVD Ediciones, 2008), La existencia de Dios (Trea, 2012), Camposanto en Collioure (Prix International de Littérature de la Fondation Antonio Machado; Trea, 2015) y El rinoceronte y el poeta (Alianza, 2017). También es autor de los ensayos Las tierras del fin del mundo (Trea, 2016) y La tinta del calamar (Trea, 2016; premio Rodolfo Walsh 2017). Codirigió el documental La estancia vacía (2007).