Los viejos amigos

Algunas veces pienso en los viejos amigos que se han ido, como hacía Luis Alberto de Cuenca en un poema memorable, y compruebo con qué apacible resignación vamos soportando los estragos de la vida. Nuestros padres solían advertirnos para que no nos engañáramos. Nos decían que nuestras compañías cambiarían al cabo de los años, como probablemente cambiarían nuestra ciudad y nuestros gustos y nuestra escala de valores, pero no les hacíamos caso porque entendíamos que nuestros padres no podían saber nada de la vida y porque estábamos seguros de que en ningún caso cometeríamos los errores en los que habían incurrido ellos. Se aprende tarde que el mundo gira de idéntica forma para todos, e inevitablemente llega el momento en el que uno se detiene, echa la vista atrás y se pregunta qué habrá sido de aquellos que durante el tramo inicial, y acaso el más relevante del camino, anduvieron a nuestro lado. En qué momento cogieron el desvío que les fue conduciendo a otro destino. Por qué no nos percatamos entonces de que se alejaban. Qué fue lo que hizo que no nos sintiéramos interpelados al comprobar que el distanciamiento se transformaba en ausencia.

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Durar mil primaveras

¿Existía Mondoñedo antes de que llegase Álvaro Cunqueiro? La respuesta parece obvia, pero podría no serlo tanto. Si bien es cierto que los textos de los historiadores y las investigaciones arqueológicas concluyen que la melancólica villa que hoy se alza en la mitad septentrional de la provincia de Lugo, en el centro de la comarca que llaman de la Mariña, aparece mencionada por primera vez en documentos del siglo XII, y que por sus alrededores se han encontrado poblados castreños que certifican que aquellos pagos estuvieron habitados desde mucho antes, no es menos verdad que todo o la mayor parte de cuanto el viajero puede llegar a tropezar por las intrincadas calles que la configuran parece haber salido de la imaginación de quien fue su hijo más ilustre. Como si, en vez de servirse de la Historia, hubiera sido la Historia quien aprovechó las dotes de Cunqueiro para forjarse a sí misma en estos rincones que por momentos dan la impresión de resistir en los márgenes del tiempo.

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Quedar sin historias

Los últimos cines que quedaban en el centro de Gijón cerraron sus puertas para siempre hace unos días. Como noticia puede no parecer gran cosa, pero en realidad su formulación encierra una realidad tristísima. Una ciudad sin cines, igual que una ciudad sin librerías, sin galerías de arte o sin bibliotecas, es una ciudad incompleta. En los años en los que llegó a parecer que todo el monte acabaría siendo orégano, mi ciudad natal contó hasta con cinco salas de exhibición cuyos nombres aún pueden recitar de memoria los veteranos. Cuando entré en la pubertad, apenas quedaban dos. Me tocó debutar como periodista cubriendo la clausura de la última para el periódico local. «Este pueblo se queda sin historias», me dijo lloroso el acomodador a punto de iniciar el que interpretó como su último acto de servicio. Aquel cine se llamaba Esperanza, lo que me facilitó el hallazgo de un titular evidente. Muchos años después sigo pensando que fue el reportaje más triste que he tenido que escribir nunca.

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«Toquen La Marsellesa, ¡tóquenla!»

Es una escena que me gusta mucho y que recuerdo en fechas como la de hoy, aniversario del inicio de la Revolución Francesa, quizá la única insurrección exitosa de la Historia o al menos la que basó sus postulados en la reivindicación de tres conceptos —libertad, igualdad, fraternidad— perfectamente defendibles a través del tiempo y del espacio. En el transcurso de aquellos acontecimientos que estuvieron mil veces a punto de torcerse y mil lograron enderezarse, el capitán de ingenieros Claude-Joseph Rouget de Lisle escribió La Marsellesa, que aunque acabó siendo prohibida en los años del Imperio y la Restauración terminó consolidándose como himno nacional francés a partir de la III República. Es una canción bélica, como se corresponde a la vocación de un militar que no perseguía más fin que arengar a sus tropas de cara a un inminente conflicto contra Austria. Habla de traidores, de reyes conjurados y de cortes extranjeras que vienen a «hacer la ley en nuestros hogares». También de jóvenes héroes, de días de gloria y de guerreros magnánimos.

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Cantando cosas de amor

No lo recuerdo, pero la anécdota siempre sale a relucir en las reuniones familiares: andaba yo por los cinco años de edad cuando, por razones de trabajo, tuvimos que trasladarnos a Madrid durante un mes, y no paré de darles a mis padres la matraca hasta que una tarde, con cuarenta grados a la sombra, se subieron conmigo a un autobús que pasaba junto a la Puerta de Alcalá. Estaba reciente en esas fechas Para la ternura siempre hay tiempo, el doble elepé que consagraría la canción de Suburbano, y al parecer nada me divertía más en esos días azules que tararear machaconamente el estribillo para desgracia de mis familiares más cercanos y deleite de las visitas. Viene a cuento este preámbulo porque cuando «La Puerta de Alcalá» sonó bajo el cielo de Gijón, en lo que fue la recta final del concierto que inauguraba la gira adscrita al disco Canciones regaladas, reparé en que llevo ya tres décadas tarareando esos mismos versos, lo que en mi caso viene a implicar toda una vida, y que por tanto en la plaza de la Universidad Laboral, más que una actuación, se estaba dirimiendo una cuestión personal.

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