«Toquen La Marsellesa, ¡tóquenla!»

Es una escena que me gusta mucho y que recuerdo en fechas como la de hoy, aniversario del inicio de la Revolución Francesa, quizá la única insurrección exitosa de la Historia o al menos la que basó sus postulados en la reivindicación de tres conceptos —libertad, igualdad, fraternidad— perfectamente defendibles a través del tiempo y del espacio. En el transcurso de aquellos acontecimientos que estuvieron mil veces a punto de torcerse y mil lograron enderezarse, el capitán de ingenieros Claude-Joseph Rouget de Lisle escribió La Marsellesa, que aunque acabó siendo prohibida en los años del Imperio y la Restauración terminó consolidándose como himno nacional francés a partir de la III República. Es una canción bélica, como se corresponde a la vocación de un militar que no perseguía más fin que arengar a sus tropas de cara a un inminente conflicto contra Austria. Habla de traidores, de reyes conjurados y de cortes extranjeras que vienen a «hacer la ley en nuestros hogares». También de jóvenes héroes, de días de gloria y de guerreros magnánimos.

Hubo otro momento en el que la interpretación y escucha de La Marsellesa estuvieron prohibidas en el país que la alumbró. Fue entre 1940 y 1945, en plena II Guerra Mundial y con el gobierno de Vichy haciendo la vista gorda ante los nazis mientras De Gaulle oficiaba de defensor de la patria desde el otro lado del canal de la Mancha. En ese contexto histórico se ambientaba la obra teatral Everybody comes to Rick’s, de Murray Burnett y Joan Alison, que nunca fue puesta en escena pero en la que se inspiró Michael Curtiz para rodar uno de los grandes clásicos del cine. Casablanca se ambienta en la ciudad homónima, que pese a oficiar de puerto franco se encuentra bajo el control de los colaboracionistas y a la que acuden los opositores al nazismo en busca de visados que les permitan trasladarse a Lisboa para emprender desde la capital portuguesa el viaje hacia el otro extremo del Atlántico. Uno de esos huidos es el resistente Victor Laszlo, que en un momento de la película, tras mantener una conversación con el propietario del Rick’s, escucha cómo un grupo de oficiales nazis se arranca a cantar un himno alemán con el acompañamiento del piano y, agitado por ese impulso irracional, imparable y a menudo peligroso que solivianta las coordenadas de la conciencia, se dirige a la orquesta para pedir a los músicos que interpreten La Marsellesa. «Toquen La Marsellesa, ¡tóquenla!», dice. Los instrumentistas le miran como se mira a un loco y buscan luego el permiso del dueño del local, un magistral Humphrey Bogart que asiente desde las escaleras mostrando así lo que el espectador hasta ese instante sólo habría podido sospechar: la adhesión a la causa del propietario de ese local en cuyas mesas conviven hombres y mujeres en busca de libertad con canallas dispuestos a aprovecharse de la menor miseria que puedan hallar en sus alrededores. La orquesta empieza a tocar La Marsellesa bajo el mando de la batuta imaginaria de Laszlo, y en sólo unos segundos todo el local, puesto en pie, silencia a los oficiales alemanes —que al principio tratan de mantener el pulso incrementando inútilmente el volumen de sus voces— porque todos los que esa noche se encuentran en el Rick’s Café Americano están de pronto cantando entre lágrimas, a voz en grito, esos versos que hablan de traidores y reyes conjurados y extranjeros que quieren imponer leyes ajenas en nuestras casas, y tal vez mientras lo hacen añoran que aparezcan otros jóvenes héroes, más guerreros magnánimos que alumbren días de gloria como los que se iniciaron aquel 14 de julio de 1789, que por cierto cayó en martes. Unas pocas horas antes de que los primeros valientes parisinos se lanzaran a tomar la Bastilla, cuando estaba a punto de acostarse en sus aposentos de Versalles, el monarca Luis XVI resumió los avatares de la jornada con una sola anotación en su diario: «Rien». Es decir, nada.

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