Quedar sin historias

Los últimos cines que quedaban en el centro de Gijón cerraron sus puertas para siempre hace unos días. Como noticia puede no parecer gran cosa, pero en realidad su formulación encierra una realidad tristísima. Una ciudad sin cines, igual que una ciudad sin librerías, sin galerías de arte o sin bibliotecas, es una ciudad incompleta. En los años en los que llegó a parecer que todo el monte acabaría siendo orégano, mi ciudad natal contó hasta con cinco salas de exhibición cuyos nombres aún pueden recitar de memoria los veteranos. Cuando entré en la pubertad, apenas quedaban dos. Me tocó debutar como periodista cubriendo la clausura de la última para el periódico local. «Este pueblo se queda sin historias», me dijo lloroso el acomodador a punto de iniciar el que interpretó como su último acto de servicio. Aquel cine se llamaba Esperanza, lo que me facilitó el hallazgo de un titular evidente. Muchos años después sigo pensando que fue el reportaje más triste que he tenido que escribir nunca.

Cuando con veinte años por cumplir me presenté en Madrid por vez primera, me llamaron la atención dos cosas: el porte monumental del Edificio España y los carteles pintados a mano que, en los cines de la Gran Vía, anunciaban los últimos estrenos. El Edificio España ahora lo quiere derribar un chino y en la Gran Vía quedan pocos cines en activo, más bien casi ninguno, que aún quieran pagar a un pintor profesional para que les ilustre lo que ya muestran a la perfección los carteles que llegan manufacturados de la fábrica. Probablemente sea una frivolidad quejarse de esto: fuimos nosotros quienes dictamos sentencia en el momento en el que preferimos las multisalas de El Corte Inglés a las butacas venerables del Excelsior, y nunca nos detuvimos mucho tiempo a admirar el Broadway castizo que fabricaban para nosotros las manos invisibles de artistas sin nombre ni página en la Wikipedia. Era desoladora la estampa de las salas cinematográficas desiertas en el corazón de las ciudades grandes, medianas y pequeñas, mientras rebosaban las patatas fritas y las palomitas en el aforo de las superficies comerciales periféricas en las que podías engullir la última de Pixar entre un Mc Menú y una visita rápida a la Fnac. Ahora que en Gijón ya no quedan cines yo recuerdo cómo a Bill Murray lo atrapó el tiempo en el interior de los Hollywood, y que las Tortugas Ninja llegaron a hacerse fuertes en la pantalla del Hernán Cortés, y hasta me veo capaz de recrear el cartel que mostraba a Kevin Costner disfrazado de Robin Hood a las puertas del Albéniz. Tengo frescas las carteleras veraniegas del Arango, las colas ante la taquilla del María Cristina y también la estampa decrépita del Robledo, tal y como aparece al principio de Volver a empezar. Hace tiempo que su aspecto es otro: convertido en un moderno edificio de apartamentos y oficinas, sus bajos alojaron un McDonald’s hasta hace como quien dice cuatro días, y parece ser que pronto albergarán una sucursal de Zara. Algunas veces paso junto a él y pienso que, de algún modo, ese edificio viejo y noble quiso dar la voz de alarma cuando ninguno estábamos aún preparados para interpretarla. No entendimos que nos advertía de que nos acabaríamos quedando sin historias, casi siempre a costa de tragar los cuentos que otros masticaban por nosotros.

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