Durar mil primaveras

¿Existía Mondoñedo antes de que llegase Álvaro Cunqueiro? La respuesta parece obvia, pero podría no serlo tanto. Si bien es cierto que los textos de los historiadores y las investigaciones arqueológicas concluyen que la melancólica villa que hoy se alza en la mitad septentrional de la provincia de Lugo, en el centro de la comarca que llaman de la Mariña, aparece mencionada por primera vez en documentos del siglo XII, y que por sus alrededores se han encontrado poblados castreños que certifican que aquellos pagos estuvieron habitados desde mucho antes, no es menos verdad que todo o la mayor parte de cuanto el viajero puede llegar a tropezar por las intrincadas calles que la configuran parece haber salido de la imaginación de quien fue su hijo más ilustre. Como si, en vez de servirse de la Historia, hubiera sido la Historia quien aprovechó las dotes de Cunqueiro para forjarse a sí misma en estos rincones que por momentos dan la impresión de resistir en los márgenes del tiempo.

Cuando el autor de Merlín y familia exhaló su último suspiro, el 28 de febrero de 1981, todo el pueblo salió a la plaza de la catedral para despedir con honores al hombre que había rodeado con un aura mítica lo que no dejaba de ser una vieja sede episcopal venida a menos. Aún se conservan fotografías de los multitudinarios funerales que retratan bien ese deambular cabizbajo de gentes de muy diverso pelaje en pos de un féretro que salía en busca de su reducto natural, el camposanto que se abre a las afueras y recibe a los visitantes llegados desde las orillas del Eo, tal que si temiesen que con su desaparición pudiesen acabar extinguiéndose ellas mismas. Cabe sospechar que, si no ocurrió tal cosa, fue porque Cunqueiro no utilizó la fantasía como un fin en sí mismo, sino como la herramienta más apropiada para reflejar una realidad que a cualquiera que no conozca estos pagos terminará por resultarle inverosímil. Por eso, cuando han transcurrido más de treinta años desde que sus huesos recibieran sepultura, es obligado rendir visita al cementerio para hacerse una idea de cómo era aquel Mondoñedo que tuvo que ver cómo se iba su hijo más incierto, pero también para iniciarse en el misterio y acometer una primera aproximación a los entresijos de una villa que dispensa mucho más de lo que ofrece al primer vistazo.

Álvaro Cunqueiro reposa en un  modesto nicho a ras de tierra, sin más presentación que una sencilla lápida en la que constan su nombre completo y la ya legendaria máxima que quiso acuñar como epitafio, pero cabe decir que no es el único muerto con pasado reseñable que ha encontrado su última morada en un recinto que las autoridades y la modernidad han tenido a bien reconvertir en parque público, haciendo de lo que antes fue lugar para el llanto y la desesperanza un coqueto espacio en el que uno puede pasear tranquilamente mientras se entrega al diálogo pausado y silencioso con las ánimas de sus inquilinos. Muy cerca de la sepultura cunqueiriana se encuentra el gran monumento funerario que sufragó la colonia gallega de Buenos Aires para perpetuar el recuerdo de Pascual Veiga, que empezó como organista en Betanzos y A Coruña y terminó componiendo la música del himno de Galicia, y unos pocos pasos más allá –al otro lado de las tapias que cercan la parte noble de la necrópolis, compartiendo terreno con los niños que tuvieron que despedirse de este mundo a una edad demasiado temprana para tener siquiera ocasión de aproximarse al significado mismo de la muerte– se encuentra la sepultura de Manuel Leiras Pulpeiro, un escritor republicano y rabiosamente anticlerical que adquirió fama merced a un único libro, Cantares gallegos, en el que elevaba a mito la figura del mariscal Pardo de Cela. También es esta última una figura, cuando menos, peculiar: perseguido y hostigado por los Reyes Católicos, a los que había despechado al declararse partidario de Juana la Beltraneja en los fragores de la guerra de sucesión castellana, fue condenado a muerte por un asunto de dinero –Pedro Enríquez, a la sazón obispo de Mondoñedo y tío de su esposa, le había ofrecido en dote todas las rentas del episcopado en el momento del matrimonio, detalle que no gustó nada a quien le sucedió en la curia–, y si el veredicto llegó a consumarse fue gracias a un ardid que dice pocas cosas buenas de las instancias eclesiásticas bajomedievales; según cuenta la leyenda, Isabel de Castro, la mujer de Pardo de Cela, consiguió suscitar la compasión de su tocaya Isabel la Católica y obtuvo un indulto real para su esposo, pero cuando iba a llevárselo en mano a las autoridades competentes fue retenida por varios fieles del nuevo obispo, que le dieron conversación en un puente próximo a la villa para hacerle perder tiempo y permitir que el verdugo realizara su trabajo, un juego en el que ella entró desconociendo que, mientras charlaba con aquellas gentes, la cabeza de su marido rodaba ya por los escalones del cadalso instalado en la plaza de la catedral. El puente en cuestión aún existe, recibe el curioso nombre, por irónico, de Ponte do Pasatempo y preside el muy bucólico barrio de Os Muiños, en donde el río emerge de las profundidades para discurrir, parsimonioso, entre las casas y cuyos canales hicieron que Cunqueiro se refiriese a él como la «Venecia mindoniense».

No resulta ocioso el haber llegado hasta aquí, porque a unos pocos kilómetros se abren las profundidades de la mágica Cova do Rei Cintolo, de tan grato recuerdo para los iniciados en la prosa cunqueiriana, y no muy lejos de donde ahora nos encontramos se levanta, precisamente, la casa en la que vino al mundo el propio Cunqueiro. Se trata de un edificio estrecho de dos plantas, próximo al suntuoso Seminario, a cuya vera se alza, majestuosa y discreta a un tiempo, la hermosa Fonte Vella, edículo renacentista que mandó levantar el obispo Diego de Soto en tiempos de Carlos V. Estamos, como quien dice, rozando la clave de bóveda: los eruditos en la materia coinciden en señalar la influencia que tuvieron, en la poesía y en la prosa del autor tras cuyas huellas caminamos, las historias que de niño pudo escuchar en las agitadas jornadas de mercado que se celebraban en el entorno del manantial; del mismo modo, el propio Cunqueiro señaló en alguna ocasión el magisterio que le debía a Manuel Ledo Bermúdez, el peluquero que regentaba la barbería do Pallarego, en los bajos de un edificio cercano, y al que él mismo definió como su gran maestro por haberle transmitido buena parte de sus conocimientos sobre filosofía, música, literatura y geografía. Y aunque tengamos la certeza de que no fue aquí donde el escritor encontró en su juventud aquel famoso mapa de Fontán que le permitió entrever, por vez primera, toda la grandeza de las tierras de Galicia, no podemos dejar de intuir que debieron de ser muy relevantes estos rincones en la conformación de la cosmogonía que se va trazando a medida que avanza el torrente de una obra casi inabarcable. Lo demuestra el propio enclave: las ventanas traseras de esta modesta casa natal, que pasaría totalmente inadvertida de no ser porque una placa en su fachada da fe de la excepcionalidad que le confiere el haber sido cuna de todo un creador de mundos, se abrían al llamado bosque da Silva, una exuberante arboleda, y Cunqueiro gustaba de encerrarse a escribir, en las temporadas que pasaba en la villa, en una habitación cuyas ventanas daban a aquel prodigio de la naturaleza; por otro lado, basta con salir de la casa y andar unos pocos metros para situarse, como quien no quiere la cosa, en lo que era y es el epicentro de la vida mindoniense.

Dicen algunos que, en tiempos, las cristaleras de las casas que se alinean frente a la sede catedralicia hubieron de ser retiradas porque el tañido de las imponentes campanas que habitan sus torres resquebrajaba los vidrios cada vez que se llamaba a misa de doce. Sea o no exageración, lo cierto es que la catedral de Mondoñedo es tan imponente que llega a dar la impresión de que es su mole la que sostiene a toda la villa, como si se tratara de un gigantesco pisapapeles que impide que el viento se lleve, en las jornadas más crudas del invierno, las calles y los edificios que la circundan. Pese a eso, no es fácil dar con ella de primeras. Parece como si la basílica jugara al escondite con el viajero, que en vano intentará usar sus torres como guía mientras se pierde y se encuentra por los recovecos que jalonan el sinuoso entramado urbano y sólo podrá apreciarla en su esplendor cuando, casi de improviso, se la tropiece al doblar cualquier esquina inesperada. Conviene adentrarse en sus naves, dotadas de esa belleza que emana de la sencillez, y deleitarse en la contemplación de las pinturas murales que milagrosamente se conservan a ambos lados de la bancada. Luego, lo más apropiado es salir al exterior y dejar pasar los minutos sin otra ocupación que no sea la de observar cuanto nos rodea. Repararemos, de ese modo, en el anciano relojero que, frente al pórtico catedralicio, mantiene abierta una tienda en la que es posible encontrar piezas que se creían extinguidas desde varios siglos atrás; admiraremos alguna que otra fachada cuyas particularidades nos obligarán a reparar en sus hechuras; y, sobre todo, nos encontraremos con el propio Álvaro Cunqueiro, que desde los primeros años de la década de 1990 reposa en un pequeño jardín, inmortalizado en una relajada actitud sedente con la que parece contemplar, entre lánguido y embelesado, la silueta que dibuja el perfil de la catedral al recortarse sobre el cielo. A sus pies se despliega el devenir de la villa, que amolda sus biorritmos a las distintas horas del día, y por allí acaban pasando, antes o después, todos los integrantes de un paisaje humano que no por carecer de narrador se ha resignado a despojarse de sus particularidades.

Son las de Mondoñedo gentes en las que vale la pena reparar. Hay quien ha consignado que, allá por los albores del siglo XX, aún era posible encontrar en el padrón gentilicios como Tristán o Lanzarote, dato que avala la teoría de que lo maravilloso bien puede estar presente en la cotidianeidad, y aunque no parece que en nuestros días permanezcan tan curiosas costumbres bautismales, no es menos cierto que el vecindario de la villa episcopal destaca por sus propios méritos y ha adquirido, en ocasiones, una reputación que logra trascender el estatus de las meras celebridades locales. A poco que uno callejee, no tardará en encontrar algún rastro del recordado Carlos Folgueras, que con el sobrenombre de O Rei das Tartas se afanó en que a lo largo y ancho de la península se conocieran las formas y el sabor del postre más típico de Mondoñedo. El local que acogió su primera pastelería –ubicado no muy lejos de la casa donde residió y cuya fachada le recuerda ahora con una placa y un medallón en el que se reproduce su efigie, a la que caracterizan de inmediato el gorro de cocinero y el frondoso bigote que tanto lució en vida– es ahora una casa-museo donde se exhiben fotografías de tan inusual confitero, fallecido en el verano de 1993, en las que aparece acompañado por los más variopintos representantes de la política, la cultura y el papel couché. Es posible que el viajero, tras reparar tanto en su biografía como en el legado que, en forma de franquicia, dejó a sus herederos, lamente no haber podido coincidir en el tiempo y el espacio con un personaje tan eminentemente cunqueiriano. No debe, sin embargo, desanimarse. Mondoñedo es terreno abonado para la sorpresa, y del mismo modo que puede descubrir en el santuario de Los Remedios unos magníficos retablos barrocos o escuchar cómo un lugareño le relata que el paseo de la Alameda fue el primer lugar de Europa donde se rindió un sentido homenaje al árbol, es seguro que terminará hallando, a la ida o a la vuelta de cualquiera de sus erráticos vagares por el pueblo, un escaparate en el que se exhiben diversos ejemplares de las novelas de Cunqueiro junto a fotos que retratan al escritor en todo tipo de poses. Azuzado por la curiosidad, se internará en la librería –en realidad, una especie de almoneda en la que conviven inmensos volúmenes polvorientos con imágenes de santos y piezas del pelaje más insospechado– para encontrarse allí a un personajillo menudo y bien entrado en la ancianidad que, tras recibirle con una sonrisa de bienvenida e indicarle con un simple gesto que puede mirar y tocar todo cuanto desee, desvelará el súbito enigma de su identidad con una sentencia que, inevitablemente, ha de suscitar la atención del recién llegado: «Sí, eu son o mago Merlín».

Hay que dedicar atención y tiempo para que llegue a desvelar del todo su secreto. Sabremos así que, una vez concluida su andadura por los ciclos artúricos, el mago Merlín salió en busca de un nuevo lugar en el mundo y terminó asentándose en las tierras de Miranda para recalar, algo más tarde, en Mondoñedo, donde vivió muchos años adoptando el nombre de Manolo Montero y ganándose el pan como librero hasta que Álvaro Cunqueiro se cruzó en su camino, deshizo las claves del enigma y lo contó todo en un libro que constituye una de las más altas cumbres de su obra y de toda la literatura hispánica de siglo pasado. El mago, lejos de sentirse traicionado, encajó la derrota con deportividad y desde entonces ya no se esconde de nadie, sino que escenifica en público sus conjuros y abre las puertas de su casa a todo aquél que muestre algo de interés. En sus aposentos se acumulan objetos de toda índole que son, en verdad, los vestigios de una vida milenaria dedicada a la magia y al encanto. Antes de despedirse del viajero, el mago contará que tiene diez hijos repartidos por el mundo, pero que no sabe nada de ellos, y que únicamente mantiene relación con una sobrina que regenta un hotel al borde de la carretera, justo frente a las puertas del cementerio por el que pasaremos otra vez cuando toque emprender el camino de vuelta a casa y comprobemos que llevamos en la cabeza más preguntas que respuestas.

¿Existió Mondoñedo antes de Álvaro Cunqueiro? Posiblemente sí, pero sin duda tuvo que ser un Mondoñedo muy distinto a éste en el que lo fabuloso resulta ser algo tan natural como la lluvia y que, a cambio de perder el abolengo del que llegó a disfrutar en otra época, se encuentra sometido a las imposiciones de esa gozosa condena que le obliga a durar, al menos, otras mil primaveras.

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