Se llamaba Josep Maria Flotats, como el actor, pero no había visto más bambalinas que la trastienda de su peluquería ni conocido otro escenario que los sillones donde día tras día acicalaba y ofrecía conversación a sus clientes. Tuve la suerte de cruzarme con él hace unos años, en Barcelona, cuando aparecí por la plaza Lesseps buscando las huellas de un cine derruido dos décadas atrás del que algo había leído y escuchado en la pluma de Marsé y en la boca de Serrat. Estaba allí solo, de pie, ante las puertas de su negocio, y se me ocurrió pedirle alguna indicación. Él, además de dármela, tuvo a bien obsequiarme con una somera historia del lugar donde nos encontrábamos –antaño un encantador rincón abierto más allá de las fronteras del Eixample, entonces un horror posmoderno dominado por el hormigón y la herrumbre– y también con un repaso tan frugal como intenso a las últimas décadas de una ciudad a la que el progreso, según él, iba camino de despojar de algunas de sus más acendradas señas de identidad.
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Miguel Barrero (Oviedo, 1980) ha publicado las novelas Espejo (premio Asturias Joven; KRK Ediciones, 2005), La vuelta a casa (KRK Ediciones, 2007), Los últimos días de Michi Panero (premio Juan Pablo Forner; DVD Ediciones, 2008), La existencia de Dios (Trea, 2012), Camposanto en Collioure (Prix International de Littérature de la Fondation Antonio Machado; Trea, 2015) y El rinoceronte y el poeta (Alianza, 2017). También es autor de los ensayos Las tierras del fin del mundo (Trea, 2016) y La tinta del calamar (Trea, 2016; premio Rodolfo Walsh 2017). Codirigió el documental La estancia vacía (2007).