La selección como síntoma

El gran problema del periodismo, puede que el principal, radica en que la premura con que se trabaja en las redacciones impide muchas veces establecer una reflexión sosegada y obliga a quienes deben cargar tintas a escribir en función de sus impulsos. Lo malo de llevar años en la profesión es que ese vicio puede llegar a estar tan acendrado que a veces uno termina escribiendo lo primero que se le viene a la cabeza y lanzándolo a los cuatro vientos sin pararse previamente a pensar en la pertinencia de aquello que se dispone a pergeñar. Viene a colación este preámbulo porque el viernes pasado estuve a punto de escribir unas impresiones rápidas a propósito del España-Holanda con que nuestra selección, en mala hora, se presentó en el Mundial de Brasil; pero, al no haber ocasión de hacerlo, he podido seguir de cerca en estos días algunas crónicas, opiniones y extrapolaciones que se han hecho al respecto, y me ha dado por pensar que el relato de la debacle rojigualda puede dar aún más juego del que ha dado, nunca mejor dicho, si en vez de focalizarse en el rectángulo del estadio se abre la perspectiva hacia terrenos que, a priori, no parecen estar en absoluto emparentados con la retórica balompédica.

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Esa luz ancestral

¿Qué significado tienen las pinturas de las cuevas? Hubo un tiempo en que se daba más o menos por hecho que con ellas nuestros ancestros trataban de reconciliarse con el destino, que dibujaban en las paredes de sus moradas aquello que necesitaban —una buena jornada de caza, alguna veleidad indescifrable, descendencia— como quien acude hoy a una iglesia para pedir por los suyos o lleva una pata de conejo prendida al bolsillo interior de la americana. Luego, las investigaciones y el talento con que diversos arqueólogos interpretaron sus frutos llevaron a concluir que, en realidad, las cuevas no eran sino santuarios en los que aquellos hombres y mujeres de épocas remotas penetraban para cumplimentar determinados ritos cuyo sentido posiblemente no alcancemos a comprender nunca, pero que resultaban tan cruciales para sus vidas como lo son para nosotros el calor de la familia o la proximidad de los amigos.

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Recuerdo de Toledo

Ahora que andamos embarcados en los preparativos de un viaje, me he dado cuenta de que se cumplen en estos días veinte años desde que hice mi primer y, hasta ahora, único viaje a Toledo. Recuerdo, ciertamente, muy pocas cosas de la ciudad. La enigmática penumbra de las callejuelas en cuesta, la imponente mole del Alcázar dominando la perspectiva del conjunto y subrayando el aspecto de fortaleza del vetusto asentamiento donde confluyeron tres culturas, la magnificencia de una catedral inabarcable y hermosa, la brisa nocturna de Zocodover. Recuerdo, sobre todo, el impacto que me causó la entrada en la pequeña iglesia de Santo Tomé y el encuentro instantáneo con El entierro del Conde de Orgaz, esa obra maestra donde El Greco contrapuso el luto terrenal y las glorias celestes y en cuya parte inferior, según se ha dicho siempre, quiso el pintor cretense dejar inmortalizados su propio rostro y el de su hijo.

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Una de fútbol

Obdulio Varela fue el capitán de la selección uruguaya de fútbol que se enfrentó a Brasil en el último partido del Mundial de 1950. Sobra decir que todos daban por hecho el triunfo de los segundos. A lo largo del campeonato, los cariocas —que, además, actuaban de locales— habían mostrado una compenetración absoluta y un dominio inmaculado de las técnicas balompédicas, y cuentan quienes vivieron en primera persona aquellos días que los responsables de Uruguay se conformaban con que su derrota no resultara escandalosa. Nadie en aquel país —ni los aficionados, ni los directivos de la federación, ni siquiera los propios jugadores— creían en la posibilidad de la victoria, pero Obdulio Varela, a quien llamaban El Negro Jefe, sabía que los partidos, a la hora de la verdad, no son más que once futbolistas enfrente de otros once, y también que, por mucho que gritasen, las 170.000 personas que inundarían el graderío de Maracaná eran sólo eso, público que no tocaría el balón ni metería goles: mero atrezzo en el escenario de una tragedia que no era imposible revertir en celebración solemne.

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Niña de tinta

Quino dibujó a Mafalda y Mafalda, niña de tinta, se juntó con sus amigos para dibujarnos a todos nosotros al tiempo que retrataban su propia época desde su perspectiva de clase media-baja a la argentina, lo que es tanto como decir desde el último resquicio de uno de los rincones más alejados del tablero en el que se dilucidaban las grandes jugadas que orientaban el devenir del mundo. Ha pasado desde entonces medio siglo, media vida, y ha llovido tanto que nos sorprende regresar a esas viñetas y encontrar en ellas más verdad y más frescura que las que podremos vislumbrar en los fárragos con que pretendidos gurús de aquí y ahora intentan echar luz sobre la oscurísima sombra de nuestra contemporaneidad. Hay en las obsesiones mercantiles de Manolito, en las neurastenias de Felipe, en la inocencia de Guille, en las vilezas de Susanita, en las soflamas ingenuas de mi tocayo Miguelito, en las apostillas escépticas de Libertad (tan chiquita), todo un sistema de pensamiento en torno a los entresijos de la naturaleza humana que pone en evidencia nuestros terribles claroscuros sin perder ocasión de ponderar, en muchos casos simultáneamente, las no demasiadas cosas que nos dignifican y nos permiten estar en paz con nosotros mismos como especie.

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