El gran problema del periodismo, puede que el principal, radica en que la premura con que se trabaja en las redacciones impide muchas veces establecer una reflexión sosegada y obliga a quienes deben cargar tintas a escribir en función de sus impulsos. Lo malo de llevar años en la profesión es que ese vicio puede llegar a estar tan acendrado que a veces uno termina escribiendo lo primero que se le viene a la cabeza y lanzándolo a los cuatro vientos sin pararse previamente a pensar en la pertinencia de aquello que se dispone a pergeñar. Viene a colación este preámbulo porque el viernes pasado estuve a punto de escribir unas impresiones rápidas a propósito del España-Holanda con que nuestra selección, en mala hora, se presentó en el Mundial de Brasil; pero, al no haber ocasión de hacerlo, he podido seguir de cerca en estos días algunas crónicas, opiniones y extrapolaciones que se han hecho al respecto, y me ha dado por pensar que el relato de la debacle rojigualda puede dar aún más juego del que ha dado, nunca mejor dicho, si en vez de focalizarse en el rectángulo del estadio se abre la perspectiva hacia terrenos que, a priori, no parecen estar en absoluto emparentados con la retórica balompédica.
-
Miguel Barrero (Oviedo, 1980) ha publicado las novelas Espejo (premio Asturias Joven; KRK Ediciones, 2005), La vuelta a casa (KRK Ediciones, 2007), Los últimos días de Michi Panero (premio Juan Pablo Forner; DVD Ediciones, 2008), La existencia de Dios (Trea, 2012), Camposanto en Collioure (Prix International de Littérature de la Fondation Antonio Machado; Trea, 2015) y El rinoceronte y el poeta (Alianza, 2017). También es autor de los ensayos Las tierras del fin del mundo (Trea, 2016) y La tinta del calamar (Trea, 2016; premio Rodolfo Walsh 2017). Codirigió el documental La estancia vacía (2007).