La afirmación, no sé por qué, quedó grabada en mi memoria. Era una tarde invernal en medio de las vacaciones navideñas, yo contaba once años y alguien —no recuerdo si mi padre, mi madre o alguno de mis abuelos— me había llevado a cortar el pelo donde Nacho, que fue mi peluquero de toda la vida y que, de hecho, todavía me rapa cuando vuelvo por el terruño. Por aquel entonces su barbería se instalaba en un pequeño bajo en el que a duras penas cabían diez personas y solían pasar por allí habituales que en un momento improvisaban tertulias animadísimas que se acababan prologando hasta el cierre. Aquel día pasaba algo de eso, lo que no resulta excepcional teniendo en cuenta la situación. En Mieres aquellas navidades han pasado la historia porque fueron las que siguieron inmediatamente al anuncio de la primera gran reconversión minera, y porque en vísperas de la Nochebuena, y como forma de protesta, 36 sindicalistas habían entrado en el pozo Barredo para encerrarse en su cuarta planta y, desde las profundidades, elevar las voces contra una batería de medidas que venían a presagiar el gran desastre. El encierro —que duró unos diez días: del 23 de diciembre al 3 de enero— no fue algo aislado: se protestaba bajo tierra, pero se combatía en la superficie. Durante aquellas jornadas, Mieres vivió algo parecido a un estado de sitio, con un cuarto de la ciudad convertido en el escenario de una verdadera batalla campal entre mineros y agentes del orden. Recuerdo que a mí me tenían prohibido ir más allá de determinadas calles, y que las visitas a la casa de los abuelos paternos —en el barrio de Santa Marina, no muy lejos del mencionado pozo Barredo ni de la peluquería de Nacho— fueron pocas y se hicieron con muchas cautelas. De todo eso estaban hablando aquella tarde en la que yo me cortaba el pelo y escuché cómo, a mi espalda, se fueron haciendo valoraciones y conjeturas hasta que mi barbero dejó las tijeras, se cruzó de brazos y, muy serio —yo le veía en el espejo—, dictaminó: «La Revolución de Octubre empezó así». Todos se callaron, y en aquella reducida atmósfera dejó de oírse nada que no fuese el chasquido de las tijeras al proseguir su tarea sobre mi cabeza.
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Miguel Barrero (Oviedo, 1980) ha publicado las novelas Espejo (premio Asturias Joven; KRK Ediciones, 2005), La vuelta a casa (KRK Ediciones, 2007), Los últimos días de Michi Panero (premio Juan Pablo Forner; DVD Ediciones, 2008), La existencia de Dios (Trea, 2012), Camposanto en Collioure (Prix International de Littérature de la Fondation Antonio Machado; Trea, 2015) y El rinoceronte y el poeta (Alianza, 2017). También es autor de los ensayos Las tierras del fin del mundo (Trea, 2016) y La tinta del calamar (Trea, 2016; premio Rodolfo Walsh 2017). Codirigió el documental La estancia vacía (2007).