Asturias, 1934, octubre

La afirmación, no sé por qué, quedó grabada en mi memoria. Era una tarde invernal en medio de las vacaciones navideñas, yo contaba once años y alguien —no recuerdo si mi padre, mi madre o alguno de mis abuelos— me había llevado a cortar el pelo donde Nacho, que fue mi peluquero de toda la vida y que, de hecho, todavía me rapa cuando vuelvo por el terruño. Por aquel entonces su barbería se instalaba en un pequeño bajo en el que a duras penas cabían diez personas y solían pasar por allí habituales que en un momento improvisaban tertulias animadísimas que se acababan prologando hasta el cierre. Aquel día pasaba algo de eso, lo que no resulta excepcional teniendo en cuenta la situación. En Mieres aquellas navidades han pasado la historia porque fueron las que siguieron inmediatamente al anuncio de la primera gran reconversión minera, y porque en vísperas de la Nochebuena, y como forma de protesta, 36 sindicalistas habían entrado en el pozo Barredo para encerrarse en su cuarta planta y, desde las profundidades, elevar las voces contra una batería de medidas que venían a presagiar el gran desastre. El encierro —que duró unos diez días: del 23 de diciembre al 3 de enero— no fue algo aislado: se protestaba bajo tierra, pero se combatía en la superficie. Durante aquellas jornadas, Mieres vivió algo parecido a un estado de sitio, con un cuarto de la ciudad convertido en el escenario de una verdadera batalla campal entre mineros y agentes del orden. Recuerdo que a mí me tenían prohibido ir más allá de determinadas calles, y que las visitas a la casa de los abuelos paternos —en el barrio de Santa Marina, no muy lejos del mencionado pozo Barredo ni de la peluquería de Nacho— fueron pocas y se hicieron con muchas cautelas. De todo eso estaban hablando aquella tarde en la que yo me cortaba el pelo y escuché cómo, a mi espalda, se fueron haciendo valoraciones y conjeturas hasta que mi barbero dejó las tijeras, se cruzó de brazos y, muy serio —yo le veía en el espejo—, dictaminó: «La Revolución de Octubre empezó así». Todos se callaron, y en aquella reducida atmósfera dejó de oírse nada que no fuese el chasquido de las tijeras al proseguir su tarea sobre mi cabeza.

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Campos dorados

Hay canciones que abren un pasadizo imprevisto hacia ciertos territorios del pasado. Son piezas que no necesariamente figuran entre nuestras favoritas, y que ni siquiera solemos recordar en el fragor del día a día, pero que surgen de repente cuando uno no puede contar con ellas (mientras lee la prensa en un bar, en la aburrida soledad de una sala de espera, cuando presta atención por casualidad a la emisora de radio que lleva sintonizada el conductor del autobús) y traen en sus acordes los aires, los olores, el sabor del momento exacto en que llegaron a nuestros oídos por primera vez, o de la circunstancia en la que, por las razones que fuesen, les llegamos a prestar más atención de la que nunca antes le habíamos prestado. Escuchas casuales que nos devuelven una porción de nosotros mismos que creímos no perdida, pero sí sepultada bajo las sucesivas capas con que el paso de los años la había ido envolviendo, y que de repente asoma por un resquicio de la conciencia haciendo presente lo que de ordinario llega a parecernos tan lejano como si nunca hubiera existido.

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La celda de Feijoo

En el corazón de Oviedo, a espaldas de la catedral, se abre una plaza que lleva el nombre de Benito Jerónimo Feijoo y cuyo centro aparece presidido por una escultura que representa al fraile benedictino. Aunque en ella se alza la facultad de Psicología y no están lejos los bares en los que cada fin de semana la ciudad condensa sus fragores juveniles, no puede decirse que sea un lugar bullicioso. Por el contrario, es difícil pasar por allí y encontrar más de cuatro o cinco personas merodeando por los alrededores, siempre despacio y siempre en silencio, como si esa parte del callejero estuviera embebida del espíritu que guió los pasos y la obra de quien fue su habitante más ilustre. No se lee mucho a Feijoo ahora, ni se suele tener en cuenta la importancia crucial de su legado. Yo supe de él en el colegio, cuando un profesor nos hizo trabajar sobre un texto suyo en el que relataba cómo se había atiborrado de chocolate para contrarrestar a los falsos sabios que alertaban de los peligros que para el alma podía conllevar la ingesta masiva de aquel manjar procedente de quién sabía qué tierras ignotas. Fuera porque su prosa estaba desprovista del engolamiento que se le suponía a un hijo del siglo XVIII, fuera por una simple cuestión de empatía gastronómica, me cayó bien aquel monje gracias a esas pocas líneas, mucho antes de que supiese de su papel en los albores de la Ilustración y de la valentía que demostró al posicionarse ante el mundo tal y como lo hizo.

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Canción triste de Toulouse

Llegamos a Toulouse en pleno verano, pero del cielo se desprende esa luz cenicienta que caracteriza las postrimerías del otoño. Las aguas del Garona descienden grisáceas en su periplo hacia las tierras de Burdeos, y en esa combinación de tonalidades somnolientas y crepusculares la ciudad rosa presenta matices más bien ocres, como si nos encontráramos paseando por los interiores de una vieja fotografía revelada en sepia. Toulouse es bella en su decadente languidez, sobre todo si al llegar arrecia la tormenta y los viajeros se ven obligados a caminar refugiándose en los soportales de las casas, a aguardar en cada esquina una tregua de las nubes antes de proseguir su ruta hacia ningún lugar, a sortear con rapidez los puestos de las vendedoras ambulantes y las prisas de los transeúntes que van o vuelven de sus destinos con la celeridad y el desapasionamiento que impone la rutina.

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Bloomsday en Pendueles

Hace dos días, en el primer turno de ponencias de los Encuentros de Verines, una de las intervinientes habló de lo extemporáneo que resulta hoy el viejo juego de enviar y recibir postales. En efecto, basta con preguntar en cualquier estanco, o en la primera tienda de recuerdos turísticos que uno encuentre a mano, para cerciorarse de que apenas se venden ya esas estampas prefabricadas cuya gracia principal radicaba en que el receptor sabía que se habían echado al buzón en el preciso punto geográfico que retrataban, lo que convertía el intercambio epistolar —normalmente breve y apresurado en esas circunstancias— en un juego por el que el emisor trataba de inducir en su destinatario la ficción de que también él, de algún modo, podía sentirse parte del lugar desde el que se le remitían esas pocas líneas. Ahora, las redes sociales, las aplicaciones de mensajería instantáneas y otras derivaciones tecnológicas de la nueva era han convertido las postales en un simpático vestigio del pasado que recuperamos de cuando en cuando, siempre que abrimos las viejas cajas de galletas donde suelen almacenarse esas cosas, para sonreír con algo de nostalgia al evocar cómo aquella fría e impersonal estampa de los Campos Elíseos pudo condensar un día toda la magia y toda la aventura de aquellos destinos lejanos, exóticos, que como mucho nos era dado entrever en las páginas de las enciclopedias.

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