Campos dorados

Hay canciones que abren un pasadizo imprevisto hacia ciertos territorios del pasado. Son piezas que no necesariamente figuran entre nuestras favoritas, y que ni siquiera solemos recordar en el fragor del día a día, pero que surgen de repente cuando uno no puede contar con ellas (mientras lee la prensa en un bar, en la aburrida soledad de una sala de espera, cuando presta atención por casualidad a la emisora de radio que lleva sintonizada el conductor del autobús) y traen en sus acordes los aires, los olores, el sabor del momento exacto en que llegaron a nuestros oídos por primera vez, o de la circunstancia en la que, por las razones que fuesen, les llegamos a prestar más atención de la que nunca antes le habíamos prestado. Escuchas casuales que nos devuelven una porción de nosotros mismos que creímos no perdida, pero sí sepultada bajo las sucesivas capas con que el paso de los años la había ido envolviendo, y que de repente asoma por un resquicio de la conciencia haciendo presente lo que de ordinario llega a parecernos tan lejano como si nunca hubiera existido.

Yo nunca he sido un gran seguidor de Sting ni me ha interesado gran cosa su música una vez superada la etapa en The Police, pero el otro día, en uno de esos azares auditivos, volví a escuchar una canción que hacía tiempo que no escuchaba y regresé con ella a unos días de mi vida en los que fui exageradamente feliz —o eso creo, al menos: uno siempre decide estas cosas a posteriori— y que llegaron a su término poco después de que los acordes de esa canción concreta resonaran entre el bullicio de una cervecería a la que acudimos para tomar algo con esa alegría lánguida que tienen las despedidas cuando aún no lo alcanzan a ser del todo. Llevábamos nueve días fuera de casa y al siguiente se pondría fin a un periplo que nos había llevado a recorrer media Francia y en el que muchos de nosotros habíamos traspasado por primera vez una frontera con pleno conocimiento de causa. Habíamos visto con nuestros propios ojos paisajes que hasta entonces sólo habíamos podido contemplar en las fotografías de determinados libros o en los planos de alguna que otra película, y nos habíamos desenvuelto —con mayor o menor pericia según el caso— lejos de un seno familiar del que, por edad, ni remotamente pensábamos desprendernos. En esa penúltima jornada, cuando aún faltaba otra que gastaríamos en un parque temático —había que añadir la del regreso a casa, pero ésa no contaba, o no del todo—, aprovechamos unas horas libres para recorrer sin ninguna prisa —no queríamos hacernos a la idea de que el viaje terminaba— las calles de Poitiers. No he vuelto nunca allí, pero lo recuerdo como un pueblecito de calzadas estrechas y edificios bajos en cuyos recovecos aguardaban maravillas como la iglesia románica de Notre Dame o el baptisterio visigodo de San Juan. Concluimos el paseo en la plaza Mayor y resolvimos tomar algo en un bar cuyos ventanales se abrían a la fachada del ayuntamiento, copiosamente iluminada a aquellas horas en las que ya empezaban a anunciarse las penumbras de la noche. Bebimos morosamente mientras desgranábamos algunas anécdotas que habíamos vivido en esos días que estaban a punto de terminarse, pero que aún duraban y por lo tanto no admitían ser conjugados en pretérito. Fue entonces cuando sonó en el local una canción que yo conocía porque alguien me había regalado unos meses atrás el disco que la incluía —Ten Summoner’s Tales su título— y, mientras mis amigos proseguían su diálogo jovial y atropellado yo me puse a escucharla, entre el barullo de voces que provenían de nuestra mesa y de las que la rodeaban, con esa melancolía prematura con la que tendemos a señalar los instantes destinados a ocupar un lugar de privilegio en nuestro imaginario. Esa misma canción, «Fields of Gold», me asaltó hace un par de días cuando caminaba por la calle, no sé si desde un coche que pasó a mi lado o a través de la puerta de algún bar cuyo hilo musical la había sintonizado en ese preciso instante, y el brevísimo fragmento que llegó a mis oídos me transportó a aquellos tiempos en los que aún éramos muy jóvenes y creíamos que siempre nos estaría permitido caminar sobre campos dorados.

poitiers

Poitiers, marzo de 1997

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