La paloma

En una conversación que mantuve hace unas semanas a propósito de otro tema, salió a colación La paloma, ese poema de Rafael Alberti que popularizó Joan Manuel Serrat y con el que yo tuve en cierto momento una relación, vamos a decir, conflictiva. Cuando cursaba el COU, me tocó analizarlo dentro de un trabajo sobre la Generación del 27, y yo, encontrándome como me encontraba en plena eclosión hormonal, interpreté que sus versos aludían a una pareja de novios, y a cuánto le molestaba a él que ella sólo le permitiera leves incursiones a la altura de los senos y le prohibiera cualquier acercamiento a zonas más íntimas. Como en aquellos años tampoco estaba sobrado de pudor, escribí mi aguerrida conclusión en el trabajo y se lo entregué, tan tranquilo, a la profesora de Literatura. Unos días después, me lo devolvió corregido y descubrí que el capítulo correspondiente al análisis de La paloma estaba cubierto de tachaduras y presidido por un enorme interrogante trazado en tinta roja. La profesora, eso sí, no dijo ni media palabra. No sé si le di miedo o si, con gran sentido común, sospechó que yo no estaba en mis cabales.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Camus

Se cumplen cien años del nacimiento de Albert Camus y no olvido el estupor que me causó la lectura, allá en mi adolescencia, de El extranjero, esa impresión de que estaba leyendo un libro que no podía entender del todo pero en cuya prosa, sin embargo, latía algo que yo intuía esencial. Todos los periódicos dedican hoy varias páginas a conmemorar la efeméride y glosar la figura del escritor francés. Antes que recurrir a reflexiones maximalistas y extrapolaciones mayestáticas, prefiero glosar el recuerdo de aquel estremecimiento íntimo, aquella sensación de verme por primera vez ante palabras que, más de tres lustros después, siguen acompañándome.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Fiz de Cotovelo

«Esto ocurrió en los días en que una gallina costaba dos pesetas y la fraga de Cecebre era más extensa y frondosa». De siempre he tenido en El bosque animado una de mis películas preferidas; pero, aunque sabía que ese dueto de maestros formado por Rafael Azcona y José Luis Cuerda no habían ido, en esa ocasión, por libre, nunca había llegado a leer la novela homónima de Wenceslao Fernández Flórez en la que se inspiraron para engendrar esa joya, en mi opinión uno de los mejores largometrajes que se han hecho en España en los últimos treinta años. He ocupado estos días de atrás en la lectura del libro, y he podido saber así que el final de Geraldo, el pocero, no fue ni mucho menos tan feliz como el que nos pintó el celuloide, y que también los animales se entregaban a entretenidas tertulias cuando los seres humanos no fijaban su mirada en ellos, y que Hermenilda nunca regresó de La Coruña, y que Fendetestas podía ser incluso más tierno de lo que quiso que fuera el gran Alfredo Landa. Pero, sobre todo, esas páginas me han servido para reencontrarme con Fiz de Cotovelo, el entrañable espectro al que tan bien encarnó Miguel Rellán y que recorre los bosques gallegos en pos de una alma caritativa que vaya en peregrinación a San Andrés de Teixido para cumplir así la promesa que él no logró consumar en vida. No sé si habrá llegado a enterarse, pero hace unas semanas, cuando yo me vi en ese inquietante lugar al que, según se cuenta, deben ir de muertos quienes no han tenido la precaución de visitarlo cuando aún eran parte de este mundo, mi primer pensamiento fue para el buen Fiz. Ojalá esa evocación fugaz haya servido para que su espíritu, libre de impedimentos, pueda ocupar ya el lugar que le corresponde.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario