Verano del 36

En un pasaje de La noche de los tiempos, su protagonista, el arquitecto Ignacio Abel, deambula por un Madrid lúgubre y lluvioso durante la noche del 18 de julio de 1936. Acaba de estallar la guerra civil y está preocupado por la suerte de su amante, a la que intuye que no volverá a ver y cuyo rastro sigue por la ciudad con la triste obstinación de quien presiente que su futuro está perdido de antemano. Antonio Muñoz Molina me contó una vez que, al escribir ese capítulo, en su cabeza se dibujaban espacios estrechos y sombríos, la geografía íntima de un país a punto de precipitarse al borde del abismo, y que se sorprendió mucho cuando personas que habían vivido en sus propias carnes todo aquello le confesaron que una de las cosas que mejor recordaban de aquellos días aciagos era su luminosidad: el sol veraniego que coronaba el azul de los cielos velazqueños, el calor estival que infundía alegría de vivir, la rutina en manga corta de una ciudad dispuesta a disfrutar de un verano que para mucha gente acabaría siendo el último.

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Y la casa, encendida

Dicen que Luis Rosales era un hombre melancólico, aquejado de una nostalgia eterna que probablemente hundía sus raíces en la noche de 1936 en que no pudo alejar a su mejor amigo de las fauces de la bestia y vio cómo muchos creyeron que se había desentendido por completo de la vida y los versos del poeta del cante jondo y las auroras neoyorquinas. Durante el resto de su vida –y fue larga, y fructífera– aquella muerte injusta y desproporcionada, tan racialmente española, pesó sobre su espalda como una losa, y hay quien lo recuerda paseando por las calles de Madrid como un Sísifo condenado a cargar siempre con un lastre del que él, manchado por una culpa que no le correspondía, jamás pudo desprenderse del todo.

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Una de libros

En los últimos años no abundan tanto, pero durante mucho tiempo fue habitual que cada verano surgieran voces que definían la Semana Negra no como un festival literario, sino como una cuchipanda para cuatro amigos en la que el aspecto cultural era sólo una coartada tras la que enmascarar un supuesto aquelarre lúdico-festivo. Venían esas aseveraciones de gente que o bien no gustaba de pasarse por allí o bien, si lo hacía, se dejaba ver por las calles del certamen a altas horas de la noche, cuando las librerías y las carpas de actividades habían cerrado sus puertas y sólo era audible el cadencioso runrún de la noria y la vibrante y molesta megafonía de los chiringuitos. Algunos, incluso, llegaban a colgar en las redes sociales fotos tomadas ya entrada la madrugada con la pretensión de demostrar a familiares, amigos y todos quienes se quisieran acercar por sus cenáculos virtuales que no es que en la Semana Negra hubiera sólo fiesta, sino que además ésta se enmarcaba en el escalafón más bajo del ocio finisemanal.

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Verano en Cuelgamuros

Organizar un curso de verano en el Valle de los Caídos es como si las juventudes hitlerianas se pusieran a homenajear públicamente al Führer sobre las cenizas del búnker donde acabó con su vida. Me entero de la noticia el mismo día que leo cómo el PP plantea enviar a las tertulias televisivas a uno de sus miembros menos agraciados con el don de la palabra, aquel simpático diputado que no hace mucho explicó que los familiares de las víctimas del franquismo sólo se preocupan de recuperar la memoria de los suyos cuando hay subvenciones de por medio. España es así, un país tan bipolar que consiente que quienes no paran de presentarse a sí mismos como máximos adalides de la lucha antiterrorista no hayan sido capaces de condenar, en casi cuarenta años, el más brutal terrorismo de Estado que conocieron estos pagos durante el siglo XX, en el transcurso de aquel tiempo «de extraordinaria placidez» que tanto añoraba un señor que llegó a eurodiputado y al que aún señalan como referente no pocos de sus conmilitones.

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La Primera

El asesinato con el que, hace hoy cien años, se puso en marcha la I Guerra Mundial fue un simple fruto del azar. Aunque había toda una conspiración maquinada con el fin de asesinar al archiduque Francisco Fernando en el transcurso de su visita a Sarajevo, los planes habían fracasado y todo se daba ya por perdido cuando Gavrilo Princip encontró, sin esperárselo, el coche en el que el heredero del trono austro-húngaro viajaba junto a su esposa por la capital de una de las provincias más remotas y olvidadas de su imperio. Princip, que llevaba una pistola en el bolsillo, aprovechó la coyuntura y disparó, es de suponer que sin pensárselo mucho, y ese simple gesto condujo al mundo a una hecatombe que pronto quedó superada —hay que reconocerle al siglo XX el empeño que siempre ponía para superarse a sí mismo—, pero que durante algunos años fue conocida como la «Gran Guerra». Una denominación que encerraba más que una mera voluntad descriptiva: a través de la combinación de esas dos palabras, se pretendía conjurar la posibilidad de que alguna vez se diera algo similar. El propósito, como se sabe, no pudo cumplirse: apenas dos décadas más tarde, Europa volvía a convertirse en una gran trinchera por la que vagaron, feroces y sanguinarios, los peores demonios de la esencia humana, auténticos monstruos nacidos en pleno letargo de una razón sin fuerzas ni herramientas para detenerlos.

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