En un pasaje de La noche de los tiempos, su protagonista, el arquitecto Ignacio Abel, deambula por un Madrid lúgubre y lluvioso durante la noche del 18 de julio de 1936. Acaba de estallar la guerra civil y está preocupado por la suerte de su amante, a la que intuye que no volverá a ver y cuyo rastro sigue por la ciudad con la triste obstinación de quien presiente que su futuro está perdido de antemano. Antonio Muñoz Molina me contó una vez que, al escribir ese capítulo, en su cabeza se dibujaban espacios estrechos y sombríos, la geografía íntima de un país a punto de precipitarse al borde del abismo, y que se sorprendió mucho cuando personas que habían vivido en sus propias carnes todo aquello le confesaron que una de las cosas que mejor recordaban de aquellos días aciagos era su luminosidad: el sol veraniego que coronaba el azul de los cielos velazqueños, el calor estival que infundía alegría de vivir, la rutina en manga corta de una ciudad dispuesta a disfrutar de un verano que para mucha gente acabaría siendo el último.
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Miguel Barrero (Oviedo, 1980) ha publicado las novelas Espejo (premio Asturias Joven; KRK Ediciones, 2005), La vuelta a casa (KRK Ediciones, 2007), Los últimos días de Michi Panero (premio Juan Pablo Forner; DVD Ediciones, 2008), La existencia de Dios (Trea, 2012), Camposanto en Collioure (Prix International de Littérature de la Fondation Antonio Machado; Trea, 2015) y El rinoceronte y el poeta (Alianza, 2017). También es autor de los ensayos Las tierras del fin del mundo (Trea, 2016) y La tinta del calamar (Trea, 2016; premio Rodolfo Walsh 2017). Codirigió el documental La estancia vacía (2007).