La Primera

El asesinato con el que, hace hoy cien años, se puso en marcha la I Guerra Mundial fue un simple fruto del azar. Aunque había toda una conspiración maquinada con el fin de asesinar al archiduque Francisco Fernando en el transcurso de su visita a Sarajevo, los planes habían fracasado y todo se daba ya por perdido cuando Gavrilo Princip encontró, sin esperárselo, el coche en el que el heredero del trono austro-húngaro viajaba junto a su esposa por la capital de una de las provincias más remotas y olvidadas de su imperio. Princip, que llevaba una pistola en el bolsillo, aprovechó la coyuntura y disparó, es de suponer que sin pensárselo mucho, y ese simple gesto condujo al mundo a una hecatombe que pronto quedó superada —hay que reconocerle al siglo XX el empeño que siempre ponía para superarse a sí mismo—, pero que durante algunos años fue conocida como la «Gran Guerra». Una denominación que encerraba más que una mera voluntad descriptiva: a través de la combinación de esas dos palabras, se pretendía conjurar la posibilidad de que alguna vez se diera algo similar. El propósito, como se sabe, no pudo cumplirse: apenas dos décadas más tarde, Europa volvía a convertirse en una gran trinchera por la que vagaron, feroces y sanguinarios, los peores demonios de la esencia humana, auténticos monstruos nacidos en pleno letargo de una razón sin fuerzas ni herramientas para detenerlos.

Hay quien dice que Gavrilo Princip, aquella mañana, estaba justo allí, ante las puertas de la pastelería Moritz Schiller, porque quería comerse un emparedado. Unos aseguran que estaba en ello, otros que ya lo había ingerido y algunos, los menos, que se disponía a entrar en la tienda para hacerse con el manjar. El archiduque, por su parte, había decidido modificar el recorrido previsto tras ver, unas horas antes, cómo fracasaba el atentado que originalmente debió haber acabado con su vida, pero ninguno de los edecanes que le rodeaba se percató de que, para consumar la variación en el programa, debían avisar al chófer del vehículo, que, ajeno a la nueva orden, siguió el itinerario inicialmente previsto hasta que llegaron al puente Latino y decidieron rehacer el rumbo en ese punto exacto, el mismo en el que se encontraba quien de inmediato se convertiría en su asesino. La I Guerra Mundial empezó, pues, como consecuencia de una doble chapuza, la de los terroristas frustrados y la de los reales miembros de una comitiva desorganizada. Gavrilo Princip no podía saberlo, pero se estaba convirtiendo en aquellos momentos en el precursor de Lee Harvey Oswald, protagonista del que probablemente ha sido el magnicidio más telegénico de la Historia. Si hubiera existido la televisión en 1914, es probable que le hubiese disputado el puesto o que, directamente, no hubiese existido la competencia. Al fin y al cabo, no es lo mismo refugiarse en un almacén de material escolar con un rifle de mira telescópica que desencadenar una catástrofe mundial con una pistola de andar por casa mientras se come tranquilamente un sándwich. Princip, un joven anarquista que ni siquiera tenía 20 años y que apretó el gatillo para «guiar a su pueblo por el camino de la libertad», según sus propias palabras, murió cuatro años después del atentado en la cárcel de Terezín, con sus fuerzas mermadas por la tuberculosis y el brazo izquierdo amputado tras la infección de una herida. El puente donde disparó para instalar a Europa en el delirio lleva hoy su nombre.

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