Quien no ha tenido que abandonar a las diez de la noche su mesa de la redacción para acudir a un piso de un barrio periférico en el que un marido despechado acaba de degollar a su suegra, no puede decir que sabe lo que es el periodismo. La crónica de sucesos, ese género tan denostado por muchos y tan poco conocido por la mayoría, es lo que más y mejor curte a un profesional de la información, según aseveran los más avezados veteranos y podemos atestiguar quienes, por una u otra causa, tuvimos que manchar nuestra pluma con la sangre de algún crimen del que fuimos inesperados testigos y notarios y cuyos pormenores nos vimos obligados a relatar para, en la medida de nuestras modestas posibilidades, amargarles el desayuno a los confiados lectores que a la mañana siguiente abrirían el periódico al olor del café recién hecho. Margarita Landi, claro, sabía todo esto porque, unos pocos años antes de cumplir la cuarentena, decidió que a partir de ese momento su carrera iba a curtirse en los tortuosos vericuetos que dibujan los siempre arriesgados caminos del delito.
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Miguel Barrero (Oviedo, 1980) ha publicado las novelas Espejo (premio Asturias Joven; KRK Ediciones, 2005), La vuelta a casa (KRK Ediciones, 2007), Los últimos días de Michi Panero (premio Juan Pablo Forner; DVD Ediciones, 2008), La existencia de Dios (Trea, 2012), Camposanto en Collioure (Prix International de Littérature de la Fondation Antonio Machado; Trea, 2015) y El rinoceronte y el poeta (Alianza, 2017). También es autor de los ensayos Las tierras del fin del mundo (Trea, 2016) y La tinta del calamar (Trea, 2016; premio Rodolfo Walsh 2017). Codirigió el documental La estancia vacía (2007).