En Oviedo, hace unos días, se impartió una conferencia sobre la «inmerecida fama» (sic) del general Rafael del Riego. La noticia pasó medio inadvertida, pero sirve para constatar dos cosas: que hay gente a la que sólo se le da bien salir de meritoria en La Regenta y que el pasado es un lugar de naturaleza efímera en el que no cabe dar nada por sentado. Hubo un tiempo en el que estas cosas se tomaban en serio. Para ganarse el respeto de la posteridad había al menos que batallar en una guerra, emplear veinte años en el viaje de vuelta a casa y encontrar una vez allí a la mujer espantando un enjambre de pretendientes. Ahora que nadie ha leído La Odisea y muchos creen que Homero es una marca de detergente, todo se vende más barato, también la percepción de lo que fue. Se mira el pasado con ojos suspicaces porque no interesa comprender lo que ocurrió, sino rebañar en él todo lo que resulte medianamente aprovechable con vistas al presente. En Twitter, esta misma semana, un doctor en Historia del Arte calificaba a Lorca de «escritor pequeño burgués» para afearle a un diputado de izquierdas que prefiriese Poeta en Nueva York a Vientos del pueblo. No mucho antes, allá por las vísperas o las resacas del 2 de mayo, alguien censuró al pobre Jovellanos por haber muerto aferrándose a su patria en vez de bailarle el agua a los de Napoleón.
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Miguel Barrero (Oviedo, 1980) ha publicado las novelas Espejo (premio Asturias Joven; KRK Ediciones, 2005), La vuelta a casa (KRK Ediciones, 2007), Los últimos días de Michi Panero (premio Juan Pablo Forner; DVD Ediciones, 2008), La existencia de Dios (Trea, 2012), Camposanto en Collioure (Prix International de Littérature de la Fondation Antonio Machado; Trea, 2015) y El rinoceronte y el poeta (Alianza, 2017). También es autor de los ensayos Las tierras del fin del mundo (Trea, 2016) y La tinta del calamar (Trea, 2016; premio Rodolfo Walsh 2017). Codirigió el documental La estancia vacía (2007).