El pasado efímero

En Oviedo, hace unos días, se impartió una conferencia sobre la «inmerecida fama» (sic) del general Rafael del Riego. La noticia pasó medio inadvertida, pero sirve para constatar dos cosas: que hay gente a la que sólo se le da bien salir de meritoria en La Regenta y que el pasado es un lugar de naturaleza efímera en el que no cabe dar nada por sentado. Hubo un tiempo en el que estas cosas se tomaban en serio. Para ganarse el respeto de la posteridad había al menos que batallar en una guerra, emplear veinte años en el viaje de vuelta a casa y encontrar una vez allí a la mujer espantando un enjambre de pretendientes. Ahora que nadie ha leído La Odisea y muchos creen que Homero es una marca de detergente, todo se vende más barato, también la percepción de lo que fue. Se mira el pasado con ojos suspicaces porque no interesa comprender lo que ocurrió, sino rebañar en él todo lo que resulte medianamente aprovechable con vistas al presente. En Twitter, esta misma semana, un doctor en Historia del Arte calificaba a Lorca de «escritor pequeño burgués» para afearle a un diputado de izquierdas que prefiriese Poeta en Nueva York a Vientos del pueblo. No mucho antes, allá por las vísperas o las resacas del 2 de mayo, alguien censuró al pobre Jovellanos por haber muerto aferrándose a su patria en vez de bailarle el agua a los de Napoleón.

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Barrio de Santa Marina [un pregón]

Me habéis invitado a que pregone vuestras fiestas y eso, además de un gran honor, supone una inmensa responsabilidad. En primer lugar, le corresponde al pregonero conjurar los malos augurios e invocar buenos vientos para las celebraciones que anuncia, y no sé yo si no será ésa una misión excesiva para mí, que me estreno hoy en estas lides. Pero además, debo decir que estas fiestas no son unas fiestas cualesquiera. Parafraseando a un poeta muy querido, yo podría decir perfectamente que mi infancia son recuerdos de una pradera junto a un río. El río aún existe. De la pradera quedan algunas briznas verdes recortadas entre asfaltos. Lo demás sobrevive como puede en los desvanes de la memoria, ese espacio umbrío y caprichoso donde quedan bajo custodia las cosas que, para bien o para mal, definen lo que somos. Si es verdad que, como escribió Rilke, la verdadera patria del hombre es su infancia, yo no puedo negar que mi patria, o al menos una de mis patrias más queridas, dibuja sus contornos a lo largo de estas calles y estos patios. La melancolía es la pátina con la que el tiempo recubre la evocación de las felicidades pasadas. Al hablar de Santa Marina, al venir aquí a participar de vuestras fiestas, es inevitable que esa melancolía se adueñe de mi voz y mis palabras.

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Cerca del Duero

En los albores del siglo XXI, el corazón de Soria sigue latiendo al compás que marcan los biorritmos de la calle del Collado. La vieja arteria, que recorre de este a oeste el cogollo de una ciudad que parece vivir al margen de todas las épocas, nace en las inmediaciones de lo que un día fue conocido como la Dehesa y hoy responde al nombre de Alameda de Cervantes, se extingue en una plaza Mayor tan hermosa como sencilla y a lo largo de su breve pero enjundioso recorrido acoge comercios con sabor añejo y locales que parecen custodiar la memoria de un vecindario eternamente suspendido en sus apacibles rutinas provincianas. Uno de ellos aún alberga las dependencias del Casino Círculo Amistad Numancia, cuyos salones mantienen la pompa y la circunstancia de sus mejores y más lustrosos tiempos. Ante sus puertas, un broncíneo Gerardo Diego toma café mientras ojea una edición de sus propios poemas. La escultura no está ahí por casualidad. En el primer piso del Casino, en una sala bautizada hoy con su nombre, se conserva intacto el piano que solía tocar el autor del célebre romance compuesto en honor al río Duero, y una planta más arriba, en el segundo, se abre un peculiar museo que recuerda cómo un extraño giro del azar quiso que por Soria pasaran y dejasen huella algunos de los nombres más ilustres de nuestra literatura.

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Gaspar y la insipidez

Hay quien dice que a Gaspar Llamazares se le va poniendo cara de Stallone, acorralado como está por quienes una vez fueron los suyos y ahora andan a ver si se pasan a otra cosa, no se sabe muy bien qué. A mí me recuerda más a Simón el Estilita, pregonando sus verdades sobre una columna plantada en medio de un desierto en el que ya no queda nadie. No se le escucha en la Junta General, donde la trinchera izquierda se mata a tiros mientras los de enfrente sonríen y piensan que así se las ponían a Fernando VII, ni mucho menos en los mentideros de Madrid. Allí Alberto Garzón y Pablo Iglesias se susurran en una buhardilla de Alonso Martínez que las ideologías se derrumban y nosotros nos enamoramos mientras en el exterior las tropas conservadoras marchan triunfantes con Rajoy al frente, prietas las filas e impasible el ademán, dispuestas a enarbolar durante cuatro años más la mastodóntica enseña rojigualda de Colón.

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Asturias, de viva voz

A principios del siglo xx los hombres de negocios sólo se reunían para dos cosas: o apoyar un pronunciamiento o fundar un periódico. Quien pasee hoy por la calle ovetense de Gil de Jaz se encontrará, a la altura del número cinco, con un extraño monumento. Se trata de una escultura de traza abstracta que recuerda que allí se creó el Real Oviedo. Aunque en la placa que lo explica se da por supuesto, quizás no estaría mal que otra inscripción recordara que en ese mismo lugar se engendró, apenas tres años antes, una de las cabeceras más carismáticas de una región proclive a desarmar y reconstruir su propio relato.

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