Asturias, de viva voz

A principios del siglo xx los hombres de negocios sólo se reunían para dos cosas: o apoyar un pronunciamiento o fundar un periódico. Quien pasee hoy por la calle ovetense de Gil de Jaz se encontrará, a la altura del número cinco, con un extraño monumento. Se trata de una escultura de traza abstracta que recuerda que allí se creó el Real Oviedo. Aunque en la placa que lo explica se da por supuesto, quizás no estaría mal que otra inscripción recordara que en ese mismo lugar se engendró, apenas tres años antes, una de las cabeceras más carismáticas de una región proclive a desarmar y reconstruir su propio relato.

José Tartiere, cabeza visible de una familia de industriales vascos, era un hombre peculiar. Llegó a Asturias con la intención de dar con una fórmula que le permitiera fabricar dinamita con la que explotar las minas de carbón de la provincia, pero el monopolio del invento lo tenía el grupo Nobel. Él, en vez de rendirse, se puso a hacer pólvora. Montó la sociedad Santa Bárbara, que echó a andar en 1833 y dio munición a las armas que libraron la última guerra de Cuba, en la que él mismo tomó parte dentro de las filas del ejército español. A la vuelta de la bélica excursión por el Caribe, se introdujo en la Unión Española de Explosivos y empezó a diseñar el que sería su siguiente gran proyecto, una Sociedad Industrial Asturiana que adoptó el nombre de su anterior factoría y se dedicó a adquirir y explotar minas y ferrocarriles, establecer o comprar propiedades de diversa índole, hacerse con acciones de bancos y sociedades y asociarse con otras empresas. Se inició así una polifacética andadura que incluía el abastecimiento de agua y electricidad o la producción de gas, entre otros menesteres. Llegó incluso a fundar una entidad financiera, el Banco Asturiano de Industria y Comercio, con el propósito quizá secreto de ayudar al desarrollo de sus propias empresas. Tan exitoso y pujante recorrido no sólo le brindó excelentes rendimientos económicos, sino que incluso le abrió un pequeño hueco en los avariciosos anales de la posteridad. En 1921 el rey Alfonso XIII le hizo acreedor del Condado de Santa Bárbara de Lugones, y años más tarde el gobierno francés le concedería la Legión de Honor. Hay que decir, nada es perfecto, que este último homenaje le llegó a título póstumo. José Tartiere exhaló su último suspiro el 18 de abril de 1927. Poco antes, el 10 de abril de 1923, había alumbrado en Oviedo el primer número de La Voz de Asturias. Si nos preguntamos cuánto de cierto hay en la teoría de que en los genes va implícito el determinismo, cabe responder que en este caso la criatura no pudo haber salido más parecida a su padre. Igual que él, hizo gala de un encomiable ardor guerrero. Igual que él, en más de una ocasión pudo presumir de una osadía a prueba de balas, bombas, censuras, amenazas y EREs. Igual que él, tuvo una vida azarosa en la que algunos reconocimientos llegaron cuando ya era demasiado tarde para reconocerle nada.

En realidad La Voz de Asturias no surgió en el vacío. Nació con la misión de sustituir a El Correo de Asturias, una publicación que había desaparecido poco antes, y de hecho asumió a la mayoría de sus redactores y heredó una ideología de índole regionalista y conservadora que marcó el rumbo por el que navegó en sus primeros tiempos, dirigida primero por Antonio Juan Onieva —que también colaboró en El Noroeste, presidió la Asociación de la Prensa de Oviedo y militó en las filas del Partido Reformista de Melquíades Álvarez— y luego por José Díaz González, alias Banderilla, y Roberto Velázquez Riera, conocido por los lectores como Robin. El diario no tardó mucho en pasar su primera prueba de fuego, uno de esos retos que imprimen carácter y permiten calibrar las posibilidades de salir airoso hasta del trance más difícil. En octubre de 1934 estalló la revolución y La Voz de Asturias, lejos de amilanarse, mantuvo el tipo para dar la talla. La publicación del periódico tuvo que suspenderse como consecuencia de la parálisis total derivada de la insurrección, pero entre un montador y un electricista que consiguieron la proeza de arrancar la rotativa con el motor de un coche se logró que un número especial de cuatro páginas saliese a la calle el 18 de octubre para dar cuenta de unos sucesos que estaban conmocionando a España entera y sembraban el caos en el ejecutivo de Lerroux. Eran aún tiempos de adhesiones legalistas y los titulares del momento no dejan de condenar los destrozos acometidos por «el rencor marxista» en la capital asturiana, pero lo cortés no quita lo valiente y hay que reconocer que, a las duras y a las maduras, los chicos de la prensa supieron estar allí. La anécdota, como es natural, corrió desde entonces de boca a oreja en la redacción, en uno de esos rumores llenos de orgullo con los que los pequeños colectivos van construyendo los recodos sentimentales de su gran historia. La Voz de Asturias ya se había convertido entonces en una de las cabeceras más emblemáticas de la región y era —todavía no existía La Nueva España, que llegó con la constitución de la cadena de prensa del Movimiento Nacional— el único diario que se imprimía en Oviedo.

revolucion_lva

No vinieron después buenos tiempos para la prensa libre, y quizás por eso La Voz de Asturias fue escorándose paulatinamente, y sin abandonar los márgenes que permitía la ley, hacia una actitud cada vez más crítica o desencantada con el régimen que, desde el fulgor tenue de aquella lucecita del Pardo, controlaba el devenir de la nación que era una y grande y libre de los Pirineos a Tarifa. En 1962 el periódico contaba a toda plana el encendido de otra luz, en este caso la que prendieron los mineros con aquella gran huelga de 1962 que por primera vez ponía en jaque a los gerifaltes de nuestra encantadora dictadura. No es un dato baladí porque La Voz de Asturias fue el único diario que contó con pelos y señales todo cuanto acontecía alrededor de las cuatro orillas bañadas por el Caudal y el Nalón. La mecha prendió de tal forma que, paulatinamente, el giro de la línea editorial hacia siniestra fue cada vez más evidente, lo que por un lado diferenciaba a la cabecera de sus competidores y por otro la erigía en portavoz y espejo de quienes rara vez encontraban cauces que reflejaran sus ideas. «Todos con los mineros», rezaba un recordado titular de los años en los que las cosas en los dominios carboneros empezaban a ponerse verdaderamente duras. No fue un hecho aislado. Entre las décadas de 1970 y 1990, en la cuenca minera, lo que decía La Voz de Asturias era ley. Lo demás, tierra conquistada. Y como por aquellos pagos la gente no es aficionada a adorar ídolos de barro ni se deja engañar fácilmente, habrá que concluir que algún mérito debía de tener aquel diario que, como quien no quiere la cosa, fue alcanzando su medio siglo de existencia.

lva

Para entonces ya se habían dado algunos cambios. Luego vendrían muchos más. En 1963 la propiedad del periódico había pasado de las manos de la familia Tartiere a la del empresario José Eladio Amado de Lema. El cambio en la titularidad trajo también el de la figura societaria. La Voz de Asturias se constituyó en sociedad anónima y al año siguiente Robin cedió la dirección a Jorge Víctor Sueiro. Una década más tarde, en 1973, la redacción abandonaba la histórica sede de Gil de Jaz para trasladarse a la calle del General Elorza, un cambio de ubicación que vino acompañado de un relevo en el timón de la nave. Tomó las riendas José Díaz Jácome, cuyas tendencias aperturistas ayudaron a consolidar el creciente prestigio que La Voz de Asturias iba adquiriendo entre la izquierda asturiana, y se modernizaron rotundamente los medios de producción, abandonando el plomo caliente para implantar el sistema de fotocomposición. Fueron años convulsos y extraordinariamente provechosos desde el punto de vista informativo. La cobertura de la muerte del general Franco, el lento advenimiento de la democracia y la conformación del Estado de las Autonomías, unida a la de hechos más domésticos como la conformación del gobierno preautonómico o el robo de las joyas de la Cámara Santa de la catedral de Oviedo, dos acontecimientos ciertamente simbólicos, fortalecieron el arraigo del diario en la sociedad asturiana y le hicieron ganar lectores en lo que parecía una progresión imparable que, pese a las apariencias, iba a conocer pronto su final. En 1983 cogió el mando Faustino Fernández Álvarez para cedérselo provisionalmente a Luis José de Ávila en 1986. Fue un periodo con altibajos que tuvo, no obstante, un final feliz. Se conformaba el primer gobierno autonómico, con un poético Pedro de Silva presidiendo el Gobierno del Principado y confrontando la realidad y el proyecto desde su despacho en la calle de Suárez de la Riva, y daba la impresión de que todo estaba por hacer. La Asturias de la democracia era una página en blanco en la que había que empezar a escribir con buena letra y renglones rectos, y había por delante un trabajo tan arduo como era el de dotar de instituciones y estructura a un territorio que, administrativamente, se encontraba en pañales. En cierto modo eran tiempos de ruptura, para bien y para mal. La Voz de Asturias, para su desgracia, lo supo bien. El diario se vio inmerso en una crisis laboral y protagonizó la primera huelga periodística registrada en Asturias. La rotativa se detuvo y el periódico dejó de salir temporalmente, lo que dio alas a su principal competidor, léase La Nueva España, y cuando la maquinaria volvió a ponerse en marcha lo hizo en medio de un ambiente de desencanto que tardaría en diluirse. Al volver Álvarez, en 1989, la cabecera, que ya era propiedad del Grupo Zeta, experimentó un nuevo cambio en el aspecto más estrictamente material. La redacción de General Elorza se sustituyó por un moderno edificio en las afueras de Lugones —allá donde tuvo el viejo Tartiere su condado— y el periódico alcanzó máximos históricos. Se alcanzó una difusión de 25.000 ejemplares diarios y el éxito llevó a duplicar la plantilla. Parecía desmentirse ese tópico que asevera que las redacciones deben estar en el centro de las ciudades porque, si el periódico se aleja de las noticias, es difícil que las noticias acudan a él.

feminismo_lva

Fueron aquellos tiempos extraños en la comunidad autónoma: el escándalo del petromocho puso contra las cuerdas al presidente Juan Luis Rodríguez Vigil, que dimitió con su gobierno en bloque para darle el testigo a Antonio Trevín y abrir el paso a la derecha. Ésta, a su vez, llegó al poder y sólo tardó un trienio en descomponerse merced a luchas nunca del todo aclaradas que devinieron en una verdadera guerra entre Sergio Marqués, máximo dirigente del Principado y el único político conservador que hasta entonces había ganado unas elecciones autonómicas, y el todopoderoso Francisco Álvarez-Cascos. Y, como si de repetir ciclos se tratase, la escabechina dejó tal cantidad de víctimas que el socialismo no tuvo ningún problema en regresar triunfante al poder a las primeras de cambio. Esta vez lo hizo encarnado en la figura de un Vicente Álvarez Areces que venía de ocupar la Alcaldía de Gijón durante tres mandatos consecutivos. Asturias, en general, vivía momentos de reajuste y los problemas económicos devenían frecuentemente en crisis identitarias. La entrada en la Unión Europea trajo consigo el debilitamiento del modelo industrial y las obligadas reconversiones en la minería, la industria naval y la siderúrgica, tres sectores sin los que difícilmente podía la región comprenderse a sí misma. El tránsito hacia un nuevo modelo económico se antojaba francamente complicado, cuando no directamente inviable. Las alas del territorio —es decir, sus costados oriental y occidental, que ya habían padecido el éxodo cuando la industrialización inició el declive agrícola y ganadero—comenzaron a vaciarse del todo, las cuencas mineras sufrieron sus primeras sangrías de población y por primera vez en mucho tiempo la juventud se veía abocada a emigrar si quería conseguir un trabajo que fuese digno de recibir tal nombre. Aunque pasó por aquí el Papa en 1989, nunca dio la impresión de que sus rezos se escuchasen demasiado allá en lo alto ni de que la Santina le prestara una atención excesiva. Ni siquiera el Sporting y el Oviedo se veían con fuerzas de mantener la apostura que llegó a hacerles famosos y comenzaron por esa misma época el penar deportivo y financiero que acabó desembocando en lodos nada hospitalarios. La Voz de Asturias empezaba a vivir también momentos complicados. La borrachera del éxito había desembocado en una agria resaca en la que las cifras de venta bajaban y los puestos de trabajo corrían serio riesgo. El periódico asistió a toda esta vorágine con la lucidez del boxeador que, aunque noqueado, es consciente de que sólo de él depende el resultado definitivo del combate. El periódico había comenzado su particular via crucis, y la marcha de Faustino Fernández Álvarez, en 2001, inició una sucesión de directores que, con más o menos éxito, hicieron lo que buenamente pudieron por evitar el descalabro. Llegó primero José Francisco Rodil Lombardía, luego Rodrigo Cepeda, después Luis Mugueta y, finalmente, Juan Carlos Cuesta. Éste cogió el mando cuando daba la impresión de que las cosas podían tomar otro cariz. Había desembarcado en la región el grupo Mediapubli, propiedad de un flamante Jaume Roures en el que muchos quisieron ver al salvador del viejo periódico de los Tartiere. La Voz de Asturias se hermanó con el diario Público, máximo baluarte entonces de la izquierda afín a José Luis Rodríguez Zapatero, y su redacción —que había superado un expediente de regulación de empleo y regresado al centro de Oviedo, esta vez a un bajo alquilado en la calle de La Lila— quiso vivir en la ilusión de que era posible darle una nueva oportunidad al que desde algunos años atrás todos veían como un enfermo claramente desahuciado.

elogio_lva

Eran tiempos propicios a la toma de posiciones. El 15-M había llenado las plazas de indignados y en Asturias llegaba al poder un Álvarez-Cascos retornado en loor de multitudes ávidas de creerse su impostada condición de salvapatrias. La Voz de Asturias, aunque boqueando, se opuso a su estrategia de tierra quemada como pudo y tiró de activismo intelectual lanzando un nuevo suplemento cultural cuando casi todos concebían la cultura como una apuesta perdedora. A la postre, la lucha sin cuartel que se libró durante aquel año en una pequeña redacción con vistas a un patio de luces se reveló como una batalla abocada al fracaso, pero hermosa. No pudo Álvarez-Cascos cargarse La Voz de Asturias, aunque le habría gustado, pero sí lo hizo Jaume Roures. El empresario catalán, en vez de luchar por lo que le pertenecía, decidió cortarse la coleta —nadie sospechaba que poco después volvería a implantársela— y abandonar a su suerte a medio centenar de trabajadores que tuvieron que pasar por el mal trago de dar sepultura a una cabecera histórica. La Voz de Asturias publicó su último número el 19 de abril de 2012. Había conseguido llegar a los 89 años, que es una edad tan mala como cualquier otra para morirse. Seguramente fue aquél uno de los días más tristes de la reciente historia de Asturias. No lo sabemos con certeza porque nadie pudo contarlo. Ya no quedaban páginas en las que escribir la crónica.

poetas_lva

Dice el dicho que, donde hubo fuego, aún hay cenizas. Del gozoso arrebato de aquellos años (pen)últimos sobrevivieron dos cosas: el suplemento cultural, que mantuvo su originario nombre de El Cuaderno para convertirse en una revista de periodicidad variable que ahí sigue, con buen pulso y mejor tino, y el espíritu que propiciaría la aparición de Asturias24, publicación digital llamada a cubrir un hueco evidente en una comunidad autónoma necesitada de miradas progresistas. Otras perlas del refranero aseveran que no hay mal que cien años dure y que a gallegos y asturianos les une la afinidad inherente a las relaciones entre primos hermanos. La Voz de Asturias vuelve ahora, reluciente y renacida, merced a la confluencia entre aquella Asturias24 aún preadolescente y la veterana La Voz de Galicia, heredera del espíritu burgués, ilustrado y liberal que tanto hizo por el surgimiento y la prosperidad de la prensa moderna. Aunque no siempre sea fácil desprenderse del pesimismo, uno quiere ver en esta vuelta algunos motivos para la esperanza. A principios del siglo xxi, los periódicos sólo los fundan los locos, los periodistas en paro y los poetas. Una rara conjunción terrenal ha permitido que aquí y ahora se concatenen los tres factores para traer de nuevo aquello que nunca debió irse. Puede que en el número cinco de Gil de Jaz algunos amables fantasmas vuelvan a perturbar la atmósfera con el repiqueteo de sus máquinas de escribir. Seguramente la estatua en bronce de José Tartiere esté sonriendo, allá en su esquina del Paseo de los Álamos, ahora que sabe que Asturias vuelve a contarse a sí misma de viva voz.

Fotos: archivo de «La Voz de Asturias»

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Asturias, de viva voz

  1. Carmen dijo:

    Te superas a ti mismo chico. Excelente artculo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s